El Banco Central de Reserva (BCR) registra desde hace años a las remesas familiares como uno de los pilares del ingreso de divisas al país, junto con las exportaciones y la inversión extranjera directa. El flujo remesero ha mostrado una tendencia sostenida al alza en la última década, con la comunidad salvadoreña en EUA como principal origen de esos envíos.
El análisis de FUSADES, centro de estudios privado con más de cuatro decenios de trayectoria en el país, subrayó que el crecimiento de las remesas en 2026 supera al de otros indicadores macroeconómicos, consolidándose como el principal motor del consumo de los hogares salvadoreños. Esa dinámica no es nueva: desde finales de los años noventa, cuando la migración hacia EUA se intensificó tras los acuerdos de paz de 1992 y los efectos económicos y sociales del conflicto armado, las remesas se han convertido en un componente estructural del Producto Interno Bruto (PIB) salvadoreño.
Esa dependencia convierte al país en un termómetro directo de la salud del mercado laboral estadounidense, donde reside la mayoría de los salvadoreños en el exterior. Cuando la economía de EUA se contrae, el efecto se traslada casi de inmediato a los hogares receptores en El Salvador.
Consumo sostenido, aparato productivo estancado
El estudio de FUSADES pone el acento en un riesgo de fondo: el crecimiento remesero, aunque beneficioso para miles de familias receptoras, no se traduce necesariamente en un fortalecimiento del aparato productivo interno. El dinero que llega desde el exterior se destina mayoritariamente al consumo básico —alimentación, vivienda, salud— y en menor proporción al ahorro o a la inversión productiva.
Ese patrón de gasto ayuda a explicar por qué, pese al peso de las remesas en la economía, el país no ha logrado romper con tasas de crecimiento modestas del PIB en los últimos ejercicios. La entrada de dólares sostiene el consumo, pero no genera por sí sola empleo formal ni impulsa sectores exportadores con valor agregado.
El fenómeno también tiene una lectura política. Sucesivos gobiernos, tanto de administraciones anteriores como la actual encabezada por el presidente Nayib Bukele, han identificado las remesas como un colchón que amortigua las presiones sociales derivadas del desempleo y la falta de oportunidades laborales internas, función de válvula de escape que ha convertido la migración hacia EUA en una estrategia de subsistencia para numerosas familias.
El régimen de excepción, vigente desde marzo de 2022 y prorrogado de manera continua por la Asamblea Legislativa, ha sido presentado por el Órgano Ejecutivo como un factor que reduciría los incentivos migratorios al mejorar las condiciones de seguridad. No obstante, no existen hasta la fecha datos oficiales del BCR o del Ministerio de Relaciones Exteriores que permitan establecer con precisión si la medida ha tenido un efecto directo sobre el volumen de salvadoreños que emigran hacia el norte.
La política migratoria de EUA, bajo la administración del presidente Donald Trump, introduce otra variable de incertidumbre para el flujo remesero. Medidas de mayor control fronterizo y de deportaciones podrían, en el mediano plazo, afectar tanto el número de connacionales que logran establecerse en ese país como su capacidad de enviar dinero de manera regular a sus familias en El Salvador.
Recomendaciones y réplica del Ejecutivo
Frente a este panorama, FUSADES plantea la necesidad de que el país diversifique sus fuentes de ingreso externo y fortalezca la inversión productiva interna, de manera que la economía no dependa en exclusiva del trabajo migrante. Entre sus recomendaciones históricas figuran la mejora del clima de negocios, la simplificación de trámites para la formalización empresarial y el impulso a sectores con potencial exportador, como el agroindustrial y el de servicios.
El Órgano Ejecutivo, por su parte, ha defendido en distintas comparecencias públicas que su estrategia económica —centrada en la seguridad, la atracción de inversión extranjera y proyectos como la llamada Ciudad Bitcoin— generará en el mediano plazo alternativas de empleo que reduzcan la necesidad de emigrar. Sectores de oposición y economistas independientes han cuestionado, sin embargo, el ritmo y el alcance real de esas iniciativas para absorber la fuerza laboral salvadoreña.
La discusión sobre el papel de las remesas en la economía salvadoreña se remonta a los años posteriores a la firma de los acuerdos de paz de 1992, cuando la migración hacia EUA se consolidó como fenómeno masivo tras el conflicto armado de la década de 1980. Desde entonces, distintos gobiernos han identificado el reto de transformar ese flujo de dólares en desarrollo productivo sostenible, sin que hasta la fecha se haya logrado revertir de manera significativa la dependencia estructural señalada por la fundación.
De cara a los próximos meses, el BCR publicará sus informes mensuales de remesas familiares, que permitirán contrastar con cifras oficiales las tendencias descritas en el análisis. La evolución del mercado laboral estadounidense, las decisiones migratorias de la administración Trump y el desempeño de la economía interna serán los factores que determinen si el patrón de crecimiento remesero se mantiene o comienza a mostrar signos de desaceleración.

