El trabajo, firmado por las psicólogas Karina Schumann, Emily Ritchie y Amanda Forest, se titula «Las consecuencias sociales de disculparse con frecuencia frente a disculparse con poca frecuencia». Según sus conclusiones, las personas que piden perdón de manera reiterada son percibidas como cálidas, pero también como menos competentes y con menor control sobre su propia vida, una combinación que las autoras relacionan con una autopercepción debilitada más que con un exceso de cortesía.
Una segunda investigación, de la propia Schumann junto con Michael Ross, de la Universidad de Waterloo, y publicada en Psychological Science, aporta un dato adicional. El experimento pidió a un grupo de participantes que registraran a diario, durante casi dos semanas, cada ofensa cometida y si se habían disculpado por ella.
El resultado llamó la atención por su uniformidad: el porcentaje de ofensas percibidas que terminaron en disculpa fue idéntico para todos los participantes, un 81%. La diferencia no estaba en cuántas veces pedían perdón, sino en qué consideraban merecedor de disculpa; quienes fijan un umbral más bajo —perciben como ofensa lo que otros ni notan— tienden a coincidir con perfiles de autoestima más frágil, según el estudio.
Psicólogos clínicos españoles como Fernando Azor y Olga Albaladejo sitúan el origen de este comportamiento en la infancia, en entornos donde los errores o las quejas se castigaban con dureza. Ese contexto enseñaría a anticiparse pidiendo perdón antes de que llegue el reproche, como mecanismo de protección que, con los años, se convierte en lo que algunos especialistas denominan sobrecorrección interpersonal.
Ese patrón consiste en evitar cualquier conflicto o rechazo aunque el precio sea minimizarse de forma constante ante los demás. La persona interioriza que ocupar espacio, expresar una necesidad o simplemente ser visible ya constituye motivo suficiente de disculpa, según esta corriente clínica.
No toda disculpa esconde un problema de autoestima, según los mismos especialistas. La diferencia estaría en la frecuencia y en el motivo: la buena educación pide perdón por un error real, mientras que el hábito lo hace por existir, por tener una opinión o por ocupar un segundo de la atención de otra persona.
Algunos psicólogos recomiendan sustituir el «perdón» automático por frases que reconozcan la situación sin cargar con una culpa que no corresponde, como «gracias por esperar» en lugar de «perdón por la tardanza», o «entiendo que esto te haya podido molestar» en lugar de «perdón por todo». El cambio, señalan, no sería solo de vocabulario: cada vez que esa fórmula sustituye a un «perdón» innecesario, la persona practica una forma distinta de mirarse a sí misma, en la que no parte de la culpa por defecto.

