El director explicó que, en un inicio, no tenía claro el rumbo del proyecto más allá de la intención de aportar al debate público. Se puso en contacto con la doctora Gilma De León, de Fundagénero, organización panameña especializada en violencia y femicidio, y con la guionista panameña Dorlisse Díaz Vergara, radicada en Barcelona, con quienes construyó la historia a partir de entrevistas, documentales, libros e informes estadísticos. "Fue un proceso muy largo", resumió sobre una etapa que se prolongó desde aquel día frente al televisor hasta el estreno.
Según Rodríguez, la investigación reveló un patrón que se repite en la mayoría de los casos documentados: las víctimas y sus círculos afectivos reconocen, en retrospectiva, que hubo señales de riesgo que no lograron identificar a tiempo. El proceso, detalló, arranca con una etapa de "encantamiento", en la que la víctima percibe atenciones y cuidados que interpreta como muestras de afecto genuino.
"La mayoría de los casos de violencia, víctimas que sobreviven, intentos de femicidio y círculos afectivos que están alrededor de la víctima, todas reconocen que, en algún momento, estuvieron en riesgo, pero que no supieron ver a tiempo las señales antes de llegar a ese riesgo", afirmó José Luis Rodríguez, director de la película.
Después llega el aislamiento progresivo respecto de familiares y amistades. El director describió que, cuando la víctima finalmente denuncia la situación ante su entorno, con frecuencia no encuentra credibilidad, porque quienes la rodean solo perciben a una pareja atenta y no al agresor que se oculta detrás de esa fachada. A partir de ahí, dijo, se instalan el control y la violencia psicológica y verbal antes de que aparezca la violencia física.
De la mirada masculina a la niñez
Rodríguez sostuvo que el rodaje lo llevó a revisar sus propias construcciones masculinas frente a una realidad que, dijo, no vive de forma directa. Puso como ejemplo dinámicas cotidianas de oficina donde la imposición de criterio por parte de un hombre rara vez se nombra como violencia, mientras socialmente se justifica diciendo que esa persona "tiene carácter".
"Uno de mis aprendizajes personales como director es haber tenido la oportunidad, a lo largo de esta película, de haber revisado mis propias construcciones masculinas con respecto a una realidad que no me pasa a mí de una manera directa", declaró Rodríguez.
El cineasta insistió en que la niñez debe recibir mayor atención de los adultos, con los padres como primera responsabilidad, y citó una frase que lo acompañó durante el proyecto: "mientras no te hagas consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino". Para él, ese es el punto donde se decide todo.
Rodríguez defendió el cine como experiencia colectiva por su capacidad de abrir una conversación que rara vez se tiene: al reconocer en la pantalla situaciones propias, dijo, los espectadores encuentran en la reacción compartida de la sala una forma de acompañamiento. Explicó que quienes atraviesan círculos de violencia suelen creer que son los únicos a quienes les ocurre, y que oír a otro decir "a mí también" ayuda a romper ese aislamiento.
La cinta se suma a una cartelera cultural panameña que este año ha dado espacio a otras producciones y actividades nacionales, en la línea de la Feria del Libro de Panamá, que cerró tras cinco días en Atlapa. Sobre su propia meta con la película, el director fue directo: "Yo hice esta película con el objetivo de que hablemos".
