Según Oviedo, la clave para distinguir un olvido benigno de uno preocupante no está en el hecho aislado, sino en la pérdida de autonomía que puede acompañarlo. La especialista señaló que cuando una persona deja de realizar actividades cotidianas que antes hacía con normalidad, olvida los pasos para completar tareas simples o pierde capacidad para desenvolverse por sí misma, conviene buscar una evaluación médica sin esperar a que los síntomas se agraven.
La neurocientífica indicó que con frecuencia son los familiares o las personas cercanas quienes primero notan el cambio de comportamiento, antes que el propio paciente. Ante esa percepción, recomendó acudir a un médico de atención primaria o de cabecera, quien determinará si corresponde remitir el caso a neurología, geriatría, neuropsicología, psiquiatría u otra especialidad según cada situación.
Oviedo explicó que identificar el Alzheimer no depende de una sola consulta o prueba, sino de un proceso que combina distintas evaluaciones clínicas y cognitivas. En ese sentido, destacó los avances recientes en biomarcadores sanguíneos, que según indicó podrían facilitar en el futuro un diagnóstico menos invasivo para determinados pacientes.
La especialista citó un metaanálisis publicado en la revista científica The Lancet que identificó 14 factores de riesgo potencialmente modificables a lo largo de la vida, entre ellos el bajo nivel educativo, la pérdida auditiva, la hipertensión, el tabaquismo, la obesidad, la depresión, la inactividad física, la diabetes, el aislamiento social, el consumo excesivo de alcohol, los traumatismos craneoencefálicos, la contaminación del aire, el colesterol LDL elevado y la pérdida de visión no tratada. Agregó que la Organización Mundial de la Salud también considera los problemas de sueño como un posible factor de riesgo, aunque su relación con la enfermedad continúa en estudio.
Oviedo subrayó que ningún hábito garantiza por sí solo evitar el Alzheimer, pero mencionó medidas que pueden contribuir a reducir el riesgo de demencia a nivel poblacional: mantener una vida físicamente activa, controlar la presión arterial, el colesterol y la diabetes, no fumar, evitar el consumo excesivo de alcohol, llevar una alimentación saludable, cuidar la audición y la visión, y conservar una vida social y cognitivamente activa. Es, dijo, una cuestión de salud cerebral, pero también de salud cardiovascular y de bienestar general.
Más allá de la pérdida de memoria
La especialista precisó que el Alzheimer no afecta únicamente la memoria: en sus primeras etapas también pueden presentarse dificultades para encontrar palabras, planificar actividades, resolver problemas o tomar decisiones. Añadió que algunas personas comienzan a desorientarse en lugares conocidos o experimentan cambios en la personalidad, la motivación, el estado de ánimo y el comportamiento, e incluso síntomas psiquiátricos como agitación o agresividad.
Entre los avances registrados en el país, Oviedo destacó la aprobación del Plan Nacional para el Abordaje de las Demencias, que reconoce estas enfermedades como un problema de salud pública y plantea fortalecer su detección y atención. También mencionó las investigaciones que desarrolla la Iniciativa en Investigación en Envejecimiento y Disparidades en Salud (PARI-HD) para comprender mejor los factores biológicos, psicológicos y sociales asociados a la enfermedad, además de terapias internacionales como lecanemab y donanemab, dirigidas contra la proteína beta-amiloide, que según estudios clínicos podrían ralentizar el deterioro cognitivo en fases iniciales sin curar la enfermedad. El foco en la salud cerebral se suma a otros debates recientes sobre la atención médica en el país, como el que plantea si conviene reducir de dos a un año el internado médico en Panamá.
La doctora insistió en que envejecer no significa desarrollar Alzheimer y que un diagnóstico temprano permite descartar otras causas de los síntomas, planificar los cuidados y evaluar si un paciente en fase inicial podría beneficiarse de los tratamientos disponibles.
"Un diagnóstico no debe verse únicamente como una mala noticia. Permite entender la enfermedad, acceder a la atención adecuada y darle a la persona y a su familia la oportunidad de planificar y tomar decisiones con mayor información", concluyó Diana Oviedo, magíster y doctora en Neurociencias.