El acercamiento no se limita a un gesto protocolar. Ha implicado varios encuentros entre ambos dirigentes, en un contexto en el que Moca cuenta con representación parlamentaria propia y Realizando Metas mantiene una de las estructuras electorales más consolidadas del país, forjada durante los años en que Martinelli ocupó el Palacio de las Garzas. La distancia entre el discurso moral y la necesidad partidista, en este caso, se redujo a la de un vuelo a Bogotá, ciudad donde el expresidente se encuentra tras dejar su asilo en Panamá.
Desde su irrupción en la vida pública, Lombana articuló su discurso sobre una premisa: la diferencia entre quienes hacían política de manera transaccional y quienes ofrecían una alternativa fundada en la transparencia y el mérito. Ese posicionamiento le permitió capturar a un electorado urbano, de clase media, hastiado de los escándalos de corrupción que han marcado a distintas administraciones panameñas desde el retorno a la democracia en 1989. Bajo esa narrativa, Martinelli personificó el clientelismo, el uso del aparato estatal para perseguir adversarios y el ejercicio transaccional del poder.
Martinelli encarnó durante su gobierno (2009-2014) un estilo de gestión desarrollista que convivió con procesos judiciales posteriores, entre ellos el caso conocido como los "pinchazos", que derivó en una condena y en su posterior asilo en la embajada de Nicaragua en Panamá, antes de trasladarse a Bogotá. Esa trayectoria judicial es, precisamente, uno de los elementos que Moca utilizó durante años para diferenciarse del expresidente.
La defensa esbozada desde la cúpula de Moca sostiene que, en democracia, "conversar no es pactar" y que la gobernabilidad exige diálogo con todos los actores del espectro político. El planteamiento es habitual en la práctica parlamentaria panameña, donde la construcción de mayorías en el pleno de la Asamblea Nacional obliga con frecuencia a negociaciones entre bancadas de distinto signo.
Sin embargo, ese argumento resulta más difícil de sostener para un movimiento que edificó su identidad pública sobre la intransigencia frente a figuras señaladas por presunta corrupción. La coherencia, en este tipo de proyectos, no es un atributo accesorio sino la base misma de su oferta electoral: cuando un colectivo se presenta como imperativo ético antes que como opción ideológica, el valor de su propuesta depende de la firmeza de sus principios.
Fisuras en la estructura de Moca
Las críticas se manifestaron tanto fuera como dentro de la estructura de Moca. El episodio generó sorpresa e indignación entre sectores de sus propias huestes, que interpretan el acercamiento a Martinelli como una contradicción directa con el discurso fundacional del movimiento. La curul que Moca ocupa en la Asamblea Nacional se ha sostenido, en buena medida, sobre ese capital de confianza ciudadana.
Erosionar ese capital mediante gestos que evocan las alianzas de conveniencia que el movimiento denunció representa un riesgo político de calado, especialmente en un sistema donde la fragmentación partidista obliga a cada colectivo a cuidar con celo su base identitaria. El activo más valioso de Moca, el crédito de confianza que le otorgó una ciudadanía agotada de las transacciones bajo la mesa, queda comprometido.
El cálculo detrás del acercamiento remite a un dilema clásico de los movimientos independientes en Panamá: el techo del voto urbano y de clase media. Ese electorado, consolidado pero limitado en volumen, no basta por sí solo para proyectar una candidatura presidencial competitiva. El crecimiento orgánico de Moca requeriría penetrar en sectores populares donde el discurso institucionalista suele quedar desplazado por demandas económicas inmediatas, un terreno en el que el martinellismo ha mantenido una influencia histórica.
Ese cálculo, no obstante, conlleva un riesgo de alto costo: tender puentes hacia el electorado martinellista sin garantizar su lealtad, mientras se aliena a la base original que sostuvo a Moca desde su nacimiento. El mensaje implícito para la ciudadanía es que el sistema resulta tan corrupto que ni siquiera quienes promueven Moca pueden evitar transitar por la vieja avenida de las alianzas de conveniencia.
Martinelli y Lombana representan, en su formulación original, visiones antagónicas del ejercicio del poder: uno asociado a un hiperpresidencialismo desarrollista y desenfadado frente a las formas legales, el otro a la promesa de institucionalidad, transparencia y mérito. La convergencia entre ambos extremos, sin que una de las partes se desnaturalice en el proceso, plantea una tensión difícil de resolver desde el punto de vista discursivo.
La política panameña ofrece precedentes de acercamientos entre outsiders y figuras del sistema tradicional. Martinelli mismo llegó al poder en 2009 desde una candidatura que se presentaba como alternativa al bipartidismo entre el Partido Revolucionario Democrático y el Partido Panameñista, para después articular alianzas con esas mismas estructuras. Pocos, sin embargo, han puesto en juego un capital de coherencia tan explícitamente construido como el de Moca.
El desenlace de este episodio podría condicionar la proyección de Lombana en los próximos ciclos electorales, en un país donde el desprendimiento de las estructuras partidistas tradicionales ha marcado el debate público reciente, un clima de desconfianza institucional que también asoma en las denuncias sobre una presunta red de espionaje policial.
La política, según el análisis, no perdona la amnesia selectiva: cada adjetivo, cada acusación y cada descalificación pronunciada en el pasado se convierte en un pagaré a la vista cuando las circunstancias cambian. Esa observación resume el dilema que enfrenta hoy el liderazgo de Moca ante su propio electorado.