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Justificarse por todo: la psicología lo asocia a la autoestima baja

La psicología social lleva más de medio siglo estudiando por qué algunas personas explican hasta sus decisiones más triviales sin que nadie lo pida.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Explicar por qué no se ha ido a una cena con amigos, por qué se ha elegido un plan y no otro, o por qué se prefiere quedarse en casa un sábado son situaciones que no requieren justificación alguna, pero que ciertas personas sienten la necesidad de razonar de forma sistemática.

La teoría con más recorrido científico para explicar este patrón es la del sociómetro, formulada por el psicólogo Mark Leary junto con Roy Baumeister y publicada en la revista académica Advances in Experimental Social Psychology. Según este marco teórico, la autoestima no funciona como un simple termómetro del ego, sino como un medidor interno que indica en cada momento cuánto valoran y aceptan los demás a una persona.

Cuando ese medidor marca niveles bajos, el cerebro interpretaría que existe un riesgo real de rechazo o exclusión social, y activaría de forma casi automática comportamientos destinados a evitarlo. Justificar cada decisión, cada ausencia o cada opinión sería, siguiendo esta lógica, una manera de blindarse frente a una crítica que todavía no ha llegado.

Los propios autores de la teoría sitúan su origen en la historia evolutiva de la especie. En grupos humanos pequeños y muy dependientes entre sí, como los que predominaron durante la mayor parte de la prehistoria, quedar excluido de la tribu podía comprometer directamente la supervivencia del individuo. El miedo al rechazo, sostienen, no sería un rasgo de carácter aislado, sino un mecanismo heredado con una función de protección muy concreta.

Antes de que Leary y Baumeister formularan esta teoría, otros dos psicólogos ya habían detectado indicios de un fenómeno similar por una vía distinta. Douglas Crowne y David Marlowe construyeron en 1960 una escala de deseabilidad social pensada originalmente para medir la tendencia de las personas a responder de forma socialmente aceptable en un test psicológico.

Sin embargo, el instrumento terminó revelando un rasgo mucho más estable y persistente que el que buscaban medir en un principio: la necesidad de aprobación externa. Esa escala, todavía empleada hoy en investigación psicológica, muestra que quienes presentan mayor necesidad de aprobación suelen registrar también más inseguridad y más ansiedad social, el mismo terreno donde germina el hábito de justificarlo absolutamente todo.

Cómo se manifiesta en el día a día

Varias psicólogas que ejercen en España coinciden en señalar un mismo síntoma cotidiano en las personas con este patrón: se defienden y se explican incluso antes de que nadie las haya cuestionado. La psicóloga Silvia Congost, egresada de la Universidad de Girona, ha explicado en un artículo divulgativo que buena parte de quienes se justifican en exceso arrastran la creencia de que deben «ofrecer algo a cambio» para merecer aprobación o cariño, en lugar de asumir que su palabra ya es suficiente por sí misma.

Ese patrón, según Congost, aparecería a menudo disfrazado de culpa. Aunque la persona no tenga responsabilidad real alguna en una situación concreta, sentiría la obligación de dar explicaciones, como si cualquier decisión propia necesitara pasar primero por el filtro de la aprobación de otra persona antes de considerarse legítima.

En la misma línea se ha pronunciado la psicóloga Ainhoa Vila, que señala que la señal más clara de una autoestima baja no sería la inseguridad evidente y reconocible a simple vista, sino precisamente lo contrario: explicarse de más, con detalle innecesario, y defenderse de un ataque que en realidad nunca se ha producido.

Distinguir explicación de justificación innecesaria

El primer paso para frenar este patrón, según el material de referencia, consiste en distinguir entre una explicación legítima y una justificación innecesaria. Llegar tarde a una cita o incumplir un compromiso previamente asumido sí puede requerir una explicación razonable hacia la otra parte, algo que forma parte de las normas sociales básicas de convivencia.

Distinto es el caso de defender por qué se prefiere quedarse en casa un sábado o por qué se ha tomado una decisión personal que no afecta a terceros. Esa segunda categoría de justificaciones no respondería a ninguna norma social real, sino al miedo a la reacción ajena, según el análisis psicológico difundido.

Practicar respuestas breves, sin añadir motivos adicionales que nadie ha pedido, es una de las herramientas que citan estas psicólogas para comprobar en la práctica que la relación con la otra persona no se resiente por la ausencia de justificación. La hipótesis de fondo es que, si el vínculo era sólido, la falta de una explicación extensa no lo pondrá en riesgo.

Ninguna de las fuentes citadas presenta este patrón como un trastorno clínico en sí mismo, sino como un rasgo vinculado a la autoestima que puede trabajarse con distintas estrategias terapéuticas. La terapia cognitivo-conductual, ampliamente utilizada para abordar la ansiedad social y los patrones de búsqueda de aprobación excesiva, es una de las vías habituales de intervención en consulta.

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