Concedamos también la cifra. El Aeropuerto del Pacífico contempla en su primera fase una inversión de $386.4 millones, con capacidad inicial para 365,000 pasajeros al año y una proyección de 2,000 operaciones de vuelo anuales. Son números concretos, publicados, verificables en su enunciado. Nadie puede acusar al Órgano Ejecutivo, bajo la administración del presidente Nayib Bukele, de esconder la ambición del proyecto: lo presenta como el segundo gran polo de conectividad aérea del país, junto al Aeropuerto Internacional de El Salvador, en San Luis Talpa, operativo desde 1980. Démoslo por bueno. El oriente merece su puerta al cielo.
Sigamos el razonamiento oficial un paso más. El Gobierno cita más de 3,600 empleos directos e indirectos vinculados a las etapas de construcción y desarrollo. Excelente. En una región que compite en desventaja con la capital, cada plaza cuenta, y 3,600 son muchas plazas. Aceptemos el dato sin pedirle desglose: cuántas directas, cuántas indirectas, cuántas durante la obra y cuántas después, cuando el edificio ya esté en pie. Son matices. Lo importante es que hay trabajo, y el trabajo en Conchagua no es un detalle: es casi un acontecimiento.
Aceptemos un paso más: el objetivo declarado. Fortalecer la conectividad aérea, dinamizar la actividad económica y turística, ampliar las conexiones internacionales, facilitar el movimiento de viajeros hacia la región. Son metas honorables, de esas que ningún salvadoreño en su sano juicio rechazaría. Quien tenga algo contra que el oriente reciba turistas y vuelos que levante la mano. Nadie la levanta. Hasta aquí, el editorial parece un folleto, y lo asumimos con gusto, porque el país está sobrado de malas noticias y escaso de arcos que se levanten en Conchagua.
Ahora bien, demos el último paso del razonamiento, el que el propio reporte nos invita a dar. La cúpula alcanza, según la misma fuente gubernamental, un 30% de avance. Un treinta por ciento es, en efecto, un avance: queda por delante el setenta restante. Y aquí el reporte oficial se vuelve de una honestidad admirable, porque reconoce, con todas sus letras, que las autoridades no han precisado una fecha de entrega. Ni para la cúpula, ni para la puesta en marcha de la primera fase. El documento se limita a consignar el porcentaje y los trabajos que se ejecutan de manera simultánea.
Salarrué escribió que en sus cuentos de barro la gente medía el tiempo por la cosecha, no por el almanaque: se sembraba y se esperaba, porque la tierra responde cuando quiere y no cuando el calendario manda. Es una sabiduría campesina hermosa. El problema es que un aeropuerto de $386.4 millones no es una milpa, y los 365,000 pasajeros proyectados no esperan a que el maíz esté listo: compran boletos, reservan fechas, planifican viajes. Para eso hace falta un almanaque, no una cosecha. Y el almanaque es, precisamente, lo que el reporte oficial confiesa no tener.
Sigamos la lógica hasta donde ella sola nos lleva. Si celebramos el 30% sin fecha de entrega, entonces el 30% es la noticia completa y suficiente. Lo cual significa que podríamos celebrar también el 40%, el 55% y el 68% con idéntico entusiasmo y la misma ausencia de calendario, un porcentaje cada semestre, indefinidamente, porque un aeropuerto sin fecha de entrega no termina nunca: solo avanza. El arco se forma, la cúpula se iza, la plataforma crece, y el país aplaude cada tramo sin que nadie tenga que responder por el conjunto. Es el proyecto perfecto: todo avance, ninguna cuenta final.
Y aquí es donde el razonamiento revienta solo, sin que haga falta empujarlo. Una obra pública se mide, al final, por una fecha y por una cuenta: cuándo abre y cuánto costó de verdad. La fecha la fija quien decide; la cuenta la revisa la Corte de Cuentas de la República. Pero si no hay fecha, no hay plazo que incumplir, y si no hay plazo que incumplir, no hay quien rinda cuentas por el retraso que no existe porque nunca se prometió un día. El club que paga la entrada —usted, el contribuyente de los $386.4 millones— compra un boleto a una terminal cuya hora de salida nadie se ha comprometido a escribir. En la dolarización de 2001, al menos, el país supo la fecha exacta en que el colón dejó de existir. Aquí ni eso.
De modo que la pregunta no es si la cúpula llegará al 100%: ojalá llegue, y que el oriente tenga su aeropuerto. La pregunta, la única que el reporte oficial deja colgada con su silencio tan cuidadoso, es la del nombre: cuando el 30% sea 60% y el 60% sea 90% y sigamos sin fecha de entrega, ¿quién, con su nombre y su firma, se compromete ante usted a decir el día en que el primero de esos 365,000 pasajeros podrá por fin abordar?