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A 72 horas del 17-M, Moreno pelea por cada escaño en Córdoba y Huelva mientras Vox sube al 14,8% y la lluvia del domingo amenaza con arrebatarle la mayoría absoluta al PP

Sánchez confirma su regreso a Andalucía el sábado en La Línea, Feijóo descarta viajar para evitar la nacionalización del comicio, y el PSOE de Montero toca mínimo histórico del 19% en un granero que ya no le pertenece; el Eurobarómetro andaluz revela que la participación por debajo del 58% regala la llave a Vox

Por Redacción de El Hemiciclo· Sevilla·
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El despertar del miércoles 14 de mayo trae consigo una certeza aritmética que ningún estratega del PP puede ignorar: a Juanma Moreno le quedan exactamente 72 horas para convencer a los andaluces de que le concedan 55 escaños, el umbral mínimo de la mayoría absoluta que le permitiría gobernar en solitario durante los próximos cuatro años. Las encuestas más recientes le sitúan en el filo exacto de esa cifra, con un abanico de entre 54 y 56 diputados que convierte cada décima de punto porcentual en cada provincia en un factor determinante. El PP se estabiliza en torno al 44 por ciento del voto estimado, pero el ascenso sostenido de Vox, que ha perforado el 14,8 y amenaza con el 15, funciona como un drenaje constante que erosiona precisamente los márgenes que Moreno necesita en las circunscripciones medianas.

La aritmética provincial es implacable y no admite generalidades. En Córdoba, donde el PP necesitaría nueve escaños para blindar la mayoría pero las proyecciones le asignan ocho, Vox ha pasado de uno a dos diputados estimados en las últimas dos semanas gracias a una campaña hiperlocal centrada en la inseguridad rural y la inmigración irregular en el valle del Guadalquivir. El mecanismo de trasvase es conocido: el votante de centro-derecha que percibe a Moreno como demasiado tibio en cuestiones identitarias encuentra en la formación de Abascal una alternativa que comparte su rechazo al Gobierno central pero le añade una dosis de firmeza que el PP evita deliberadamente. En Huelva el patrón se repite con variaciones: el PP pierde un escaño respecto a las proyecciones de marzo y Vox gana exactamente ese escaño perdido, alimentado por el descontento con la gestión de la fresa y el agua. En Málaga, la provincia más poblada y con mayor número de diputados en juego, los márgenes son tan estrechos que una variación de medio punto en la participación puede alterar simultáneamente dos escaños.

La participación se ha consolidado como la variable decisiva que todos los partidos intentan modelar pero ninguno puede controlar. Los modelos predictivos establecen tres escenarios claramente diferenciados según los datos del último tracking publicable. Por debajo del 58 por ciento de participación, el PP pierde la absoluta con una probabilidad estimada del 78 por ciento, porque la baja movilización beneficia desproporcionadamente a Vox, cuyo electorado está más ideologizado y por tanto más dispuesto a acudir a las urnas independientemente del clima, la hora o las circunstancias personales. Entre el 58 y el 63 por ciento, la absoluta es un empate técnico que depende de la distribución provincial. Por encima del 63, el PP la consolida con un 82 por ciento de probabilidad porque la alta participación diluye el peso relativo de Vox y favorece al partido que lidera las encuestas en las ocho provincias.

Y es aquí donde la meteorología irrumpe como un actor político involuntario. La Agencia Estatal de Meteorología prevé para el domingo lluvias intermitentes de intensidad moderada en el valle del Guadalquivir, que abarca las provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla, las tres circunscripciones donde el PP necesita movilizar con mayor urgencia a su electorado rural. La costa malagueña y almeriense, en cambio, disfrutará de cielos despejados y temperaturas primaverales, lo que favorecerá una participación normal en las zonas donde Vox tiene mayor penetración entre el votante urbano de clase media. Los estrategas del PP han calculado que cada punto de participación que la lluvia reste en Córdoba y Jaén equivale a una pérdida potencial de entre 0,5 y 1 escaño, un margen que podría ser exactamente la diferencia entre gobernar en solitario y tener que llamar a la puerta de Abascal.

Pedro Sánchez ha confirmado que regresará a Andalucía el sábado para un acto conjunto con Montero en La Línea de la Concepción, el enclave gaditano fronterizo con Gibraltar que concentra una de las tasas de desempleo más altas de la comunidad autónoma. La elección del escenario no es casual: La Línea permite a Sánchez conjugar en un solo discurso los temas de soberanía, empleo, Europa y lucha contra el narcotráfico, un cuarteto argumentativo que resuena con especial fuerza en el Campo de Gibraltar. Fuentes de Moncloa aseguran que el acto tendrá formato de diálogo con vecinos en lugar del mitin tradicional, un cambio de registro que busca proyectar cercanía en un momento en que las encuestas retratan al presidente como un lastre para la candidata andaluza. El 67 por ciento de los encuestados considera que la presencia de Sánchez no influye o influye negativamente en su decisión de voto.

Feijóo, por su parte, ha tomado la decisión táctica de no pisar Andalucía durante los últimos tres días de campaña. Sus asesores justifican la ausencia para evitar la nacionalización del comicio que beneficiaría a Vox, pero los analistas interpretan también la decisión como un seguro ante un posible resultado adverso: si Moreno pierde la absoluta, Feijóo podrá argumentar que el resultado fue responsabilidad de la campaña autonómica y no de la dirección nacional del partido. La ambigüedad es calculada, pero tiene un riesgo que los propios estrategas reconocen en privado: si el electorado popular percibe que Génova ha abandonado a su candidato en el momento decisivo, la desmovilización podría acelerarse precisamente en las últimas horas, cuando cada voto cuenta más que nunca.

El PSOE de Montero afronta los últimos tres días con la resignación que impone un suelo electoral que se desmorona. El 19 por ciento que le asignan las encuestas constituiría el peor resultado del socialismo andaluz en democracia, un dato que hiere especialmente en una comunidad que fue feudo ininterrumpido del PSOE durante 37 años. La estrategia de la candidata se ha concentrado en un único frente, la sanidad, con la denuncia de 847 consultas cerradas en Granada como ariete, pero los focus groups del propio partido revelan que el mensaje no penetra más allá de la base ya movilizada. El problema estructural es de credibilidad: el 62 por ciento de los andaluces considera que Montero no conoce los problemas reales de Andalucía, un porcentaje que no ha variado en cuatro semanas de campaña y que refleja el coste político de haber construido su carrera en Madrid.

El tercer pacto autonómico PP-Vox se perfila ya como el escenario alternativo que todos los actores calculan en silencio. Alfonso Fernández Mañueco ha sido propuesto como candidato a la investidura en Castilla y León sin que se haya fijado fecha, y las negociaciones entre el PP y Vox en Valladolid permanecen deliberadamente congeladas a la espera del resultado andaluz. La lógica es transparente: si Moreno consigue la absoluta, el PP tendrá mayor fuerza negociadora en Castilla y León y podrá imponer condiciones más exigentes a Abascal; si Moreno necesita a Vox para gobernar, la formación de extrema derecha negociará simultáneamente en Sevilla y Valladolid con la palanca multiplicada de quien se sabe imprescindible en ambos territorios.

Lo que se dirime el domingo trasciende las fronteras andaluzas con una fuerza que convierte al 17-M en el termómetro más fiable del sistema de partidos español. Un Moreno con absoluta reforzará a Feijóo como alternativa presidencial y demostrará que el PP puede gobernar sin muletas ideológicas. Un Moreno obligado a pactar con Abascal normalizará una fórmula de coalición que Génova ha intentado evitar a nivel nacional y ofrecerá a Sánchez un argumento que repetirá sin descanso: que la ultraderecha gobierna allí donde el PP la necesita. Y un PSOE por debajo del 20 por ciento en su granero histórico abrirá un debate interno sobre el liderazgo de Montero que, por extensión, cuestionará la arquitectura electoral que el sanchismo necesita para unas hipotéticas generales que cada semana parecen menos hipotéticas y más inevitables.

Las últimas 72 horas de campaña serán un ejercicio de micropolítica: llamadas puerta a puerta en los pueblos de Córdoba, mensajes de WhatsApp en los grupos vecinales de Huelva, actos relámpago en las pedanías de Jaén donde cada voto vale el doble por el sistema de reparto D'Hondt. Los grandes discursos y las declaraciones grandilocuentes han agotado su recorrido. Ahora lo que importa es si llueve o no llueve el domingo en el valle del Guadalquivir, si el jubilado de Montilla decide quedarse en casa o caminar hasta el colegio electoral, si la familia joven de Lepe se motiva lo suficiente para votar antes de ir a la playa. La democracia, en su expresión más cruda, se reduce a eso: a la decisión individual de millones de personas que, sin saberlo, están a punto de definir el mapa del poder en España para los próximos años.

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