Trump aprovechó su comparecencia para insistir en la debilidad económica y militar de Irán. «No tienen dinero, no tienen Armada, no tienen Fuerza Aérea. No pagan a sus soldados, no pagan a su policía, tienen una inflación del 350%», afirmó, sin precisar el origen de esa cifra. Los organismos internacionales sitúan la inflación iraní en niveles elevados —el Fondo Monetario Internacional ha estimado tasas interanuales de varias decenas por ciento en los últimos ejercicios—, pero muy por debajo del dato citado por el presidente, que no coincide con los registros públicos del Banco Central de Irán.
El presidente reivindicó además el dominio militar de su país sobre una de las rutas marítimas más sensibles del planeta: «Tenemos el control total de la frontera (…) tenemos control total de toda esa región en lo que respecta al estrecho de Ormuz. Y eso incluye, en gran medida, las zonas terrestres». Por ese paso, situado entre Irán y la península arábiga, transita en torno a una quinta parte del petróleo comercializado por vía marítima en el mundo, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), lo que convierte cualquier amenaza sobre su navegabilidad en un asunto de alcance global para los mercados energéticos.
La afirmación de un control «total» de Ormuz no ha sido corroborada de forma independiente y contrasta con la presencia naval permanente de Irán en la zona y con la disputa histórica sobre la soberanía de las aguas del golfo Pérsico. El estrecho, de apenas 33 kilómetros en su punto más angosto, ha sido objeto de amenazas de bloqueo por parte de Teherán en varias ocasiones durante las últimas dos décadas, generalmente como respuesta a nuevas sanciones. Ninguna de esas amenazas se ha materializado en un cierre efectivo, en parte por la dependencia de la propia economía iraní de las exportaciones petroleras que atraviesan ese punto.
El anuncio de la «guerra económica» se produjo el miércoles, cuando Trump advirtió de «consecuencias económicas tremendas» para cualquier país que preste asistencia a Teherán. La medida se suma a décadas de sanciones estadounidenses cuyo origen se remonta a la crisis de los rehenes de la embajada de Estados Unidos en Teherán (1979-1981) y que se endurecieron con la retirada unilateral de Washington del acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA), decidida por el propio Trump en 2018 durante su primer mandato.
El mandatario republicano sostuvo que Irán «no está preparado para llegar al acuerdo adecuado», pese a afirmar que Teherán «le encantaría llegar a un acuerdo» para poner fin a las hostilidades. La aparente contradicción —un Gobierno presentado como deseoso de negociar pero incapaz de aceptar condiciones— ha sido una constante en el discurso de la Casa Blanca desde el colapso de las negociaciones nucleares indirectas de años recientes, cuyo estado exacto no ha sido detallado públicamente por ninguna de las partes.
Desde Teherán, las autoridades no han ofrecido hasta el momento una respuesta oficial detallada a las últimas declaraciones. El Gobierno iraní ha condenado en semanas anteriores lo que califica de «terrorismo económico» estadounidense, expresión que utiliza de forma recurrente para referirse al régimen de sanciones desde su reimposición en 2018. La Unión Europea, que sigue siendo parte del acuerdo nuclear de 2015 junto a Reino Unido, Rusia y China, tampoco se había pronunciado sobre las declaraciones de Trump; Bruselas ha mantenido históricamente una posición distinta a la de Washington, apostando por la vía diplomática y expresando su rechazo a sanciones secundarias que afecten a empresas europeas con intereses en el país.
El trasfondo de la escalada remite al historial de confrontación directa entre ambos países durante el propio mandato de Trump, incluido el ataque estadounidense que acabó con la vida del general iraní Qasem Soleimani en enero de 2020 en Bagdad, un episodio que llevó a ambas naciones al borde de un conflicto abierto y que Irán respondió con lanzamientos de misiles contra bases con presencia estadounidense en Irak. Aún antes, durante la guerra Irán-Irak (1980-1988), Washington ya desplegó buques de guerra en el golfo para proteger el tráfico petrolero.
En el plano militar, Estados Unidos mantiene en la región una presencia naval permanente a través de la V Flota, con base en Baréin, además de instalaciones aéreas en Catar y Emiratos Árabes Unidos, un despliegue reforzado en momentos de tensión con Teherán a lo largo de los últimos años. En esta ocasión, la Casa Blanca no ha anunciado un movimiento adicional de tropas. La escalada verbal se produce, además, en un contexto regional marcado por la inestabilidad en Oriente Próximo, con Irán como patrocinador de milicias y grupos armados en Líbano, Siria, Irak y Yemen, una red que Washington identifica como principal vector de riesgo para sus aliados —entre ellos Israel y Arabia Saudí— y que Teherán defiende como parte de su estrategia defensiva frente a las bases estadounidenses en la zona.
A falta de una respuesta institucional detallada por parte de Irán y sin que se conozcan por el momento nuevas medidas concretas de la Administración estadounidense más allá del anuncio de aislamiento económico, la situación permanece en compás de espera. La atención se centra en si Washington concreta en las próximas semanas sanciones específicas —y contra qué sectores o países terceros— y en si Teherán opta por una respuesta diplomática, una escalada en el golfo Pérsico o por mantener la ambigüedad estratégica que ha caracterizado su política exterior desde 1979.



