El diferendo entre Rabat y Madrid combina una disputa territorial de larga data con episodios recurrentes de tensión migratoria. Ambas ciudades son los únicos territorios de la Unión Europea en el África continental, y su valor deriva de su ubicación junto al estrecho de Gibraltar, paso marítimo estratégico entre el Mediterráneo y el Atlántico. Para el lector panameño, habituado a la centralidad del Canal de Panamá en el comercio mundial, el paralelismo resulta ilustrativo: como ocurre con la vía interoceánica administrada por la ACP, el control de un paso marítimo clave ha determinado durante siglos las prioridades de las potencias con intereses en la región.
Melilla pasó a manos de la corona de Castilla en 1497, cinco años después de la caída del último reino musulmán de la península ibérica, en Granada, dentro del proceso conocido como la Reconquista. Ceuta, por su parte, fue tomada por Portugal en 1415 y quedó bajo dominio español en 1580, cuando España y Portugal se unieron bajo una misma corona en la llamada Unión Ibérica; tras la disolución de esa unión, en 1640, España conservó la ciudad. Desde entonces, ambos territorios han permanecido bajo administración española de forma continua, un período que supera los cinco siglos.
El historiador Manuel Torres Soriano, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, explicó a BBC Mundo que Ceuta y Melilla adquirieron su valor por la cercanía a la península y la capacidad que brindaban para controlar el paso por el estrecho de Gibraltar. Ceuta, situada a apenas 14 kilómetros de la costa peninsular, funcionó como punto de conexión comercial y humana entre ambas orillas, mientras que Melilla, según el mismo historiador, respondió a la necesidad de contar con un puerto y una base desde la cual sostener la lucha contra la piratería, un problema que durante siglos amenazó la seguridad marítima española. «Ahora, con una población estable, Ceuta y Melilla son tan españolas como cualquier otro territorio de la península», afirmó Torres Soriano.
La disputa moderna se remonta a 1956, cuando Marruecos alcanzó su independencia. Entre 1912 y 1956, España y Francia administraron un protectorado en el norte de África que incluía grandes zonas del actual Marruecos, con la zona norte y sur bajo control español. De ese reparto quedaron expresamente excluidas Ceuta y Melilla, que mantuvieron su estatus de ciudades bajo soberanía española, una condición que Rabat nunca ha aceptado y que reivindica de manera sostenida prácticamente desde su independencia.
La posición jurídica internacional, de acuerdo con la información disponible, no reconoce a Ceuta y Melilla como territorios coloniales, a diferencia de lo ocurrido con el Sáhara Occidental, cuyo proceso de descolonización quedó inconcluso tras la retirada española en 1975 y continúa sin resolución definitiva. Esa distinción jurídica —colonia frente a provincia integrada— constituye el núcleo del desacuerdo diplomático. Para muchos musulmanes, según recoge el material, ambas ciudades representan además un doloroso recuerdo de derrota y humillación frente a las potencias europeas cristianas durante la expansión ibérica de los siglos XV y XVI, una memoria que alimenta el reclamo más allá de consideraciones estrictamente jurídicas o económicas.
Ciclos de tensión y distensión con Rabat
La relación entre España y Marruecos por estos territorios ha atravesado ciclos alternos de calma y fricción. Ambos países alcanzaron una fase de mayor estabilidad después de que el gobierno del mandatario español Pedro Sánchez aceptara el proyecto marroquí sobre la autonomía del Sáhara Occidental, otra disputa territorial que durante años avivó la relación bilateral. Ese giro, interpretado por Rabat como favorable a sus intereses, abrió un período de tres años de calma que se rompió en 2025 con nuevos roces vinculados a las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla.
En los últimos días, miles de migrantes cruzaron la frontera de Marruecos hacia Ceuta, lo que provocó que el gobierno español enviara al ejército a controlar la situación. Estos episodios de presión migratoria suelen coincidir con momentos de fricción diplomática, en un patrón que se ha repetido con distinta intensidad. Las fronteras de Ceuta y Melilla, al ser las únicas terrestres entre la Unión Europea y el continente africano, se han convertido en puntos de paso recurrentes para personas migrantes procedentes de distintos países africanos, con cada gobierno asumiendo responsabilidades distintas en el control fronterizo.
Desde la perspectiva española, ambas ciudades funcionan como provincias plenamente integradas, con población estable, gobiernos locales propios y representación en las instituciones nacionales, en un estatus equiparable al de cualquier territorio peninsular. Marruecos, por su parte, mantiene abierta la reivindicación de soberanía y no ha reconocido en ningún momento el estatus español de los dos enclaves, según se desprende del material.
Hasta el momento no consta que ninguna fuente oficial marroquí ni española haya anunciado una resolución definitiva sobre el estatus de ambos territorios, ni que existan negociaciones formales orientadas a modificar la soberanía actual. La disputa se mantiene, por tanto, abierta en el plano diplomático.
De cara a los próximos meses, no hay indicios de que el diferendo vaya a resolverse por vías judiciales o mediante arbitraje internacional, dado que ningún organismo multilateral ha asumido un rol de mediación formal entre las partes. El curso previsible del conflicto seguirá dependiendo, como en episodios anteriores, de la evolución de la relación bilateral entre los gobiernos de España y Marruecos y de la gestión conjunta de los flujos migratorios en la frontera compartida.