Frente a la intimidad de la boda neoyorquina, la cita en Ibiza se planteó como una fiesta abierta a un círculo más amplio de allegados. El escenario, según las fotografías difundidas por los asistentes, fue una finca privada rodeada de pinares y calas, con el Mediterráneo como telón de fondo y varios veleros fondeados frente a la costa. El atardecer se convirtió en uno de los momentos centrales de la jornada, un recurso habitual en las celebraciones estivales de la isla.
Los invitados fueron recibidos con un cóctel de bienvenida en el que destacaba una mesa de quesos, embutidos, panes artesanos y productos gourmet, dispuesta con una estética que combinaba lo rústico y lo elegante. La decoración —madera natural, flores silvestres, bombillas de estilo vintage y mariposas ornamentales sobre las palmeras— buscaba reforzar el aire romántico y veraniego del evento.
Uno de los momentos más comentados de la velada, de acuerdo con el material gráfico compartido por los asistentes, se produjo cuando Crusset fue levantada en volandas por su grupo de amigas. La modelo, vestida de blanco, posó junto a su círculo más cercano en una instantánea acompañada de un mensaje que resumía el espíritu de la celebración: «My forever team» («mi equipo para siempre»).
Dos bodas, una sola pareja
La fórmula de separar la ceremonia legal de la fiesta social no es nueva, pero ha ganado terreno entre parejas con proyección pública que buscan preservar la intimidad del compromiso sin renunciar después a una celebración multitudinaria. Casarse en un entorno reducido —a menudo en el extranjero— y organizar meses más tarde un segundo evento con el grueso de la familia y las amistades permite reducir la presión logística del día principal sin sacrificar la dimensión festiva. El fenómeno conecta con una tradición más amplia en España, donde durante décadas ha sido habitual que las familias celebraran, tras un enlace civil discreto, un convite posterior de mayor envergadura; lo que distingue a los casos recientes es la escala del montaje y su exposición inmediata en redes sociales por parte de los propios asistentes.
La primera boda de la pareja en Nueva York, celebrada meses antes en formato reservado, ya había despertado atención mediática por el perfil público de ambos: ella, con una trayectoria consolidada en el mundo de la moda; él, vinculado al ámbito empresarial. Aquella ceremonia íntima reunió a un grupo reducido de familiares directos, dejando fuera a buena parte del círculo de amistades que sí estuvo presente en Ibiza.
La elección de la isla no parece casual. Ibiza lleva años consolidándose como uno de los destinos preferidos para celebraciones de perfil alto, gracias a la combinación de fincas privadas frente al mar, una oferta gastronómica de nivel internacional y una tradición de eventos exclusivos vinculada al turismo de lujo. Los meses de julio y agosto concentran buena parte de estas citas, que coinciden con el pico de ocupación turística del archipiélago balear.
La pareja no ha ofrecido declaraciones públicas ni ha confirmado oficialmente los detalles de la celebración, que se conocen fundamentalmente a través de las publicaciones de los invitados. Ni Crusset ni Schein han aludido de forma explícita en sus perfiles a la naturaleza exacta del evento, por lo que la información disponible procede en gran medida de terceros presentes en la finca.
A falta de una confirmación directa de los protagonistas, la celebración de Ibiza se suma al calendario de eventos sociales de alto perfil que cada verano marcan la agenda de la isla. Por el momento, ninguno de los dos ha anunciado nuevas apariciones públicas conjuntas tras este fin de semana.

