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Trump da un ultimátum a la UE: o elimina sus aranceles antes del 4 de julio o la subida será «mucho mayor» que el techo del 15% pactado en Turnberry

Von der Leyen intenta salvar el acuerdo mientras el Parlamento Europeo y la Comisión no logran acordar la ratificación; los aranceles al automóvil ya están en el 25% y Macron y Scholz presionan a Bruselas para una respuesta unificada con las represalias de 95.000 millones congeladas

Por Redacción de El Hemiciclo· Bruselas / Washington· · Actualizado:
11 min de lectura
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Trump da un ultimátum a la UE: o elimina sus aranceles antes del 4 de julio o la subida será «mucho mayor» que el techo del 15% pactado en Turnberry
Foto: Daniel Torok / The White House (jun 2025), dominio público

Donald Trump ha convertido el bicentenario quincuagésimo de la independencia de Estados Unidos en una fecha límite para la política comercial europea. En un mensaje publicado en Truth Social a las 23:14 hora de Washington, el presidente estadounidense dio a Ursula von der Leyen un ultimátum que no admite lecturas ambiguas: si la Unión Europea no elimina sus aranceles sobre productos estadounidenses antes del 4 de julio de 2026, los aranceles norteamericanos subirán «mucho más» que el techo del 15 por ciento que ambas partes pactaron en la cumbre de Turnberry. La amenaza ha sacudido los mercados asiáticos, que cerraron con caídas superiores al 1,5 por ciento, y ha colocado a la Comisión Europea ante la decisión más difícil de su mandato.

El acuerdo de Turnberry, alcanzado en la localidad escocesa del mismo nombre durante una cumbre bilateral celebrada en marzo, estableció un marco de negociación que la UE consideraba razonablemente estable. Ambas partes acordaron un techo arancelario del 15 por ciento como punto de partida para una reducción progresiva que debía culminar en un acuerdo de libre comercio parcial antes de diciembre de 2027. Trump firmó el documento con una salvedad que en su momento pasó inadvertida: la cláusula de revisión unilateral que permite a cualquiera de las partes abandonar el marco si considera que la otra no está cumpliendo «de buena fe». Es precisamente esa cláusula la que el presidente estadounidense ha activado al considerar que la UE «ha paralizado deliberadamente la ratificación» del acuerdo en sus instituciones.

La parálisis tiene nombres y apellidos. El Parlamento Europeo, que debe ratificar cualquier acuerdo comercial significativo, está dividido entre los socialdemócratas, que exigen incluir cláusulas laborales y medioambientales que Washington rechaza, y los populares, que presionan por una ratificación rápida para evitar la escalada arancelaria. La Comisión, por su parte, no ha logrado presentar una propuesta unificada porque el comisario de Comercio y el de Economía discrepan sobre el alcance de las concesiones que la UE debería ofrecer en materia agrícola, el sector más sensible del acuerdo. El resultado es un bloqueo institucional que Trump ha interpretado, o ha decidido interpretar, como mala fe negociadora.

Los aranceles al automóvil son la pieza más visible del tablero y la que más daño potencial puede causar a la industria europea. Trump ya los elevó al 25 por ciento en abril, una medida que afecta directamente a las exportaciones de BMW, Mercedes-Benz, Volkswagen, Renault y Stellantis hacia el mercado estadounidense, que representan más de 50.000 millones de euros anuales. La industria automovilística alemana, que depende del mercado norteamericano para el 18 por ciento de sus ingresos, ha presionado al canciller Scholz para que negocie directamente con Washington, una petición que Berlín ha rechazado públicamente pero que fuentes diplomáticas confirman que se está explorando a través de canales informales.

La respuesta europea está fragmentada entre halcones y palomas. Macron, que durante las últimas semanas ha endurecido su retórica contra Washington, exige una respuesta «firme y coordinada» que incluya la activación de las represalias de 95.000 millones de euros que la Comisión aprobó en marzo pero que permanecen congeladas a la espera de una decisión política del Consejo. Las represalias incluirían aranceles del 25 por ciento sobre productos tecnológicos estadounidenses, whisky, carne de vacuno y maquinaria agrícola, una lista diseñada para impactar en estados electorales clave de Trump. Scholz, sin embargo, defiende la cautela: «Escalar no resuelve nada; lo que necesitamos es una mesa de negociación, no una guerra comercial», declaró el canciller tras la reunión del Eurogrupo celebrada este lunes.

Para España, el ultimátum tiene implicaciones específicas que van más allá del marco general europeo. El sector agroalimentario español exporta a Estados Unidos productos por valor de 4.200 millones de euros anuales, con el aceite de oliva, el vino y las aceitunas como principales partidas. Un arancel superior al 15 por ciento haría inviable una parte significativa de esas exportaciones, que ya operan con márgenes estrechos tras la subida de costes energéticos de los últimos tres años. El Ministerio de Agricultura ha activado un grupo de trabajo de emergencia que evalúa el impacto provincia por provincia, y las primeras estimaciones apuntan a que Jaén, Córdoba y Huelva serían las más afectadas.

El factor temporal introduce una urgencia que condiciona todas las decisiones. El 4 de julio no es una fecha arbitraria sino un símbolo político que Trump ha elegido deliberadamente: la imagen de un presidente que «protege la independencia económica de América» el día de la fiesta nacional es exactamente el tipo de narrativa que alimenta su base electoral.

Von der Leyen respondió al ultimátum con un comunicado deliberadamente ambiguo que busca ganar tiempo sin cerrar ninguna puerta. La presidenta de la Comisión expresó su «compromiso con el marco de Turnberry» y recordó que la UE «siempre ha negociado de buena fe», pero evitó responder directamente a la amenaza de subida arancelaria, lo que sugiere que Bruselas está evaluando internamente el coste de cada escenario antes de pronunciarse. La estrategia de la ambigüedad tiene un riesgo evidente: Trump interpreta el silencio como debilidad, y cada día que pasa sin una respuesta clara refuerza la narrativa estadounidense de que Europa no tiene voluntad de negociar.

Las próximas semanas determinarán si el mayor bloque comercial del mundo es capaz de articular una respuesta unitaria ante la presión de su principal socio económico o si la fragmentación interna convierte a la UE en lo que sus críticos llevan décadas denunciando: un gigante comercial incapaz de actuar como un actor geopolítico coherente. Para Trump, la apuesta es clara: si la UE cede antes del 4 de julio, habrá demostrado que la amenaza funciona; si no cede, tendrá la excusa que necesita para elevar los aranceles a niveles que podrían desencadenar la mayor guerra comercial transatlántica desde los años treinta.

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