Ocho torres clavadas en el paisaje urbano se ven, se fotografían y se cuentan. En un país donde tantas obras públicas quedan reducidas a un letrero junto a una zanja, esa evidencia física no es poca cosa. El problema es que una torre sin cable, sin cabina y sin sistema de tracción es, en rigor, solo eso: una torre. Un aerocable como sistema de transporte empieza a existir cuando las 23 están en pie y funcionando en conjunto, no antes.
El anuncio llega con la promesa habitual de estas obras: alivio a la movilidad y conexión metropolitana para quienes hoy dependen del transporte colectivo. Herrera señaló que el sistema ofrecerá una alternativa a esos usuarios, pero el ministerio no ofreció, según el reporte, una fecha de finalización ni un porcentaje de avance físico global más allá del conteo de torres, que es la unidad de medida más visual pero no necesariamente la más completa para calcular cuánto falta.
Contar torres es un hito de comunicación legítimo: los proyectos de infraestructura necesitan señales visibles para sostener el respaldo mientras dura la ejecución. Pero el conteo también revela una asimetría: 15 estructuras por instalar son más de la mitad del proyecto, y en el anuncio no se explicó qué fase sigue, cuánto tiempo tomará ni si el ritmo de las primeras ocho es sostenible para las 15 restantes. Un tercio construido no garantiza los dos tercios en el mismo plazo.
El área metropolitana de San Salvador arrastra un déficit de movilidad que no es nuevo ni exclusivo de Mejicanos: buses saturados, tiempos de viaje que se alargan con cada semáforo y una red de transporte colectivo que compite mal contra el tráfico privado. Un sistema aéreo que enlace Mejicanos con el Centro de Gobierno y el Centro Histórico, si entra en operación, resolvería un tramo puntual de ese mapa. Lo que el anuncio no responde es si ese tramo justifica, por sí solo, la inversión y el plazo que la obra viene tomando.
El mérito de lo verificable
Nada de esto convierte al proyecto en un fracaso ni a las ocho torres en un espejismo: son, hasta donde el propio ministerio reporta, un avance real y medible. Lo que exige cautela es la costumbre de transformar el avance parcial en relato de éxito consumado. La ciudadanía que hoy tarda una hora en llegar de Mejicanos al centro no viaja en un tercio de aerocable: viaja en el bus de siempre, y lo hará hasta que las 23 torres sostengan cabinas en movimiento.
La fiscalización de la obra pública no es un trámite protocolario. La Corte de Cuentas de la República existe precisamente para que los avances reportados por un ministerio se contrasten con la ejecución presupuestaria real, un contraste que cobra más peso en infraestructura de varios años, como se ha planteado en el escrutinio de otras partidas que este medio ha abordado en El ocho por ciento sin partidas. Mientras tanto, a la ciudadanía le queda contar torres, que es lo único que por ahora hay para contar.
Ocho torres instaladas de 23 previstas: ese es, con nombre y cifra, el estado del Aerocable de Mejicanos según lo reportado esta semana. La conexión con la Universidad de El Salvador, el Centro de Gobierno y el Centro Histórico sigue siendo, por ahora, una promesa de acero sin cable.

