Guerrero pone el acento en gestos cotidianos que muchos padres consideran inofensivos: hacer por el hijo tareas que este ya puede resolver solo, evitar que juegue sin vigilancia constante, impedirle comer de forma autónoma o acompañarle en exceso al montar en bicicleta. Según su planteamiento, esa intervención constante no protege, sino que desprotege, porque priva al niño de la posibilidad de tropezar, equivocarse y aprender de ello.
«Cada vez que sobreprotegemos, enviamos un mensaje implícito muy potente: no eres capaz», ha explicado el especialista en el pódcast. Ese mensaje, repetido durante la infancia, termina moldeando la personalidad del futuro adulto, que según Guerrero acaba delegando decisiones en otros y perdiendo la capacidad de valerse por sí mismo.
«El niño empieza delegando en mamá y papá, y acaba sintiendo que no puede hacer las cosas por sí mismo. Va a ser una persona adulta manipulable y que no va a saber tomar decisiones», ha afirmado Rafael Guerrero, psicoterapeuta y doctor en educación.
El experto sitúa el origen del problema no en el niño, sino en el adulto. «La sobreprotección ocurre cuando el padre o la madre se dejan guiar por sus propios miedos infantiles», ha señalado, apuntando a que buena parte de las restricciones que se imponen a los hijos responden más a la ansiedad de quien educa que a un riesgo real para el menor. En su análisis, el niño rara vez actúa desde el miedo: «El niño no tiene miedo, tiene curiosidad», ha insistido, y cuando se le impide explorar por temor al error, también se le impide crecer.
Guerrero matiza que la alternativa no es la permisividad total, sino el acompañamiento durante el aprendizaje: dejar que el niño intente, falle y vuelva a intentarlo con supervisión, sin sustituirle en la tarea. «La primera vez que coges un cuchillo, no lo haces bien; la primera vez que juegas a los bolos, no haces un pleno», ha ejemplificado, para subrayar que el error forma parte inevitable de cualquier proceso de adquisición de habilidades. Relaciona además el exceso de protección con un mayor riesgo de ansiedad y depresión en la edad adulta, al entender que la falta de entrenamiento frente a la frustración deja a los jóvenes con menos recursos cuando las dificultades llegan sin la red de seguridad familiar.
El planteamiento entronca con una discusión que ya recorre los ensayos de divulgación educativa: la periodista Eva Millet, en su libro Hiperpaternidad, recoge el caso de una joven estadounidense que, al quedarse encerrada en un ascensor durante una estancia en Barcelona, en lugar de pulsar el botón de alarma llamó por el móvil a su madre, que se encontraba en Florida, a 7.500 kilómetros de distancia, para que gestionara el aviso al técnico. Ese mismo terreno —dónde termina el cuidado y empieza el control— reaparece en debates recientes sobre crianza, como el que analiza qué comunica pegar los dibujos de los hijos en la nevera.
El debate conecta con cifras sobre bienestar emocional juvenil en España. Según el informe La salud mental es cosa de niños, niñas y adolescentes, elaborado por UNICEF España a partir de las opiniones de los propios jóvenes, un 41% de los adolescentes españoles —cuatro de cada diez— dice haber tenido o creído tener un problema de salud mental en los últimos doce meses. El mismo estudio revela que, de ese porcentaje, más de uno de cada tres no ha hablado con nadie sobre ello y más de la mitad no ha pedido ayuda.
Guerrero cierra su reflexión desplazando la responsabilidad al adulto: la clave, según ha planteado en el pódcast, no está en elegir entre proteger o no proteger, sino en distinguir cuándo la protección deja de servir al niño para empezar a servir únicamente a la tranquilidad de quien educa.

