La reunión comenzó a las ocho en punto de la tarde en el despacho del presidente, no en la sala del Consejo de Ministros como habría correspondido a una convocatoria formal. Ese detalle, aparentemente menor, revela la naturaleza del encuentro: Sánchez quería intimidad, no institucionalidad. Bolaños llegó el primero, con un dossier de 14 folios que contenía tres escenarios posibles y sus consecuencias estatutarias. Alegría se incorporó siete minutos después con los datos actualizados del mapa de adhesiones, que a esa hora ya incluían a Asturias y Cantabria sumándose al bloque crítico durante la sesión de la tarde. Cerdán fue el último en llegar, visiblemente alterado tras su vuelta de Sevilla, donde había sido recibido con aplausos irónicos y una votación que nunca debería haber presenciado. Según relata una fuente que estuvo en la sala, Cerdán pronunció una frase que resumía su estado de ánimo con brutal franqueza: lo de Sevilla ha sido una emboscada con meses de preparación, y Montero ha puesto los cuchillos mientras Page ponía los manteles. Sánchez le escuchó sin interrumpirle. Después pidió los tres escenarios de Bolaños y dedicó veinte minutos a leerlos en silencio mientras los demás esperaban.
El primer escenario, bautizado internamente como «resistencia estatutaria», consistía en rechazar la solicitud de congreso extraordinario alegando que los plazos estatutarios exigen un mínimo de seis meses desde la petición formal hasta la celebración, lo que empujaría la cita al menos hasta diciembre. La ventaja: ganaba tiempo. La desventaja: alimentaba la narrativa de que Sánchez se aferra al poder orgánico por procedimientos burocráticos mientras el partido le pide democracia interna. El segundo escenario, llamado «absorción acelerada», planteaba exactamente lo que Sánchez terminó eligiendo: convocar él mismo el congreso antes de que el bloque crítico formalizara la petición, pero fijando la fecha en septiembre, lo suficientemente lejos como para permitir maniobra pero lo suficientemente cerca como para no parecer un bloqueo. La ventaja: le devolvía la iniciativa narrativa. La desventaja: legitimaba implícitamente la revuelta de los críticos. El tercer escenario, el más radical, proponía que Sánchez presentara su propia moción de confianza interna en el próximo comité federal, forzando una votación directa sobre su liderazgo. Bolaños lo incluyó por completitud analítica, pero ninguno de los presentes lo consideró viable la noche antes de la sentencia del Koldo.
Sánchez eligió el segundo escenario a las nueve y cuarto. Lo hizo, según las fuentes, con una frase que contenía más resignación que convicción: si van a hacer congreso de todas formas, mejor que sea nuestro congreso. Alegría tomó nota. Bolaños preguntó si debían informar a los secretarios generales autonómicos esa misma noche o esperar a la mañana. Sánchez decidió una solución intermedia que revela su estilo de gestión: él mismo llamaría personalmente a tres barones clave — Lambán en Aragón, Barbón en Asturias y Ximo Puig en la Comunitat Valenciana — para frenar cualquier adhesión nueva al bloque crítico antes del amanecer. Al resto se les comunicaría mañana a primera hora, después de la sentencia del Koldo, en una conferencia con los secretarios generales que Alegría organizaría desde las siete de la mañana. La estrategia era clara: vincular el anuncio del congreso a la jornada judicial para que la noticia del Koldo absorbiera parte del impacto mediático de la convocatoria.
Las llamadas de Sánchez a los barones duraron, en total, 47 minutos. La conversación con Lambán fue la más breve — apenas ocho minutos — porque el aragonés, pese a sus diferencias históricas con Moncloa, no se había sumado al bloque crítico y no tenía intención de hacerlo mientras el caso Koldo siguiera abierto. La conversación con Barbón fue la más tensa. El presidente asturiano había anunciado su adhesión al bloque crítico apenas cuatro horas antes, y Sánchez intentó convencerle de que retirara su apoyo argumentando que la convocatoria de septiembre satisfacía la demanda de fondo. Barbón, según fuentes de la federación asturiana, escuchó con educación pero no se comprometió a dar marcha atrás. La conversación con Ximo Puig fue la más larga — 22 minutos — y la más reveladora. Puig, que mantiene una relación personal fluida con Sánchez pese a haber perdido la Generalitat en 2023, transmitió al presidente un mensaje que varias fuentes reproducen con ligeras variaciones: Pedro, el problema no es el congreso, el problema es que mañana a las diez te van a leer una sentencia que va a cambiar todo, y tú estás pensando en septiembre cuando deberías estar pensando en el jueves.
Mientras Sánchez negociaba por teléfono, Emiliano García-Page emitía desde Toledo un comunicado que llegó a las redacciones a las nueve y cuarenta y cinco de la noche. El texto, de apenas cuatro párrafos pero de una contundencia calculada, contenía la frase que dominará los titulares de mañana si la sentencia del Koldo no la eclipsa: el PSOE no es propiedad de Moncloa, y los militantes decidirán cuándo, cómo y sobre qué. Page no mencionaba a Sánchez por su nombre en ningún momento, pero cada línea estaba dirigida contra él. El comunicado adelantaba que el bloque crítico presentará formalmente la solicitud de congreso extraordinario ante el comité federal el próximo lunes 26 de mayo, con las firmas de al menos nueve federaciones territoriales, cuatro más de las necesarias estatutariamente. El movimiento de Page es una respuesta directa a la decisión de Sánchez: si el presidente quiere septiembre, los críticos quieren julio, y la batalla por la fecha será la primera gran escaramuza del congreso.
En Sevilla, Susana Díaz observaba los acontecimientos desde una distancia calculada. La expresidenta de la Junta no ha participado públicamente en la revuelta, pero tres fuentes independientes confirman a El Hemiciclo que ha mantenido contacto telefónico constante con al menos cuatro de las seis provincias que votaron a favor del congreso esta tarde. Su papel es el del director de orquesta que no empuña la batuta pero marca el tempo desde bambalinas. Montero, por su parte, convocó a las nueve de la noche una reunión de la ejecutiva andaluza para el viernes a las diez de la mañana, apenas una hora después de que se conozca la sentencia del Koldo. La coincidencia no es casual: Montero quiere que la ejecutiva andaluza se pronuncie sobre el congreso con el eco de la sentencia todavía resonando, una maniobra que revela hasta qué punto la dirigente andaluza ha ligado su estrategia a la suerte judicial de Ábalos. Si la sentencia es condenatoria — y todas las fuentes jurídicas consultadas coinciden en que lo será —, Montero argumentará que el PSOE necesita un congreso de refundación, no un congreso de trámite.
La noche avanzaba y en el grupo de WhatsApp de los barones socialistas — un canal creado en 2019 que hasta hace semanas era esencialmente ceremonial — los mensajes se sucedían a un ritmo inusual. Según una captura a la que ha tenido acceso El Hemiciclo, entre las nueve y las diez se enviaron 34 mensajes, más que en todo el mes de abril. El tono oscilaba entre la preocupación institucional y el ajuste de cuentas personal. Un barón del norte escribió una frase que resume el sentimiento de una parte del partido: llevamos años diciendo que esto iba a pasar, y ahora que pasa, nos sorprendemos. Otro, del levante, respondió con una referencia al Koldo que helaba la sangre: mañana a las diez empieza otro partido, y en ese no tenemos capacidad de influir. La conversación reveló una fractura que trasciende la cuestión del congreso: hay al menos dos visiones irreconciliables sobre el futuro del PSOE, y la sentencia del caso Koldo, sea cual sea su contenido exacto, va a funcionar como catalizador de un conflicto que lleva gestándose desde que Ábalos abandonó el Ministerio de Transportes.
En Moncloa, Sánchez terminó sus llamadas a las diez menos cuarto y pidió quedarse solo. Bolaños y Alegría salieron juntos y compartieron coche hasta Ferraz, donde el secretario de Organización citó a su equipo para las siete de la mañana del jueves. Cerdán se marchó en su propio vehículo hacia su domicilio en Pamplona, desde donde seguirá la sentencia del Koldo por televisión. Antes de irse, según una fuente, le dijo a Bolaños una frase que condensa el vértigo de la noche: mañana a las diez y un minuto sabremos si esto tiene arreglo o si estamos reorganizando las sillas del Titanic. La metáfora náutica no era casual. Desde el despacho del presidente, a través de los ventanales que dan al jardín norte, la noche de mayo se extendía sobre Madrid con una quietud engañosa. En algún lugar de Valencia, Ábalos cenaba con su abogado repasando por última vez los 487 folios de la sentencia que aún no se ha publicado pero cuyo contenido todo el mundo cree conocer.
El reloj político de España marca una hora que no tiene precedentes en la democracia reciente. Nunca antes la víspera de una sentencia de esta magnitud había coincidido con una crisis orgánica de esta profundidad en el partido del Gobierno. Ni siquiera durante los peores momentos del caso Gürtel — que terminó con una moción de censura — se dieron simultáneamente las dos condiciones: un líder cuestionado internamente y un fallo judicial pendiente que afecta directamente a su círculo más cercano. Ábalos fue durante años el hombre fuerte de Sánchez, el fontanero que organizó las primarias de 2017, el secretario de Organización que tejió las alianzas para la moción de censura contra Rajoy, el ministro que gestionó la pandemia desde Transportes. Su caída judicial es, en cierto sentido, la caída de una parte de la historia del sanchismo, y eso es algo que ni los leales ni los críticos pueden ignorar cuando mañana Marchena lea la sentencia.
Desde la perspectiva de los mercados, la noche ha traído un dato que añade urgencia a todo lo demás: el futuro del IBEX 35 ha caído un 0,71% adicional en la operativa after hours, situándose en 17.520 puntos, mientras el Brent ha saltado a 99,20 dólares en los mercados asiáticos y el oro ha marcado un nuevo máximo histórico en 2.785 dólares. La confluencia de la crisis del PSOE, la sentencia del Koldo, el ultimátum de Trump a Irán cuyas 48 horas vencen mañana a las 18:15 hora española, y la muerte del cuarto paciente de hantavirus en el Gómez Ulla configura un escenario de volatilidad extrema para la sesión del jueves. Los analistas de Bankinter han emitido una nota a las nueve de la noche recomendando a sus clientes institucionales reducir exposición a valores cíclicos españoles hasta que se despeje al menos uno de los cuatro frentes abiertos. Es la primera vez en la legislatura que un banco español emite una nota de precaución citando simultáneamente riesgo político doméstico y riesgo geopolítico.
La madrugada del miércoles al jueves será larga para muchos actores de esta historia. En el Tribunal Supremo, los funcionarios de la Sala de Prensa ultiman los preparativos para la lectura de mañana. En Moncloa, el equipo de comunicación prepara dos borradores de declaración institucional: uno para un escenario de condena y otro para un escenario — considerado improbable — de absolución parcial. En Ferraz, Alegría revisa las listas de delegados para el congreso de septiembre. En Sevilla, Montero repasa el orden del día de la ejecutiva del viernes. En Toledo, Page redacta el segundo comunicado que publicará mañana a las diez y cinco, un minuto después de la sentencia. Y en Valencia, Ábalos intenta dormir sabiendo que cuando amanezca, los 487 folios de Marchena decidirán si pasa los próximos años de su vida en libertad o en una celda. España entera contiene la respiración. La noche de las siete espadas aún no ha terminado.


