Tienen razón en lo primero, que es lo más importante: la educación salvadoreña partía de niveles muy bajos. Lo dijo Jaime Saavedra, director de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe del Banco Mundial y exministro de Educación de Perú, quien no es sospechoso de simpatía interesada. Saavedra celebró los resultados de las primeras 171 escuelas del programa de modernización en la evaluación PISA for Schools de la OCDE, y sostuvo que la experiencia demuestra que se puede mejorar aun partiendo de muy abajo. Aceptemos también esto. Es verdad, es buena noticia, y las buenas noticias en este terreno escasean lo suficiente como para no despreciar ninguna.
Aceptemos la segunda premisa: que detrás de los resultados hay un compromiso político real. El propio Saavedra lo describió con precisión de contable: un compromiso político que se plasma en un compromiso financiero de llevar la inversión al 8% del PIB. Le concedemos la palabra. Un gobierno que anuncia gasto en educación ante más de 30,000 estudiantes en el Estadio Jorge "El Mágico" González, en un evento llamado "Generación que Florece", está asumiendo un compromiso público que después habrá que cumplir a la vista de todos. Nadie hace ese anuncio para incumplirlo. Concedido.
Aceptemos la tercera: que el reconocimiento internacional acompaña. Saavedra habló en serio y por escrito. Y hasta Elon Musk, que no suele detenerse en la política presupuestaria de países pequeños, respondió al anuncio con una sola palabra: "Bravo". Una sola palabra, sin ampliación ni matices, pero una palabra de aliento al fin. Aceptémosla también. Cuando el hombre más rico del planeta le dice "bravo" a su presupuesto educativo, uno tiene derecho a sentirse observado por el mundo. Le concedemos incluso el bravo.
Aceptemos, para no dejar cabo suelto, la cuarta y última: que la cifra es la más alta de la región. El presidente lo afirmó sin medias tintas: no habrá otro país en Latinoamérica que invierta un presupuesto más alto en educación que El Salvador. Es una meta hermosa. Es, de hecho, la clase de meta que uno querría que todos los presidentes de la historia se hubieran fijado. La concedemos con entusiasmo. Ya tenemos, entonces, cuatro premisas aceptadas: partíamos de abajo, hay voluntad política, el mundo aplaude y seremos los primeros de la clase. Todo correcto. Todo firmado. Falta un detalle menor.
Escribió Salarrué que en los cuentos de barro lo pequeño guarda lo grande, y que una vasija dice más de un pueblo que un discurso. El detalle menor, la vasija de este cuento, es de dónde sale el dinero. Porque el anuncio del 8% del PIB, según lo difundido por el propio mandatario, no vino acompañado de un desglose de las partidas específicas del Presupuesto General de la Nación que financiarían el incremento, ni de un calendario de ejecución para el próximo ejercicio. Cuatro premisas magníficas y ninguna columna de cifras debajo. La vasija está vacía, y una vasija vacía también dice algo del pueblo que la fabricó.
Sigamos entonces el razonamiento hasta el final, porque es lo que corresponde cuando se ha concedido todo. Si El Salvador va a invertir $3,000 millones anuales, y va a hacerlo siendo el país que más gasta de la región, y va a lograrlo sin especificar de qué partidas los saca, entonces la conclusión que se desprende sola es magnífica: el dinero, sencillamente, aparecerá. Aparecerá el 8%, aparecerá el primer puesto continental, aparecerá el calendario cuando llegue el momento de ejecutarlo. Todo aparecerá. Es la primera política pública de la historia que se financia por la sola fuerza del anuncio, y hay que reconocerle a quien la firmó una fe presupuestaria que ya quisieran los profetas.
Salvo que aquí hay un dato que también fue publicado y que estropea un poco el milagro. El Banco Central de Reserva situó la deuda pública cerca de los $35,000 millones. Esa cifra, según lo difundido, coloca bajo escrutinio cualquier compromiso de gasto adicional en los próximos ejercicios fiscales. De modo que el razonamiento oficial, seguido con todo el rigor que merece, desemboca en esto: un país con casi $35,000 millones de deuda promete ser el que más gaste en educación de toda Latinoamérica, sin decir de dónde saldrá el dinero. No es una acusación. Es aritmética. Las dos cifras fueron anunciadas por el mismo gobierno, la de la promesa y la de la deuda, y alguien tendrá que sentarlas en la misma mesa, porque solas no se van a hablar. La dolarización de 2001 le enseñó a este país que las cifras redondas que se anuncian en un escenario tienen, tarde o temprano, que cuadrar en una hoja de cálculo que nadie aplaude.
De modo que la pregunta que queda colgada no es si la educación merece el 8% del PIB —lo merece, y esa parte no la discute nadie—, sino una mucho más sencilla y por eso más incómoda: cuando llegue el Presupuesto General de la Nación de 2027 y haya que escribir, línea por línea, de qué partida sale cada uno de los $3,000 millones sobre una deuda cercana a los $35,000 millones, ¿quién firmará esa hoja con nombre y apellidos, el presidente Nayib Bukele que anunció la cifra desde el estadio, o le tocará a la Asamblea Legislativa aprobar un número que todavía nadie ha sabido explicar de dónde viene?

