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El Congreso se va a dormir sin condena: PSOE y PP levantan la Mesa a las once y treinta y seis minutos de la noche sin poder pactar ni una sola coma sobre el diputado de Vox

Dos horas de negociación, cinco redacciones distintas, tres rupturas y una frase pendiente. La Mesa del Congreso cierra la noche sin declaración institucional sobre el incidente de ayer en la tribuna. La imagen, tan inédita como reveladora, deja la sensación de que nadie en la Cámara quiere firmar lo mismo que el de enfrente, ni siquiera para condenar una agresión verbal a una letrada.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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A las once y treinta y seis minutos de la noche de este miércoles, la presidenta del Congreso, Francina Armengol, ha golpeado dos veces la mesa con la punta de los dedos, ha mirado al secretario segundo y ha dicho en voz baja: 'Hasta aquí'. Detrás de esa frase hay dos horas de negociación cerrada, cinco redacciones distintas, tres rupturas intermedias y una sensación muy incómoda que va a amanecer mañana en el boletín de grupos: la Cámara baja del Reino de España no ha sido capaz, veinticuatro horas después, de pactar ni una sola coma para condenar el incidente protagonizado ayer por el diputado de Vox José María Sánchez García.

La escena tenía, sobre el papel, todos los ingredientes del consenso fácil: una letrada del Congreso insultada en la propia tribuna presidencial, una trayectoria institucional de veinticuatro años sin incidentes de ese calibre y una presidenta que, tras el episodio, había apelado al 'mínimo común denominador del respeto a los trabajadores de la casa'. Sobre el terreno, sin embargo, la negociación ha salido del guion antes incluso de empezar a escribirse. El PP ha llegado a la reunión con un texto de cuatro párrafos en el que reclamaba no solo condenar el incidente, sino introducir una referencia expresa al 'deber de respeto a la autoridad parlamentaria'. El PSOE quería limitarlo a dos párrafos y excluir cualquier mención que pudiera interpretarse como una reprimenda ideológica. Sumar, con un tercer borrador encima de la mesa, exigía incluir además una alusión al 'aumento del discurso de odio en el hemiciclo'. Vox, que se ha sentado pese a ser la parte investigada, se negaba a suscribir ninguna redacción que mencionara el nombre del diputado expulsado. Cuatro borradores, cuatro vetos cruzados.

La primera ruptura ha llegado a las diez y diez minutos de la noche. La segunda, quince minutos después, cuando el portavoz del PP en la Mesa ha exigido sustituir la expresión 'incidente' por 'agresión verbal'. El PSOE se ha negado en redondo, argumentando que la palabra 'agresión' obligaría a abrir expediente disciplinario de oficio a todos los diputados implicados, no solo al de Vox, y que eso 'multiplicaba el foco' en un episodio que el Gobierno prefería desinflar. En ese momento, según relatan a este periódico tres fuentes distintas presentes en la sala, un miembro de la Mesa del PP ha soltado una frase que ha congelado la reunión: 'Entonces lo que ustedes quieren es que no pase nada'. No ha habido respuesta inmediata.

La tercera y definitiva ruptura ha llegado poco antes de las once. En un último intento, Armengol ha propuesto un texto 'de mínimos' de apenas siete líneas: una condena genérica al 'uso impropio de la tribuna presidencial', un reconocimiento a los letrados de la Cámara y un compromiso de revisión del reglamento para casos futuros. El PSOE ha aceptado. Sumar ha aceptado. Vox, previsiblemente, ha dicho que no. Y el PP, tras cuarenta minutos de consultas telefónicas con la dirección de Génova, ha anunciado que tampoco. El argumento oficial, transmitido por su portavoz en la Mesa, ha sido que 'un texto sin nombres propios es una condena sin condenado'. El argumento oficioso, reconocido por dos fuentes del grupo popular a este periódico, es distinto: en el PP no quieren regalar al Gobierno la foto de un 'consenso de la Mesa' cuando llevan dos meses reclamando una comisión de investigación sobre todo lo demás.

La consecuencia material es doble. La primera es que la declaración institucional, que en el uso parlamentario español tiene más valor simbólico que ejecutivo, se cae. La segunda —menos visible pero mucho más significativa— es que el expediente disciplinario individual contra el diputado Sánchez García sigue su curso administrativo sin el paraguas de una condena unánime. Es decir: si mañana el afectado recurre la sanción de un mes de dietas que le aprobó hoy la Mesa por 6 votos a 3, podrá alegar con cierto fundamento que 'ni siquiera el propio Congreso ha sido capaz de calificar los hechos de la misma manera'. Un abogado de Vox consultado por este periódico lo resume con una sonrisa medio amarga: 'Es una munición procesal regalada. La vamos a usar'.

Hay una tercera consecuencia, esta política, que interesa mucho más al lector que a los parlamentarios: lo que hoy ha pasado en la Mesa del Congreso no es un caso aislado. Es el tercer intento fallido, en lo que llevamos de 2026, de sacar adelante una declaración institucional de la Cámara. El primero cayó en enero —sobre el apagón eléctrico— porque Vox no quería citar a Red Eléctrica; el segundo, en marzo, sobre el accidente de Adamuz, porque el PP no quería suscribir un texto que hablara de 'cadena de decisiones políticas'. El patrón, esta vez, es distinto en origen y análogo en el resultado: cuando cada grupo llega con su condena a medida, lo que queda encima de la mesa, al apagarse las luces, es un silencio que firma todo el mundo.

¿Por qué debería importar esto a alguien que no lee a diario el diario de sesiones? Porque la declaración institucional es, en la práctica, el único mecanismo que tiene el Congreso para hablar como una sola voz. Es la figura que se reserva para los atentados terroristas, las muertes de expresidentes del Gobierno, las condenas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y, ocasionalmente, para el luto institucional tras una catástrofe. Cuando esa figura se atasca en un episodio de bronca parlamentaria, la conclusión incómoda es que ya no es una figura de consenso sino una figura negociable. Y una figura negociable, en términos institucionales, ya no pesa lo que pesaba. Es un dato que los diputados veteranos conocen bien. Es un dato que la opinión pública no siempre detecta a tiempo.

Antes de irse, la presidenta Armengol ha dejado una frase para los letrados que estaban tomando acta: 'Conste en el acta que la Mesa ha intentado llegar a un texto común hasta el último minuto'. Ha sido su manera de dejar por escrito, con el sello de la Cámara, que no todos los grupos han actuado igual. Un detalle técnico, sin duda, pero con lectura política: en los próximos días, cuando el PP acuse al PSOE de 'bloquear' la declaración, el PSOE responderá con ese 'conste en el acta' en la mano. En los próximos días, cuando el PSOE acuse al PP de 'romper la unidad', el PP responderá que el texto final 'blanqueaba' al diputado de Vox. Los dos argumentos se basarán en lo mismo que ha ocurrido esta noche. La única diferencia será el punto de vista.

Una última nota, para quien la quiera: a las once y cuarenta y uno minutos, cuando ya todos habían recogido las carpetas, el portavoz del Grupo Mixto —un diputado del BNG que en todas estas negociaciones suele hacer de notario discreto— se ha acercado a la presidenta y le ha dicho en voz baja: 'Esto hoy no lo hemos perdido los cuatro grupos. Lo ha perdido la Cámara'. La frase no va a aparecer en ningún medio. No va a aparecer en el boletín. Va a quedar ahí, flotando, en la sala vacía de la Mesa, esperando a que alguien, en los próximos meses, decida si vale la pena recogerla y convertirla en algo más que una anécdota de pasillo.

Mañana jueves, cuando el diario de sesiones se publique sin declaración institucional, habrá una línea en blanco donde debía figurar el texto. Esa línea en blanco, en sí misma, es una noticia. Porque no es que no se haya condenado nada: es que el Congreso ha preferido no decir nada antes que decirlo con el grupo de al lado. Y esa preferencia, en una democracia parlamentaria, nunca es neutra. El Hemiciclo seguirá la evolución del expediente disciplinario individual, que es el único que queda vivo, y pondrá fecha a la próxima ocasión en la que alguien, desde cualquier escaño, vuelva a intentar que la Cámara hable con una sola voz. No será pronto.

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