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Ortega anuncia el fin de las elecciones en Nicaragua

El mandatario habría afirmado el 19 de julio que no volverán a haber elecciones y que legislará para impedir el acceso al poder por voto a los partidos opositores.

Por Redacción de El Hemiciclo· San Salvador·
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El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, habría declarado el pasado 19 de julio que en ese país «no volverán a haber elecciones» y que impulsará junto a la Asamblea Nacional una reforma legal para «poner un muro» a los partidos que aspiren a alcanzar el Gobierno por la vía del voto, según las declaraciones que recoge y rechaza la organización Alianza Américas.

La declaración atribuida a Ortega marcaría, de confirmarse en su alcance, un punto de quiebre en la ya deteriorada institucionalidad electoral nicaragüense. Desde 2021, el proceso electoral de ese país ha sido objeto de señalamientos por parte de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y de gobiernos de la región por la inhabilitación de candidaturas opositoras y el encarcelamiento de aspirantes presidenciales previo a los comicios de ese año, en los que Ortega fue reelecto sin observación internacional independiente.

Alianza Américas, con sede en Chicago y presencia en varios estados de EE.UU., sostuvo que las palabras atribuidas a Ortega representan la clausura definitiva de la vía electoral en Nicaragua y llamó a la comunidad internacional a defender la democracia. La organización ha señalado en años recientes el incremento de solicitudes de asilo y estatus migratorio protegido por parte de ciudadanos nicaragüenses, un flujo que la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) vincula con el cierre de espacios de participación política en ese país.

La Asamblea Nacional nicaragüense, controlada por la fracción oficialista, ha aprobado en los últimos años reformas al Código Electoral y a leyes de agentes extranjeros que han derivado en la cancelación de la personalidad jurídica de decenas de organizaciones no gubernamentales y partidos políticos, entre ellos formaciones históricas como el Partido Conservador y el Movimiento Renovador Sandinista, disuelto por resolución del Consejo Supremo Electoral de ese país. El Gobierno nicaragüense ha rechazado de forma reiterada los señalamientos externos, calificándolos de injerencia extranjera.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha descrito en informes previos la situación nicaragüense como un proceso de desmantelamiento institucional que alcanza al Órgano Judicial, la Fiscalía y el poder electoral de ese país, entidades que, según esos reportes, operarían bajo control del Ejecutivo. Hasta la fecha de esta publicación, el Gobierno nicaragüense no ha ofrecido una aclaración oficial sobre el alcance jurídico de la reforma anunciada ni un calendario para su discusión, por lo que se desconoce si implicaría una reforma constitucional formal o cambios en leyes secundarias de menor rango.

Del retorno de 2007 a la remoción de límites de reelección

El precedente histórico más citado sobre la trayectoria de Ortega es el suyo propio. Tras la derrota electoral sandinista de 1990 —cuando la revolución de 1979 cedió el poder por la vía de las urnas ante Violeta Barrios de Chamorro—, el dirigente retornó a la presidencia en 2007 y ha permanecido en el cargo mediante reformas constitucionales sucesivas que eliminaron los límites de reelección. Ese itinerario ha sido comparado, con matices, con los debates sobre reelección presidencial que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) salvadoreña ha resuelto en distintos momentos de la historia reciente del país.

Para El Salvador, el seguimiento de la crisis nicaragüense no es solo un ejercicio de política exterior comparada. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) y la Sala de lo Constitucional de la CSJ han sido en los últimos años objeto de su propio debate sobre independencia institucional, particularmente tras la remoción de magistrados de la Sala de lo Constitucional por parte de la Asamblea Legislativa con mayoría oficialista en 2021. El país mantiene además vigente su régimen de excepción, decretado en marzo de 2022 y prorrogado de forma consecutiva por el Órgano Legislativo desde entonces.

Los gobiernos centroamericanos han mantenido posiciones dispares frente a Managua. Mientras algunos han respaldado en foros de la OEA resoluciones sobre la falta de garantías electorales nicaragüenses, otros han optado por relaciones diplomáticas más cautelosas, evitando pronunciamientos que puedan tensar vínculos comerciales o migratorios bilaterales.

El Banco Central de Reserva (BCR) de El Salvador no ha reportado cifras específicas de remesas provenientes de la diáspora nicaragüense en el país, dado que la migración nicaragüense hacia territorio salvadoreño es comparativamente menor frente a los flujos históricos hacia Costa Rica y Estados Unidos, principales destinos según datos de ACNUR y de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

La reacción de Alianza Américas se suma a pronunciamientos previos de organizaciones de la sociedad civil centroamericana y de exiliados nicaragüenses, que en los últimos años han recurrido a foros internacionales —incluidas sesiones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra— para exigir la liberación de presos políticos y la restitución de garantías electorales en Nicaragua.

De cara a los próximos meses, la atención regional se centrará en si organismos como la OEA convocan una sesión extraordinaria de su Consejo Permanente para abordar la situación, como ocurrió tras los comicios nicaragüenses de 2021, y en si los gobiernos centroamericanos, incluido el salvadoreño, emiten posiciones formales a través de sus cancillerías.

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