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Un conejo mexicano dado por extinto en 1904 reaparece ante cámaras en la Sierra de Guerrero

El lagomorfo de Omiltemi, ausente de registros científicos durante 121 años, ha sido documentado por primera vez con imágenes en su hábitat original.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Un equipo de investigadores ha registrado por primera vez en imágenes al conejo de Omiltemi (Sylvilagus insonus), una especie de lagomorfo endémica de México cuyo último espécimen documentado data de 1904, cuando el zoólogo Edward William Nelson lo recolectó en la Sierra Madre del Sur, en el estado de Guerrero.

Un fantasma taxonómico durante 121 años

El Sylvilagus insonus lleva el peso de un nombre que, en latín, significa literalmente 'el insomne' o 'el que no duerme', aunque la comunidad científica lo ha interpretado también como alusión a su carácter esquivo. Desde que Nelson lo describió formalmente para la ciencia a principios del siglo XX, ninguna expedición había logrado confirmar su presencia con ejemplares vivos ni con registros fotográficos o de vídeo. Su existencia quedó congelada en unas pocas pieles de museo y en fichas bibliográficas que los zoólogos consultaban con la resignación propia de quien busca algo que probablemente ya no existe.

La categoría que le asignaba la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) era la de 'datos insuficientes' en algunas revisiones y 'en peligro crítico' en otras, oscilando según la edición de la Lista Roja. Esta ambigüedad clasificatoria es habitual en especies con registros históricos únicos: sin confirmación de individuos vivos, la UICN no puede declarar la extinción de forma concluyente a menos que hayan transcurrido décadas de búsquedas intensivas sin resultado. El caso del conejo de Omiltemi ilustra con precisión ese limbo taxonómico.

La Sierra Madre del Sur como refugio de biodiversidad oculta

El hallazgo se produjo en las montañas de Guerrero, un estado del suroeste mexicano cuya orografía ha favorecido históricamente el aislamiento de poblaciones animales y vegetales. La Sierra Madre del Sur, con altitudes que superan los 3.000 metros en algunos puntos, alberga ecosistemas de bosque de pino-encino con un grado de endemismo excepcionalmente alto. Según datos del Sistema Nacional de Información sobre Biodiversidad de México (SNIB-CONABIO), el estado de Guerrero concentra una proporción significativa de las especies endémicas de mamíferos del país, en parte precisamente porque su topografía accidentada ha funcionado durante milenios como barrera geográfica y, al mismo tiempo, como refugio ante perturbaciones externas.

La localidad de Omiltemi, que da nombre a la especie, se sitúa en las inmediaciones de Chilpancingo, capital estatal, a una altitud de aproximadamente 2.400 metros. Es un enclave que los biólogos mexicanos conocen bien por su riqueza faunística, pero que ha permanecido insuficientemente estudiado por razones logísticas y, en décadas recientes, también por la compleja situación de seguridad que afecta a varias zonas rurales de Guerrero. Este contexto explica en parte por qué una especie que habita una franja geográfica relativamente pequeña pudo pasar inadvertida durante más de un siglo.

Cómo se documenta una especie perdida

El método que permitió el redescubrimiento fue el uso de cámaras trampa, dispositivos de activación automática por sensor de movimiento que los investigadores instalan en puntos estratégicos del bosque y recuperan semanas o meses después. Esta tecnología, que lleva dos décadas consolidándose en los estudios de fauna críptica, ha protagonizado varios redescubrimientos relevantes en la región neotropical. En 2006, cámaras trampa confirmaron la supervivencia del tapir de montaña en zonas donde se lo creía localmente extinguido; en años posteriores, la misma técnica permitió documentar al ocelote en áreas fronterizas de México y Estados Unidos donde su presencia era puramente anecdótica.

El procedimiento científico para validar un redescubrimiento de este calibre exige, en primer lugar, la identificación morfológica del ejemplar a partir de las imágenes obtenidas, comparando rasgos diagnósticos —tamaño, patrón de coloración, forma de las orejas, proporciones corporales— con los espécimenes de museo y las descripciones originales de Nelson. En una segunda fase, si se logra capturar o hallar tejido biológico del animal, el análisis genético permite confirmar la identidad de forma inequívoca y situar a la población dentro del árbol filogenético del género Sylvilagus, que en México cuenta con varias especies simpátricas entre las que el riesgo de confusión no es despreciable.

Precedentes de redescubrimientos en la zoología del siglo XX y XXI

La historia de la zoología registra un puñado de casos en los que una especie considerada extinta o prácticamente desaparecida ha vuelto a los registros científicos tras décadas de silencio. El más citado en la literatura especializada es el del celacanto (Latimeria chalumnae), un pez considerado extinto desde el Cretácico que reapareció en 1938 frente a las costas de Sudáfrica, aunque se trata de un caso de una magnitud histórica incomparable. En el ámbito de los mamíferos y con plazos más similares al del conejo de Omiltemi, el jerbo de cola larga de Kozlov (Salpingotus kozlovi), un roedor de Asia Central, no fue localizado durante décadas hasta su redescubrimiento en Mongolia en la primera década del siglo XXI.

En el propio continente americano, el caso del loro cabeza amarilla (Amazona oratrix) en México ilustra la dinámica inversa pero complementaria: una especie que parecía localmente estable en algunas regiones entró en colapso poblacional en cuestión de lustros por la presión combinada de la deforestación y el tráfico ilegal, lo que subraya que el redescubrimiento de una especie no garantiza por sí solo su supervivencia futura. El conejo de Omiltemi parte de una posición aún más frágil: se desconoce el tamaño de la población, su estructura reproductiva y el estado de su hábitat en las zonas donde no ha sido buscado de forma sistemática.

El marco legal de la conservación en México y sus límites

La legislación mexicana en materia de biodiversidad se articula principalmente a través de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente (LGEEPA) y de la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010, que establece las categorías de riesgo para la flora y fauna silvestres del país. El Sylvilagus insonus figura en esa norma en la categoría de 'en peligro de extinción' (P), la más grave del sistema mexicano, lo que en teoría activa obligaciones de protección específicas para las autoridades federales y estatales.

Sin embargo, la eficacia real de esa protección en la Sierra de Guerrero depende de factores que van más allá del texto normativo. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) gestiona el Área de Protección de Flora y Fauna Omiltemi, declarada en 1994, que cubre parte del hábitat potencial de la especie. El presupuesto asignado a la CONANP ha experimentado recortes significativos en los últimos años: según datos del Presupuesto de Egresos de la Federación publicados por la Secretaría de Hacienda, la dependencia perdió más de un tercio de su capacidad presupuestaria real entre 2019 y 2022, lo que ha limitado las labores de vigilancia y gestión en áreas protegidas de todo el país.

Qué cambia en la ciencia y qué sigue pendiente

El redescubrimiento tiene consecuencias inmediatas en varios planos. En el taxonómico, obliga a actualizar la Lista Roja de la UICN con datos de presencia confirmada, lo que previsiblemente modificará la categoría de amenaza aunque no necesariamente hacia una situación menos grave: una especie con una sola población conocida y de tamaño indeterminado puede seguir clasificándose como 'en peligro crítico'. En el científico, abre la posibilidad de estudiar por primera vez la biología, el comportamiento y la genética de un lagomorfo del que se ignoraba casi todo salvo su existencia histórica.

Los investigadores deberán ahora diseñar un protocolo de seguimiento que incluya la instalación de una red ampliada de cámaras trampa en las zonas contiguas al punto de avistamiento, la búsqueda de excrementos o pelos para análisis de ADN ambiental, y la coordinación con comunidades locales que puedan aportar conocimiento sobre avistamientos previos no documentados. Esta última vía —la de los registros etnobiológicos y los testimonios de pobladores indígenas y mestizos de la sierra— ha demostrado ser en varios casos el eslabón que conecta la presencia histórica de una especie con su localización actual.

La publicación formal de los resultados en una revista científica indexada, con revisión por pares, es el paso que conferirá validez definitiva al hallazgo dentro de la comunidad académica internacional. Hasta ese momento, los datos disponibles proceden de fuentes informales o de comunicaciones previas a la publicación, lo que obliga a la prensa a ser precisa sobre el estado del proceso de verificación. El plazo habitual para completar ese ciclo, desde la obtención de las imágenes hasta la publicación, oscila entre seis meses y un año en función de la revista elegida y de la rapidez con que el equipo investigador complete el análisis.

La situación del conejo de Omiltemi es también un recordatorio de los límites del conocimiento zoológico en las regiones con mayor biodiversidad del planeta. México es uno de los doce países megadiversos reconocidos por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), con más de 500 especies de mamíferos registradas según el SNIB-CONABIO. En ese inventario conviven especies ampliamente estudiadas con otras de las que apenas se conocen un puñado de especímenes de museo. Cuántos otros Sylvilagus insonus aguardan en las montañas de Guerrero, Oaxaca o Chiapas es una pregunta que la zoología mexicana aún no puede responder con datos, pero que este hallazgo devuelve con urgencia a la agenda científica.

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