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Un estudio calcula en 1.800 millones de años el fin de la vida vegetal en la Tierra

Astrobiólogos de EE UU sitúan en ese horizonte la desaparición de la biosfera terrestre por el aumento de luminosidad solar, según recoge otro medio

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un estudio publicado en la revista científica JGR Atmospheres y firmado por los astrobiólogos Jacob Haqq-Misra y Eric Wolf, de la Universidad de Colorado Boulder y del centro Blue Marble Space de Seattle, estima que la vegetación terrestre podría extinguirse dentro de aproximadamente 1.800 millones de años.

El artículo, cuyo contenido conoce este periódico a través de la información, no ha sido corroborado todavía por una segunda cabecera especializada, por lo que El Hemiciclo atribuye explícitamente cada dato a esa fuente y trata sus conclusiones con la cautela que exige un hallazgo de una sola procedencia editorial, aunque el estudio original figure en una revista con revisión por pares como JGR Atmospheres, publicada por la American Geophysical Union.

El modelo climático detrás de la estimación

Según explican los propios autores, citados por otro medio, la investigación recurrió a un modelo climático computacional tridimensional capaz de simular la evolución de la Tierra durante los próximos 2.000 millones de años. A diferencia de trabajos anteriores sobre el mismo tema, el modelo incorpora variables como la temperatura, la formación de nubes, las precipitaciones, la dinámica oceánica y la circulación atmosférica, lo que, según los científicos, permite una proyección «mucho más completa y realista» que las estimaciones previas sobre el futuro del planeta.

Los investigadores plantearon dos escenarios distintos. En el primero, la concentración de dióxido de carbono disminuye de forma progresiva a medida que avanza el calentamiento derivado del incremento de la luminosidad solar. En el segundo, el CO₂ se mantiene relativamente estable mientras la temperatura global sigue subiendo. Ambos escenarios, señalan Haqq-Misra y Wolf, conducen a un horizonte final común para la biosfera vegetal, con matices sobre qué especies logran sobrevivir más tiempo.

Por qué el CO₂ es la variable clave

El razonamiento del estudio parte de un principio conocido en astrobiología: a medida que el Sol envejece incrementa gradualmente su luminosidad, lo que eleva la temperatura terrestre y acelera reacciones químicas que retiran dióxido de carbono de la atmósfera. Como las plantas necesitan CO₂ para la fotosíntesis, llegará un punto en que su concentración resulte insuficiente para sostener la vegetación, incluso antes de que el calor extremo por sí solo la haga inviable. Es esa combinación de exceso de calor y escasez de CO₂ la que los autores identifican como el mecanismo último de la extinción vegetal.

Las últimas especies antes del final

Uno de los aspectos más divulgados del trabajo es la identificación de qué tipos de vegetación resistirían más tiempo. Según el estudio, las plantas que emplean una fotosíntesis más eficiente frente a la escasez de CO₂ tendrían ventaja en los últimos tramos de habitabilidad del planeta. Los autores apuntan a los cactus y a otras especies adaptadas a ambientes extremadamente secos y cálidos como las candidatas más probables a sobrevivir hasta el límite final, cuando la mayoría del resto de la vegetación ya se haya extinguido por falta de recursos atmosféricos.

La cifra frente a estudios anteriores

La estimación de 1.800 millones de años, de confirmarse, superaría en varios cientos de millones de años a las proyecciones de trabajos previos sobre el mismo fenómeno, según reconocen los propios autores citados por otro medio. Este tipo de investigaciones sobre la habitabilidad futura de la Tierra cuenta con precedentes desde hace décadas en la astrobiología planetaria, disciplina que combina climatología, geología y astrofísica para modelar cómo evolucionan las condiciones de vida a medida que cambia la estrella de un sistema. La revisión al alza del plazo se atribuye, según el estudio, a la mayor sofisticación del modelo empleado, que tiene en cuenta más variables que las simulaciones anteriores.

Las voces que piden prudencia

No todos los especialistas respaldan sin reservas las conclusiones. El astrobiólogo Andrew Rushby, de la Universidad de Birkbeck (Londres), declaró a la revista Live Science —cita reproducida por otro medio— que las simulaciones utilizadas se basan en «estimaciones generales» que dificultan predecir con precisión cómo evolucionará un sistema tan complejo como el planeta en un horizonte temporal de miles de millones de años. Rushby no niega la validez del enfoque, pero introduce una advertencia metodológica pertinente: cuanto más lejano es el horizonte proyectado, mayor es el margen de incertidumbre acumulada en cualquier modelo climático, por sofisticado que sea.

Los propios autores, según recoge la fuente citada, matizan sus resultados. La capacidad de adaptación de la vida demostrada hasta ahora en la Tierra, sostienen, podría hacer que «los límites que hoy atribuimos al calor extremo o a la escasez de dióxido de carbono» reflejen únicamente las características de la biosfera actual, «sin representar necesariamente los límites absolutos de su evolución».

Qué representa esta proyección

Conviene subrayar que el estudio no aborda ningún riesgo climático a escala humana ni guarda relación con el calentamiento global de origen antropogénico que mide el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyos escenarios se proyectan hasta el presente siglo. Se trata de una proyección astrobiológica sobre la evolución del sistema Tierra-Sol en una escala de tiempo geológica, ajena por completo a los plazos de las políticas públicas o a compromisos internacionales de reducción de emisiones como el Acuerdo de París de 2015. Para dimensionar la escala: 1.800 millones de años es un plazo cientos de veces mayor que la antigüedad de la especie humana, cuyos primeros representantes del género Homo aparecieron hace poco más de dos millones de años.

Qué cabe esperar de aquí en adelante

Al tratarse de un hallazgo procedente de una única fuente periodística y pendiente de contraste por parte de otras cabeceras o de nuevos estudios independientes, El Hemiciclo mantiene esta información bajo seguimiento. La validación, matización o corrección de las conclusiones de Haqq-Misra y Wolf corresponderá a la comunidad científica internacional a través del mecanismo habitual de la revisión por pares y la réplica en publicaciones especializadas como JGR Atmospheres, en un debate que, por su propia naturaleza, no tendrá incidencia práctica sobre las políticas climáticas ni sobre la vida cotidiana de las próximas generaciones.

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