La contienda enfrenta dos trayectorias opuestas. Lula, de 80 años, busca un cuarto mandato no consecutivo respaldado por una extensa carrera política iniciada en el sindicalismo. Bolsonaro hijo, abogado de 45 años, fue ungido por su padre, Jair Bolsonaro, tras la condena de este último a 27 años de cárcel por un intento de golpe de Estado, dictada por el magistrado Alexandre de Moraes. El apellido familiar, más que una trayectoria propia, sostiene la candidatura del hijo en las urnas.
Ante la presión de Washington, Lula optó por elevar el tono de un discurso soberanista que reivindica lo brasileño y rechaza las injerencias extranjeras. Hace unos días, durante su décima intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el mandatario defendió esa postura con una frase que resonó en los foros diplomáticos regionales.
"Brasil no cabe en el patio trasero de nadie", dijo Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
La respuesta de Bolsonaro no tardó en llegar. Al día siguiente de esa intervención, el candidato ultraderechista prometió que, de ganar los comicios, incorporará a Brasil al Escudo de las Américas, la iniciativa de seguridad impulsada por Estados Unidos en la que ya participan el argentino Javier Milei, el paraguayo Santiago Peña y el chileno José Antonio Kast. La oferta ubica a Bolsonaro como el candidato dispuesto a alinear a Brasil con la agenda de seguridad hemisférica que promueve la Casa Blanca, en contraste con la postura de no alineamiento que defiende Lula.
El cruce de descalificaciones personales
La campaña se alejó de las propuestas programáticas y quedó atrapada en acusaciones cruzadas, noticias falsas y escándalos de corrupción que salpicaron a ambos bandos. Lula, que no ha ocultado su desdén hacia su rival, lo dejó saber de forma directa en una entrevista concedida el jueves.
Bolsonaro hijo "no tiene pasado, no tiene presente y no tiene futuro", afirmó Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, en una entrevista.
El escándalo que más repercusión tuvo en la recta final de la campaña fue el del Banco Master, calificado como el mayor fraude financiero del país. Su propietario, Daniel Vorcaro, habría tejido una red de influencias que alcanzó a los tres poderes del Estado y a ambos extremos del espectro político. Bolsonaro habría quedado más expuesto por haber solicitado a Vorcaro, a quien en un primer momento dijo no conocer, unos 12 millones de dólares para financiar una producción biográfica sobre su padre. Lula, aunque no aparece salpicado de forma directa, enfrentó el desgaste político derivado de la cercanía entre el banquero y el magistrado De Moraes, uno de sus aliados dentro del Poder Judicial.
Las encuestas no lograron romper el empate técnico en intención de voto entre ambos candidatos, un escenario que se repite en la tasa de rechazo: algunos sondeos ubican ese indicador por encima del 50% para los dos aspirantes, lo que deja un margen casi nulo para crecer a costa del adversario. Ese bloqueo mutuo neutralizó a las terceras vías que habían asomado durante la campaña, como el psiquiatra y escritor Augusto Cury, que llegó a registrar 11% en una encuesta de finales de agosto, o el ultraderechista contestatario Renan Santos, cuyo respaldo no logró despegar.
Ante ese panorama, tanto Lula como Bolsonaro convergieron en la misma estrategia en sus últimas apariciones de campaña: apelar al voto útil. Bolsonaro se concentró en captar el respaldo de otras fuerzas políticas, a cuyos electores llamó a emitir un voto que calificó de "inteligente", bajo el argumento de que es el único candidato capaz de derrotar a Lula en las urnas. El mandatario, por su parte, centró sus discursos en reducir la abstención, un fenómeno históricamente alto en Brasil: en la primera vuelta de 2022, el 21% de los electores habilitados no se presentó a votar.
Esa preocupación explica el despliegue de una campaña de contenidos dirigida a los mayores de 70 años, quienes no están obligados a votar bajo la legislación brasileña y entre quienes Lula mantendría una ventaja considerable sobre su rival. Ese grupo representa más del 10% del electorado habilitado para comparecer este domingo, un bloque que ambas campañas identificaron como decisivo para inclinar el resultado final.
El tablero regional en disputa
El desenlace de estas elecciones se produce en paralelo a otros movimientos que redefinen el mapa de alianzas en la región. Mientras Brasil decide entre dos modelos antagónicos de inserción internacional, el gobierno panameño mantiene su propia agenda de cooperación exterior: el presidente José Raúl Mulino llegó a Singapur en su viaje 31 para impulsar cooperación logística y aérea, en un recorrido que refleja cómo los países latinoamericanos buscan diversificar sus vínculos comerciales más allá de Washington y Pekín.
La presión de Trump sobre la región no se limita al terreno electoral brasileño. En el Caribe, los guardacostas de Estados Unidos interceptaron un buque con combustible rumbo a Cuba, episodio que se suma a la lista de fricciones que Washington mantiene con gobiernos de la región que no comparten su línea de política exterior, un patrón que Lula ha invocado para justificar su discurso de no injerencia.
El resultado de la votación de este domingo determinará si Brasil mantiene su papel como contrapeso regional frente a Washington o si se suma a la ola de gobiernos alineados con la agenda de seguridad hemisférica que impulsa la Casa Blanca, una decisión que más de 158 millones de electores tienen en sus manos.