Sierra, ganador del Premio Planeta en 2017, sostiene que el libro no ha cambiado en dos décadas, pero sí lo han hecho él y quienes lo leyeron en su primera edición. A su juicio, la vigencia de la novela reside en que sigue funcionando como un espejo para lectores de generaciones distintas, lo que explica que continúe reeditándose sin perder interés. "La literatura como algo inamovible no existe, es un espejo en el que nos reflejamos", afirma el autor.
Releer el texto, reconoce, le ha permitido apreciar matices que en su momento introdujo de forma intuitiva, como la influencia del neoplatonismo en la trama. Sierra recuerda que cuando Leonardo pintó el mural, Marsilio Ficino había completado la primera traducción al latín de los diálogos de Platón, un hecho que abrió un debate sobre las raíces filosóficas de la ética cristiana y que, según el escritor, impregna la construcción simbólica del cuadro.
Del contrato de cocinas al mural
La entrevista dibuja a un Leonardo alejado de la imagen convencional: un hombre inconformista y oportunista en sentido constructivo, que aprovechaba cualquier ocasión para experimentar. Sierra recuerda que el duque de Milán, Ludovico Sforza, no lo contrató inicialmente como pintor sino para reformar las cocinas de su palacio, encargo del que habrían surgido inventos como una picadora mecánica y varios autómatas, prueba, según el novelista, de su carácter transgresor más allá de la pintura.
Sobre los enigmas del propio cuadro, el autor recuerda que la restauración concluida en 1999, dirigida por Pinin Brambilla, confirmó que apenas un 20% de lo que hoy se observa en 'La última cena' corresponde a la mano original de Leonardo, tras hallarse hasta cinco capas de pintura superpuestas por el deterioro de la técnica empleada. Ese proceso, sostiene, reavivó buena parte de las hipótesis sobre significados ocultos. La obra, que decora el refectorio del convento milanés de Santa Maria delle Grazie, figura en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1980.
Entre los elementos que Sierra destaca figura la ausencia de halos de santidad en los trece personajes, retratados como figuras humanas, así como la falta del cordero pascual y de la escena tradicional de consagración eucarística. El escritor defiende además que la figura señalada como traidor correspondería a Pedro, entendido en el siglo XV como representación de la Iglesia, lo que convertiría el cuadro en una velada acusación de traición a Cristo formulada desde la corte de los Sforza.
Sierra expone también su hipótesis de que Leonardo se autorretrató en la figura de Judas Tadeo, de espaldas a Jesús, mientras que Mateo respondería a los rasgos de Ficino y Simón habría sido construido a partir de un busto de Platón. Esa disposición, según el autor, expresaría un alejamiento simbólico de la Iglesia y un acercamiento a las fuentes clásicas por parte de Leonardo y su entorno intelectual. El novelista mantiene, coincidiendo según explica con la propia Brambilla, una posible vinculación de Leonardo con el catarismo, apoyada en la presencia de comunidades cátaras en Concorezzo, a apenas dos kilómetros del mural.
La reinterpretación de la iconografía clásica atraviesa buena parte de la producción de Sierra, que ha explorado en otras novelas figuras como Pico della Mirandola y la relación entre la Antigüedad y el pensamiento cristiano, una vena que la crítica sitúa en la estela de los grandes éxitos del 'thriller' histórico de los años 2000. La reedición se suma a un mercado que sigue rescatando esos títulos para lectores que no vivieron su publicación original.
La reedición de 'La cena secreta' llega a las librerías este miércoles a través de Planeta, dirigida a un público lector que no conoció la primera edición de 2004. "Nunca sabes qué va a ser de un libro cuando lo entregas", resume el autor sobre un oficio que describe como "muy solitario y que tiene muchas incertidumbres".


