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Un investigador panameño documenta el arroz criollo como patrimonio nacional

El etnobotánico José Pérez Navarro registra variedades tradicionales de arroz y saberes agrícolas familiares que advierte en riesgo de desaparecer.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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El etnobotánico panameño José Pérez Navarro dedica su trabajo a documentar el arroz criollo, una variedad adaptada al territorio nacional que, según explicó, condensa buena parte de la identidad campesina del país.

Pérez Navarro, formado originalmente en cocina, relató que su acercamiento al tema surgió de una curiosidad personal por entender la relación entre las comunidades rurales panameñas y su entorno vegetal. Esa inquietud lo llevó a fundar Endémico, un proyecto que busca sistematizar lo que él denomina «patios comestibles»: los espacios domésticos donde generaciones de familias cultivaron simultáneamente arroz y frutales como el mango y la guayaba, y criaron animales de corral como gallinas y cerdos. «Si México son hombres de maíz y mujeres de maíz, Panamá definitivamente somos de arroz», sostuvo el investigador, al describir el arraigo cultural del grano.

Según explicó, el término «criollo» aplicado al arroz no designa una especie originaria de Panamá, sino una variedad que, introducida desde otras regiones, se adaptó con el tiempo a las condiciones del territorio istmeño hasta integrarse en la dieta y la cultura del país. Pérez Navarro citó tres centros de origen documentados para el arroz a nivel mundial: Asia, hace aproximadamente 9,500 años; la costa occidental de África, hace entre 3,500 y 4,000 años; y, según hallazgos recientes, el Amazonas, con una antigüedad estimada también en 4,000 años.

El investigador se definió como parte de una familia con al menos cinco o seis generaciones documentadas de cultivo de arroz, una tradición que, según describió, involucraba tanto a sus padres y abuelos como a su tatarabuelo. Ese cultivo, explicó, no era una actividad individual sino comunitaria: quienes disponían de más tierra convocaban a los vecinos en las llamadas «juntas», jornadas de siembra colectiva en las que participaban desde los niños más pequeños hasta los adultos mayores. «Básicamente, era un acto que hacía toda la familia», afirmó.

Un saber que se transmitía en el patio

El investigador señaló que el desplazamiento de la población del campo a la ciudad ha roto la transmisión intergeneracional de esos conocimientos. «Pasas a la ciudad y esa relación con la comida está completamente quebrada», reconoció durante la conversación al identificar ese quiebre como uno de los ejes de su proyecto. La migración hacia zonas urbanas, expuso, corta el vínculo cotidiano entre las nuevas generaciones y los patios comestibles donde antes se aprendía, de forma práctica y no formal, a identificar, cultivar y cocinar los productos del entorno.

Uno de los ejemplos que utilizó para ilustrar el conocimiento en desuso es el del corotú, un árbol de la familia de las fabáceas —la misma de los frijoles— cuya semilla, según explicó, es comestible en su totalidad pero apenas se aprovecha en Panamá, pese a que otras regiones de América Latina sí la incorporan a su dieta. El investigador lo comparó con la pepa de marañón, de consumo más extendido en el país, como muestra de que el conocimiento sobre usos alimentarios de las especies es desigual incluso dentro del propio territorio nacional.

Pérez Navarro insistió en que el saber ancestral, transmitido por abuelas y abuelos, debe complementarse con el respaldo de la ciencia formal y permanecer accesible al público en lugar de quedar restringido a círculos académicos. «De nada te sirve descubrir la cura del cáncer y tenerla engavetada», ejemplificó, una lógica que, dijo, aplica igualmente a los saberes sobre plantas alimenticias, medicinales o de uso económico. También planteó una dimensión económica: un árbol tradicional no solo aporta alimento, sombra, agua o protección, sino que puede representar una fuente de ingresos para las comunidades que lo cultivan, siempre que se documente y se le dé valor sin perder su función cultural.

Sobre la seguridad alimentaria, el investigador sugirió que Panamá cuenta con una base de conocimiento agrícola tradicional sobre la que podría construirse una mayor autosuficiencia, aunque advirtió que ese conocimiento está hoy disperso y en riesgo de perderse si no se sistematiza a tiempo. La discusión sobre autoabastecimiento de granos ha cobrado relevancia en Centroamérica, una región donde buena parte de los países depende de importaciones para cubrir su demanda de arroz y otros básicos.

El arroz, pilar de la dieta y del interior

El arroz constituye históricamente uno de los pilares de la dieta panameña y de la economía rural del interior del país, con provincias como Coclé, Herrera y Los Santos entre las productoras tradicionales. El Instituto Nacional de Estadística y Censo recoge datos de producción arrocera dentro de sus encuestas agropecuarias, pero sin desagregar de forma específica las variedades tradicionales frente a las semillas comerciales o híbridas, lo que dificulta dimensionar con precisión el ritmo de desaparición del germoplasma criollo al que alude el investigador.

El apoyo estatal al sector arrocero, canalizado durante décadas a través de mecanismos de precio de sustentación y subsidios administrados por el Ministerio de Desarrollo Agropecuario, se ha concentrado en variedades comerciales de alto rendimiento. Panamá cuenta además con antecedentes de bancos de germoplasma gestionados por instituciones como el Instituto de Investigación Agropecuaria de Panamá, enfocados principalmente en variedades comerciales, sin una línea pública específica dedicada a la conservación de semillas criollas a la escala que reclaman iniciativas como Endémico.

La etnobotánica, definida por Pérez Navarro como la disciplina que estudia la relación entre los seres humanos y las plantas de su entorno, ha dado lugar en distintos países de América Latina a programas de rescate de semillas nativas y criollas frente a la expansión de la agricultura industrial. Panamá, sin embargo, carece de una institución pública dedicada de forma específica a este campo, por lo que proyectos como el que impulsa el investigador operan mayormente desde el ámbito privado o académico independiente.

La articulación entre la investigación institucional y el trabajo etnobotánico de campo sigue siendo, según el propio Pérez Navarro, una tarea pendiente. El investigador vincula ese rescate a una idea más amplia sobre la identidad nacional: recuperar la comida propia, dijo, es también recuperar la identidad. Su trabajo apunta a documentar y poner a disposición pública un conocimiento que, de no registrarse mientras sus guardianes envejecen, corre el riesgo de desaparecer sin dejar rastro sistematizado.

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