Estados Unidos rechaza «totalmente» cualquier intento de «construir un plan globalista» orientado a controlar el desarrollo de la inteligencia artificial, según la posición expuesta por Trump ante el foro. La declaración marca distancia frente a los esfuerzos de organismos multilaterales por establecer reglas comunes sobre una tecnología que avanza más rápido que la capacidad regulatoria de los Estados.
El debate sobre la gobernanza de la inteligencia artificial se ha intensificado dentro de los foros internacionales, que buscan evitar que el desarrollo de estas herramientas quede exclusivamente en manos de un puñado de corporaciones y gobiernos con capacidad tecnológica avanzada. La postura estadounidense refuerza la lógica de competencia bilateral con China por el dominio de la inteligencia artificial de próxima generación.
La posición de Washington contrasta con la de la Unión Europea, que en 2024 aprobó su reglamento sobre inteligencia artificial —el primer marco jurídico integral del mundo sobre esta tecnología—, con obligaciones graduadas según el nivel de riesgo de cada sistema. Naciones Unidas, por su parte, ha impulsado desde su Asamblea General resoluciones para promover una gobernanza global de la IA que garantice el acceso equitativo de los países en desarrollo.
Para gobiernos latinoamericanos, entre ellos el salvadoreño, la falta de consenso internacional sobre reglas de la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre el acceso equitativo a estas tecnologías y sobre los estándares de seguridad y transparencia que terminarán por imponerse a nivel global. Las decisiones que adopten Estados Unidos, China o la Unión Europea condicionan directamente las opciones disponibles para el resto de países de la región centroamericana.
La disputa por la inteligencia artificial se inscribe en un panorama internacional de reacomodo de alianzas y tensiones. La Organización de las Naciones Unidas advirtió sobre el riesgo de una guerra a gran escala en su Informe Mundial de Riesgos 2026, un documento que subraya la fragilidad de los mecanismos de cooperación internacional frente a la creciente competencia entre potencias, incluida la disputa tecnológica.
La postura de Trump se produce, además, en medio de otros movimientos de su política exterior hacia América Latina, como el acuerdo petrolero con Venezuela que su administración calificó como el mayor de la historia, en lo que apunta a una reconfiguración de intereses económicos y geopolíticos en la región que trasciende el ámbito tecnológico.


