De la epicaricacia griega a Tomás de Aquino
El concepto no es nuevo. En la Grecia clásica se empleaba el término «epicaricacia» para describir el placer ante el infortunio ajeno, mientras que en la Roma antigua se hablaba de «malevolencia». Durante la Edad Media, Tomás de Aquino consideró el «schadenfreude» una emoción negativa derivada de la envidia, el resentimiento y la difamación, una genealogía filosófica que la psicología experimental cita como precedente del fenómeno que estudia hoy.
Agresión, rivalidad y justicia
Según las investigaciones recogidas en el ámbito psicológico, el fenómeno se manifiesta principalmente de tres formas. La primera es la agresión: el placer surge al ver sufrir a alguien de un grupo rival. La segunda es la rivalidad, en la que la comparación constante con otros convierte la desgracia ajena en alivio o sensación de superioridad. La tercera es la justicia, en la que el mal ajeno se interpreta como compensación moral: la persona siente que lo ocurrido era «merecido», lo que genera una sensación de equilibrio.
El especialista Guzmán Martínez describe lo que denomina «síndrome de schadenfreude» como un «fenómeno psicológico que con frecuencia se relaciona con la falta de empatía y compasión», que «suele asociarse a las personalidades antisociales». Esta lectura punitiva convive, sin embargo, con otras interpretaciones dentro de la literatura psicológica que matizan el alcance de esa asociación y la limitan a los casos más extremos.
Los cinco rasgos que sistematizó Rocío Carmona
La investigadora Rocío Carmona, en un trabajo de 2018, describió cinco rasgos que ayudan a delimitar el fenómeno. Se trataría de un placer oportunista que aparece ante una desgracia no provocada por uno mismo; una emoción generalmente oculta o secreta, por considerarse socialmente inapropiada; una reacción que se justifica cuando se percibe que la otra persona «merece» lo ocurrido; una forma de alivio emocional vinculada a una superioridad momentánea —lo que Nietzsche describía como «la venganza del impotente»—; y una tolerancia social mayor ante inconvenientes leves, que se invierte hacia la compasión cuando la desgracia es grave.
Un experimento con apuestas de 2020
Un estudio de 2020 publicado en la revista Personality and Individual Differences abordó experimentalmente la cuestión mediante tareas de apuestas. Los participantes podían jugar ellos mismos u observar a otras personas, conocidas o desconocidas, ganar o perder. Los resultados mostraron que, ante un jugador desconocido o percibido como agradable, la respuesta dominante era la empatía. En cambio, cuando el jugador resultaba desagradable, los participantes con una orientación más centrada en el «yo» mostraban mayor probabilidad de experimentar «schadenfreude», mientras que quienes priorizaban el bienestar colectivo mantenían niveles altos de empatía con independencia del resultado.
Este hallazgo desplaza el foco desde el rasgo de personalidad hacia el contexto relacional: no sería tanto una cuestión de maldad innata como de cómo se percibe socialmente al otro y de qué prioridades morales guían al observador. La variable determinante, según el estudio, sería la simpatía previa hacia quien sufre el revés, más que una tendencia estable a disfrutar del mal ajeno.
Cuando la propia desgracia se ofrece como broma
La historiadora Tiffany Watt Smith, autora del ensayo «Schadenfreude: la alegría por el infortunio de alguien más», sostiene que las personas provocan a veces deliberadamente esta emoción como estrategia social. «A veces invitamos a las personas a sentir schadenfreude a cuesta propia, por ejemplo, cuando llegamos a un nuevo trabajo y contamos una anécdota sobre un desastre que nos ocurrió de camino al trabajo, queremos que los demás se rían de nuestro sufrimiento para que no nos perciban como una amenaza», explica. La perspectiva introduce una dimensión funcional: reírse de las propias desgracias puede operar como mecanismo de cohesión social antes que como crueldad.
Un trabajo pendiente de segunda fuente
Según ha podido saberse, un equipo vinculado al Laboratorio de Estudios sobre Convivencia y Prevención de la Violencia (LAECOVI) estaría desarrollando investigaciones adicionales sobre el fenómeno. El Hemiciclo trata esta información con la cautela debida, a falta de confirmación independiente sobre el alcance y las conclusiones de dicho trabajo, y se atiene a la fórmula del condicional periodístico mientras no exista una segunda fuente que lo respalde.
Un matiz, no un diagnóstico
El conjunto de la literatura consultada apunta a una conclusión compartida por buena parte de los especialistas: sentir «schadenfreude» de forma ocasional no equivale a carecer de empatía ni constituye, por sí mismo, un rasgo patológico. La frontera se situaría en la intensidad, la frecuencia y el tipo de desgracia ante la que se activa esa satisfacción, así como en la capacidad de reconocerla y matizarla en lugar de actuar en consecuencia. Como recogen estos trabajos, la tolerancia social decrece a medida que la desgracia ajena se agrava, momento en el que suele imponerse la compasión.
La persistencia del debate desde la filosofía clásica hasta la psicología contemporánea sugiere que no se trata de una moda de la divulgación, sino de una pregunta recurrente sobre los límites de la empatía humana. Distinguir la reacción ante la justicia percibida de la simple rivalidad social sigue siendo una línea de trabajo abierta, pendiente de investigaciones con muestras más amplias que precisen los mecanismos que la activan.

