El contenido de la llamada, reconstruido por El Hemiciclo a partir de fuentes diplomáticas europeas y de un briefing que la portavoz de la Comisión ofreció a un grupo reducido de periodistas acreditados en Bruselas, revela una posición estadounidense que ha endurecido significativamente los términos planteados en la cumbre de Turnberry del pasado marzo. Trump, según estas fuentes, planteó a Von der Leyen tres exigencias concretas: primera, que la UE acepte una tasa arancelaria base del veinticinco por ciento sobre los vehículos europeos exportados a Estados Unidos, frente al actual dos y medio por ciento; segunda, que la UE elimine progresivamente los subsidios públicos a la industria automotriz europea, una referencia directa al programa Green Deal que ha canalizado decenas de miles de millones de euros hacia la transición al vehículo eléctrico; y tercera, que la UE se comprometa a aumentar las importaciones de gas natural licuado estadounidense hasta alcanzar un volumen que desplace parcialmente al gas ruso que aún fluye hacia Europa a través de los gasoductos que sobrevivieron a las sanciones. Las tres exigencias, tomadas en conjunto, constituyen un paquete que los negociadores europeos consideran no solo desproporcionado sino deliberadamente diseñado para ser rechazado, lo que alimenta la hipótesis de que Trump utiliza la negociación arancelaria como palanca para obtener concesiones en otros ámbitos —especialmente en materia de defensa y de alineamiento geopolítico frente a China— que no forman parte de la agenda comercial oficial.
La respuesta europea se articula en torno a la figura de Maros Sefcovic, el vicepresidente ejecutivo de la Comisión responsable de la política comercial, que lleva semanas elaborando una contrapropuesta que presenta como la última oferta posible antes de que la negociación entre en una espiral de represalias. La propuesta de Sefcovic, que será formalmente presentada a Trump por Dombrovskis durante su visita a Washington el martes, gira en torno a un concepto que la Comisión ha bautizado como «tasa Turnberry» —en referencia al hotel escocés donde tuvo lugar la primera reunión Trump-Von der Leyen en marzo— y que consistiría en un arancel único del quince por ciento sobre los vehículos europeos, inferior al veinticinco por ciento exigido por Washington pero significativamente superior al dos y medio por ciento actual, a cambio de que Estados Unidos mantenga el acceso de los productos agrícolas europeos al mercado estadounidense y de que ambas partes establezcan un mecanismo de consulta bilateral que permita resolver futuras disputas comerciales sin recurrir a escaladas arancelarias automáticas. Fuentes del equipo de Sefcovic reconocen que la propuesta tiene escasas probabilidades de ser aceptada en su forma actual, pero argumentan que establece un marco de referencia que podría servir de base para un compromiso intermedio si Trump decide que el coste político de una guerra comercial abierta con Europa supera los beneficios electorales de cumplir su promesa arancelaria.
Emmanuel Macron ha irrumpido en el debate esta noche con una iniciativa que ha cogido por sorpresa incluso a sus aliados más cercanos en el Consejo Europeo: la convocatoria de una cumbre extraordinaria de líderes europeos, posiblemente para la última semana de mayo, dedicada exclusivamente a definir la estrategia de la UE ante la amenaza arancelaria de Trump. La propuesta, comunicada por el Elíseo mediante un comunicado de tres párrafos publicado a las veinte horas, argumenta que la envergadura de la amenaza requiere una respuesta al máximo nivel político y que delegar la negociación exclusivamente en la Comisión Europea implica un déficit de legitimidad democrática que Trump podría explotar para dividir a los veintisiete. La reacción de los socios europeos ha sido mixta: Alemania, a través de un portavoz del canciller Merz, ha expresado su apoyo a la cumbre pero ha matizado que cualquier decisión debe preservar la unidad negociadora de la Comisión; Italia ha mostrado reservas, argumentando que una cumbre extraordinaria podría transmitir una imagen de urgencia que fortalecería la posición negociadora de Washington; y España, a través de fuentes de la Moncloa, ha apoyado la iniciativa francesa pero ha insistido en que la cumbre debe abordar no solo los aranceles sino la estrategia industrial europea a medio plazo, incluyendo la cuestión de los subsidios al vehículo eléctrico que Trump ha puesto en el centro de sus exigencias.
Las cifras que la industria automovilística europea ha puesto sobre la mesa este sábado en un informe urgente remitido a la Comisión Europea dibujan un escenario que los responsables del sector califican sin ambages como catastrófico. La Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles —ACEA— estima que unos aranceles del veinticinco por ciento sobre las exportaciones europeas a Estados Unidos provocarían una caída del treinta y dos por ciento en el volumen de vehículos europeos vendidos en el mercado estadounidense durante el primer año, lo que se traduciría en una pérdida de ingresos de aproximadamente cuarenta y siete mil millones de euros para el conjunto de la industria y en la destrucción directa de entre cien mil y ciento veinte mil puestos de trabajo en las plantas de fabricación y en la cadena de proveedores del continente. Los países más afectados serían Alemania, con Volkswagen, BMW y Mercedes como principales exportadores al mercado estadounidense; Italia, con Stellantis y Ferrari; y España, donde la planta de SEAT-Cupra en Martorell exporta una proporción significativa de su producción al mercado norteamericano a través de la filial estadounidense del grupo Volkswagen. El informe de ACEA advierte además de que los efectos indirectos podrían multiplicar las pérdidas: una guerra comercial abierta con Estados Unidos generaría incertidumbre en los mercados financieros, encarecería las materias primas por la reconfiguración de las cadenas de suministro y provocaría un efecto de contagio en otros sectores exportadores que dependen del mismo ecosistema logístico que la automoción.
El Parlamento Europeo ha anunciado que someterá a votación el diecinueve de mayo una resolución no vinculante sobre la estrategia comercial de la UE frente a las amenazas arancelarias de Trump, un gesto que, aunque carece de fuerza legal directa, tiene un peso político considerable porque reflejará la posición del principal órgano democrático de la Unión en un momento en el que la legitimidad de la respuesta europea está siendo cuestionada. La resolución necesita una mayoría simple de la eurocámara para ser aprobada, y los grupos parlamentarios que apoyan al bloque Von der Leyen —populares, socialdemócratas y liberales— ya han confirmado su voto favorable.
Valdis Dombrovskis, el comisario europeo de Economía que viajará a Washington el martes para presentar formalmente la contrapropuesta de Sefcovic, se enfrenta a una misión diplomática que fuentes de la Comisión describen con una metáfora reveladora: llevar un paraguas a un huracán. Dombrovskis llevará en su cartera dos documentos: la contrapropuesta formal de Sefcovic con la tasa Turnberry del quince por ciento y un análisis de impacto elaborado por los servicios de la Comisión que detalla, con cifras específicas, las consecuencias de los aranceles del veinticinco por ciento no solo para la economía europea sino para la propia economía estadounidense, donde los vehículos importados de Europa representan una cuota de mercado significativa en el segmento premium y su encarecimiento repercutiría directamente en los consumidores americanos de clase media-alta, un electorado que Trump no puede permitirse alienar antes de las midterms de dos mil veintiséis.
Para España, el impacto de los aranceles tiene una especificidad que el debate europeo tiende a diluir en las cifras agregadas del continente. La industria automovilística española, que exporta el ochenta y cinco por ciento de su producción y genera más de trescientos mil empleos directos, no vende directamente grandes volúmenes de vehículos al mercado estadounidense, pero forma parte integral de la cadena de valor de grupos europeos —Volkswagen, Stellantis, Renault— que sí lo hacen. Una caída del treinta y dos por ciento en las exportaciones europeas a Estados Unidos provocaría una reorganización de la producción dentro de los grupos que afectaría inevitablemente a las plantas españolas, especialmente a Martorell (SEAT-Cupra) y a las factorías de Stellantis en Vigo y Zaragoza. El anuncio de SEAT de un ERTE para tres mil cuatrocientos trabajadores a partir de junio, aunque motivado formalmente por ajustes en la demanda del modelo Cupra Formentor, es interpretado por los sindicatos como una anticipación del impacto arancelario, una lectura que la dirección de la compañía no ha desmentido explícitamente. La confluencia de esta amenaza industrial con la incertidumbre del caso Koldo, la emergencia sanitaria del Hondius y la crisis del narcotráfico en Huelva configura un panorama de riesgos simultáneos para la economía española que Goldman Sachs y JP Morgan han reflejado en sus recientes rebajas de perspectivas para el país.
La noche cae sobre Bruselas con el Berlaymont encendido hasta la última planta, una imagen que en la jerga de los corresponsales comunitarios solo se produce cuando la Comisión trabaja en modo crisis. En los despachos del piso trece, el equipo de Von der Leyen ultima los detalles de la misión Dombrovskis y prepara los argumentos para la posible cumbre extraordinaria propuesta por Macron. En las delegaciones permanentes de los veintisiete, los embajadores redactan cables a sus capitales con análisis que oscilan entre el pesimismo controlado y la alarma franca. Y en las oficinas de las asociaciones empresariales del barrio europeo, los lobistas de la automoción calculan escenarios de pérdidas con la frialdad de los actuarios y la angustia de quienes saben que esas cifras representan personas, familias y comunidades que dependen de una industria que nació en Europa y que ahora podría ser parcialmente expulsada del mercado más lucrativo del mundo por la decisión unilateral de un presidente que utiliza los aranceles como si fueran fichas de póker en una partida donde solo él conoce las reglas.

