El interés no es nuevo. Desde mediados de la década de 2010, el Algarve registra un incremento sostenido de residentes extranjeros jubilados, atraídos inicialmente por el régimen fiscal de Residente No Habitual (RNH) aprobado por Portugal en 2009, que durante años permitió a pensionistas extranjeros tributar a tipos reducidos o quedar exentos en determinadas rentas. Ese esquema fue modificado en 2020, cuando el Gobierno portugués introdujo un gravamen del 10% sobre las pensiones extranjeras tras las críticas de países como Suecia o Finlandia, que consideraban el régimen una forma de competencia fiscal desleal dentro de la Unión Europea.
Pese a ese ajuste, el Algarve ha mantenido su atractivo por razones que trascienden lo fiscal. El clima mediterráneo-atlántico de la región, con inviernos suaves y una elevada insolación anual según los registros históricos del Instituto Português do Mar e da Atmosfera, figura de forma recurrente entre los factores citados por quienes deciden trasladarse allí de manera permanente o pasar largas temporadas. La accesibilidad refuerza ese perfil: Faro ejerce como puerta de entrada natural a la región gracias a su aeropuerto internacional, con conexiones directas a numerosas ciudades europeas, y a su proximidad con Sevilla y Huelva, enlazadas por autobús, además de con Lisboa por tren y carretera. Esa conectividad la ha convertido en algo más que un punto de tránsito hacia enclaves de playa como Albufeira o Carvoeiro.
El fenómeno no es exclusivo de Portugal. España, Italia, Grecia y Chipre compiten por atraer a este perfil de residente mediante regímenes fiscales específicos y campañas de promoción orientadas a estancias prolongadas. Según Eurostat, la movilidad de personas mayores de 65 años dentro de la Unión Europea ha crecido de forma moderada pero constante en la última década, impulsada por el envejecimiento poblacional y la búsqueda de menor coste de vida.
Del asentamiento fenicio a la capital tras el terremoto
Los orígenes de la ciudad se remontan a los siglos V y IV antes de Cristo, cuando los fenicios fundaron en ese emplazamiento el asentamiento de Ossonoba. La localidad ganó relevancia con la posterior presencia romana y alcanzó mayor protagonismo durante la dominación musulmana en la península ibérica, cuando recibió el nombre de Santa María de Hárune. Tras la Reconquista, la pesca y el comercio marítimo se consolidaron como pilares económicos, y en 1540 obtuvo el título de ciudad.
Un hito determinante fue el terremoto de Lisboa de 1755, uno de los seísmos más destructivos registrados en Europa, que devastó buena parte del país y provocó un maremoto en todo el litoral atlántico ibérico. Tras esa catástrofe, Faro pasó a convertirse en la capital administrativa del Algarve, condición que mantiene en la actualidad.
El casco histórico, conocido como Vila-Adentro, conserva su trazado amurallado y se accede a él a través del Arco da Vila, uno de los elementos más reconocibles de la ciudad. En su interior se levanta la Sé Catedral de Faro, cuya construcción se inició en 1251 sobre los restos de una antigua mezquita. El templo sufrió graves daños durante un incendio en 1596 y, posteriormente, por el propio terremoto de 1755. Su sobrio exterior contrasta con un interior que conserva un conjunto artístico de los siglos XVII y XVIII.
Entre los enclaves más singulares figura la Igreja do Carmo, en cuyo interior se encuentra la Capela dos Ossos, cuyas paredes están recubiertas con los restos óseos de más de un millar de monjes, siguiendo una tradición de arte funerario barroco presente también en otras ciudades portuguesas como Évora. Es un espacio que atrae tanto a interesados en el patrimonio religioso como a quienes buscan itinerarios menos convencionales.
Playas urbanas y espacios protegidos
La Marina de Faro, junto al casco histórico, concentra buena parte de la vida social de la ciudad, con terrazas y restaurantes desde los que parten las embarcaciones hacia las islas de la Ría Formosa. Este espacio natural, protegido bajo la figura de Parque Natural, alberga playas de arena fina como la Praia da Ilha Deserta o la Ilha do Farol, accesibles únicamente en barco. La propia ciudad cuenta con una playa de aproximadamente cinco kilómetros, con zonas más concurridas cerca de los establecimientos hosteleros y tramos más solitarios, como la Praia da Barrinha, hacia el sudeste.
Esa combinación de playas urbanas y espacios naturales apenas transformados es uno de los argumentos que distinguen a Faro de otros destinos costeros del sur de Europa más saturados por el turismo estacional. La promoción del destino recae en gran medida en iniciativas privadas y en la difusión a través de plataformas digitales y redes sociales, más que en campañas institucionales del municipio.
El Instituto Nacional de Estatística de Portugal no desglosa cifras específicas de residentes jubilados extranjeros en Faro, aunque sí constata un aumento sostenido de la población extranjera en el conjunto del Algarve desde 2015. El fenómeno convive con una creciente tensión sobre el mercado inmobiliario: organizaciones vecinales atribuyen en parte el encarecimiento de la vivienda en la región a la llegada de compradores extranjeros con mayor poder adquisitivo, mientras el sector turístico defiende el impacto económico de estos residentes.
De cara a los próximos meses, el debate sobre el régimen fiscal para no residentes sigue abierto en el Parlamento portugués. El equilibrio entre la atracción de residentes foráneos y la sostenibilidad del mercado inmobiliario local se perfila como uno de los asuntos a seguir en la agenda política portuguesa durante la próxima legislatura.

