Hay una elegancia particular en fingir que uno no sabe leer una fotografía. El embajador aparece junto a la diputada en un acto público y de inmediato surge la explicación de manual: cortesía protocolar, agenda institucional, nada que ver con la política interna. Cruz, que tiene el hábito de fijarse en estos detalles, decidió preguntar en voz alta lo que otros comentan en voz baja. La pregunta de fondo no es si Zhang Yanhui tiene derecho a asistir a un acto público —lo tiene—, sino si un cuerpo diplomático puede permitirse la ambigüedad selectiva. Porque la ambigüedad, cuando aparece siempre del mismo lado del Salón Azul, deja de ser ambigüedad y empieza a parecer costumbre.
Nuevas Ideas controla una mayoría amplia de las 60 curules de la Asamblea Legislativa, de modo que cualquier gesto que se cruce con su órbita adquiere un peso que no tendría si el mismo embajador compartiera tarima con un diputado de otra fracción. Cruz, que aspira a la alcaldía, tiene el incentivo de todo precandidato: hacerse notar señalando lo que otros prefieren no ver. Que la crítica venga acompañada de ambición política no la vuelve automáticamente falsa; obliga al lector a separar el mensajero del mensaje, ejercicio que conviene practicar sin importar quién sea el afectado.
De Taiwán a Pekín: un giro de política exterior
La relación entre El Salvador y la República Popular China se formalizó en 2018, cuando el país centroamericano rompió relaciones con Taiwán y estableció vínculos diplomáticos con Pekín. Desde entonces, la cooperación se ha traducido en proyectos de infraestructura y financiamiento, con un perfil político de bajo tono crítico. El giro no fue menor: rompió una relación de décadas con Taipéi y alineó a San Salvador con la posición que buena parte de América Latina —desde Panamá en 2017 hasta República Dominicana ese mismo 2018— fue adoptando en aquellos años.
Conviene recordar que la diplomacia acreditada opera bajo la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961, que obliga a los representantes extranjeros a no interferir en los asuntos internos del Estado receptor. La norma es clara sobre el papel; la interpretación de qué constituye interferencia cuando se trata de compartir tarima con una diputada de la fracción mayoritaria es, sin embargo, más porosa. Asistir a un acto no viola por sí mismo esa obligación, pero la lectura política del gesto escapa al articulado del tratado.
No es la primera vez que un embajador extranjero en El Salvador despierta suspicacias por su cercanía con el poder de turno. Durante décadas, la relación con la embajada estadounidense fue objeto de un escrutinio similar, con acusaciones cruzadas de injerencia que atravesaron gobiernos de distinto signo, desde los años del conflicto armado que cerró con los Acuerdos de Paz de Chapultepec en 1992 hasta administraciones más recientes. La diferencia, entonces, es que aquel escrutinio contaba con una oposición y una prensa que lo sostenían en el tiempo.
Ana Figueroa no ha ofrecido, por el momento, una explicación sobre el señalamiento. Tampoco la embajada de la República Popular China ni la Cancillería salvadoreña han hecho pública una posición sobre los criterios que rigen la participación de embajadores extranjeros en actos con legisladores de un partido específico. El silencio institucional deja el campo libre para que cada quien complete el vacío con la interpretación que más le convenga.
Lo llamativo no es que un embajador asista a actos públicos —para eso están, en parte—, sino la asimetría de quién recibe esos gestos y quién no. Si la cooperación china con El Salvador es, como se repite desde ambos gobiernos, un vínculo entre Estados y no entre partidos, ilustrarlo con presencia diplomática distribuida no debería resultar difícil. Cuando una sola fuerza domina el Órgano Legislativo, hasta los gestos protocolares terminan leyéndose como declaraciones de parte.
El episodio importa menos por lo que revela sobre Zhang Yanhui —probablemente un diplomático cumpliendo agenda— que por lo que confirma sobre el paisaje político salvadoreño. Cruz seguirá su campaña hacia la alcaldía de San Salvador Este con esta anécdota como munición menor, y todo indica que la respuesta seguirá siendo el silencio. Es la más barata y la que menos compromete.
Queda la pregunta para quien quiera hacérsela: si la cooperación bilateral es tan sólida y transparente como se proclama, no debería costar tanto que se vea repartida entre todos los que integran el Salón Azul. Mientras no haya respuesta, cada fotografía seguirá diciendo más de lo que debería. El plazo lo marcará la campaña: las próximas elecciones municipales pondrán a prueba si estas críticas trascienden la anécdota o se diluyen antes de la primera papeleta.

