Panamá ocupa una posición geográfica singular: es el puente terrestre entre América del Norte y América del Sur, y alberga una concentración de especies vegetales, fúngicas y microbianas que ha atraído durante años a biólogos, químicos y farmacólogos. Esa combinación de selva tropical, litoral caribeño y pacífico, y una franja de bosques protegidos alrededor de la cuenca del Canal convierte al país en un espacio propicio para la bioprospección, la búsqueda sistemática de compuestos biológicos con utilidad médica o industrial.
La disciplina no es nueva en el país. Desde los años noventa, instituciones como el Instituto de Investigaciones Científicas y Servicios de Alta Tecnología (INDICASAT AIP) han desarrollado programas sobre productos naturales, en muchos casos en colaboración con universidades y centros de Estados Unidos y Europa. El Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, con sede permanente en Panamá desde hace más de un siglo, ha sido históricamente un actor clave en estos estudios por su presencia continua en el país.
De la molécula al fármaco: un recorrido largo
El proceso de convertir un compuesto extraído de una planta, un hongo o una bacteria marina en un medicamento contra el cáncer es, según describen especialistas del sector, largo y costoso. Tras identificar una molécula con actividad biológica interesante —por ejemplo, capacidad de inhibir el crecimiento de células tumorales en pruebas de laboratorio—, sigue una fase de purificación, caracterización química, pruebas preclínicas en modelos celulares y animales, y solo después, si los resultados son sólidos, ensayos clínicos en humanos. Ese recorrido puede tomar más de una década y la inmensa mayoría de los candidatos no llega a convertirse en fármaco.
El interés por los productos naturales en oncología no es ajeno a la industria farmacéutica global. Fármacos ya establecidos contra el cáncer, como el paclitaxel —derivado originalmente de la corteza del tejo del Pacífico— o la vincristina —extraída de la planta Catharanthus roseus—, tienen origen vegetal. Esa historia ha impulsado a numerosos países con alta biodiversidad, entre ellos Costa Rica, Colombia y Brasil, además de Panamá, a invertir en programas que buscan replicar ese tipo de hallazgos a partir de su propia riqueza natural.
En el caso panameño, la investigación biomédica enfrenta limitaciones estructurales que los propios científicos han señalado en distintos foros: presupuestos acotados frente a los de las potencias farmacéuticas, escasez de infraestructura para ensayos clínicos de fase avanzada y dependencia de financiamiento internacional o de fondos concursables. El Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) asigna anualmente recursos a la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT), principal canal de financiamiento estatal para proyectos de este tipo, aunque el monto dedicado a investigación en el país continúa siendo bajo en comparación con el gasto en ciencia y tecnología de las economías más desarrolladas de la región.
La cooperación internacional resulta, en este contexto, un factor determinante. Proyectos de bioprospección panameños han contado en el pasado con financiamiento de agencias como los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH, por sus siglas en inglés), que durante años sostuvo el International Cooperative Biodiversity Groups, programa que impulsó estudios sobre productos naturales panameños con potencial farmacológico, incluidos compuestos con actividad frente a células cancerosas, parásitos y bacterias resistentes a antibióticos.
Ninguna entidad institucional panameña ha confirmado hasta el momento la existencia de un compuesto concreto en fase avanzada de desarrollo contra el cáncer originado en la biodiversidad nacional. Los especialistas consultados por medios locales en investigaciones similares suelen insistir en la necesidad de manejar expectativas: hallar una molécula con actividad biológica prometedora en el laboratorio es solo el primer paso de un proceso que, estadísticamente, rara vez culmina en un tratamiento aprobado para uso clínico.
El marco legal y el debate por la biopiratería
El marco panameño para la investigación con recursos genéticos y biodiversidad se rige por la Ley 41 de 1998, General de Ambiente, y por compromisos internacionales como el Protocolo de Nagoya sobre acceso a recursos genéticos y participación justa en los beneficios derivados de su uso, del cual Panamá es parte. Estas normas buscan garantizar que cualquier hallazgo con valor comercial —incluido un eventual fármaco oncológico— reconozca el origen del recurso natural y establezca mecanismos de reparto de beneficios con el Estado panameño.
La antigua Autoridad Nacional del Ambiente, hoy integrada al Ministerio de Ambiente, y el Ministerio de Salud son las entidades llamadas a intervenir en cualquier proceso de investigación que involucre extracción de muestras biológicas con fines de patente o comercialización, un procedimiento que en el pasado ha generado debate público sobre la llamada biopiratería: el uso de recursos genéticos de un país por parte de empresas o instituciones extranjeras sin compensación adecuada.
El istmo no es un caso aislado en la región. Costa Rica desarrolló desde los años noventa el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio), pionero en bioprospección en Centroamérica, con acuerdos de investigación con farmacéuticas internacionales. Ese antecedente regional sirve para dimensionar tanto las oportunidades científicas como los desafíos regulatorios y financieros que enfrentaría cualquier iniciativa panameña equivalente.
De confirmarse en el futuro avances concretos —la identificación de una molécula con resultados sólidos en fases preclínicas, por ejemplo—, el proceso hacia una eventual aplicación clínica seguiría los protocolos regulatorios internacionales, que incluyen la aprobación de agencias como la FDA estadounidense o la Agencia Europea de Medicamentos, además del registro correspondiente ante el Ministerio de Salud panameño para su comercialización en el país. Ese trayecto, de producirse, se mediría en años y no en meses.