Verdú se trasladó a casa de sus abuelos porque sus padres, residentes en San José de Valderas, al sur de Madrid, querían que estudiara en el mismo colegio en el que ellos se habían formado. Fue allí, junto a Isabel, donde la futura actriz pasó buena parte de su infancia, en una convivencia que, según ha relatado, marcó su carácter.
La actriz ha explicado que su abuela se casó con un coronel de Infantería y que juntos criaron a dieciséis hijos, una familia numerosa que condicionó el entorno en el que Verdú creció. La propia intérprete la describió además como «una mujer de orden, como suele decirse», en referencia al carácter metódico que recuerda de ella.
Verdú empezó a trabajar como actriz siendo todavía una adolescente, a los catorce años, tras un encuentro casual en una cafetería en el que un hombre se acercó a preguntarle si quería ser actriz. Aquel contacto la llevó hasta las pruebas de El crimen del capitán Sánchez, dentro de la serie La huella del crimen, dirigida por Vicente Aranda, quien inicialmente dudaba de que una adolescente pudiera asumir el papel.
«Y yo lo hice todo, porque a esa edad no tenía miedo de nada», recordó Maribel Verdú sobre la prueba de casting que le dio su primer papel.
Aquella falta de temor, según ha contado, resultó decisiva para que Aranda terminara confiando en ella. El papel abrió una trayectoria que, con los años, la convertiría en una de las intérpretes más reconocidas del cine español.
El vidrio invisible de las escenas de besos
Las escenas de besos supusieron un problema particular para su abuela Isabel, de una generación poco acostumbrada a ver a una nieta protagonizando ese tipo de secuencias en pantalla. Verdú lo resolvió con una explicación improvisada que recuerda con humor.
«No, abuela, que lo hacen con un vidrio, nos ponen un vidrio en medio, y como es transparente, luego en pantalla no se ve», explicó Maribel Verdú sobre la mentira con la que tranquilizaba a su abuela.
La actriz ha reconocido que nunca llegó a saber si Isabel se creyó aquella explicación o si simplemente prefirió seguirle el juego. «Nunca supe si se lo creyó o hizo ver que se lo creía», contó Verdú, que sí tiene claro el orgullo que sus abuelos sentían por sus primeros pasos profesionales, pese a que hubo películas que prefirieron no ver. «Pero estaba muy orgullosa de mí. Mi abuelo era muy duro, pero también lo estaba», recordó.
El recuerdo de Isabel quedó especialmente ligado a Amantes, la película de Vicente Aranda en la que Verdú interpretó uno de los papeles más importantes de su trayectoria. Durante aquel rodaje, su abuela permanecía ingresada en un hospital, y la actriz compaginaba el trabajo con las visitas diarias. «Por las tardes iba al hospital a verla y ella me pasaba el texto. Le hacía muchísima ilusión que yo hiciera aquel papel, y nunca llegó a verme», relató Verdú, que recibió la noticia de su muerte al regresar a casa de sus padres tras terminar de trabajar, coincidiendo con el final del rodaje.
La actriz pertenece a una generación de intérpretes que, como varias figuras del cine español surgidas en los ochenta, empezaron a rodar en televisión siendo adolescentes, en un oficio que sus propias familias no siempre comprendían, según ella misma ha descrito. Esa misma mirada hacia la infancia y la transmisión familiar atraviesa otras lecturas culturales, como la relectura de un verso de Goethe sobre la crianza.
Desde entonces, según ha contado la propia actriz, mantiene un ritual que repite antes de cada función: «Desde entonces, cada vez que salgo a escena miro hacia arriba y le dedico la función».

