Hijo de una familia campesina de Boyacá, en el centro de Colombia, Quintana aprendió a pedalear en una bicicleta vieja que su padre acondicionó para él. De ese origen humilde surgió uno de los símbolos más reconocibles del deporte colombiano de las últimas dos décadas, al punto de encarnar el concepto de los "escarabajos": ciclistas de baja estatura y poco peso capaces de subir puertos de montaña con menos desgaste que sus rivales europeos.
Debutó como profesional en 2009 y pasó la mayor parte de su carrera en el Movistar Team español, su primer y su último equipo en el pelotón mundial, con un paso intermedio por el Arkéa-Samsic francés. Entre 2013 y 2019 fue uno de los principales animadores de las grandes competencias europeas, con el británico Chris Froome, cuatro veces campeón del Tour de Francia, como su gran rival en la ruta.
En Colombia, sus carreras paralizaban la rutina diaria: muchos hacían una pausa matutina para ver por televisión al ídolo desafiando a los mejores del mundo. La persecución del maillot amarillo del Tour se bautizó como el "sueño amarillo", un anhelo que movilizó al país pero que nunca se concretó pese a tres podios en la ronda gala, el primero en 2013, cuando terminó segundo con apenas 23 años en su debut. El país se conformó con sus triunfos en el Giro de Italia de 2014 y la Vuelta a España de 2016, el mayor logro colombiano en una grande hasta que Egan Bernal ganó el Tour de 2019.
Bernal, heredero de esa generación del ciclismo colombiano, reconoció en su momento el peso de Quintana en la historia del deporte nacional. "Es uno de los ciclistas más importantes, si no el más importante que hemos tenido en Colombia", afirmó. "Le diría gracias por ese ejemplo que nos dio, por permitirnos soñar".
Al anunciar en marzo que esta sería su última temporada, Quintana recordó sus orígenes con una reflexión sobre su infancia en los Andes.
"Fui un niño que creció entre las montañas en Boyacá, donde la vida no era fácil pero sí llena de sueños. Un niño que no tenía todo pero tenía algo más fuerte: las ganas de salir adelante", dijo Nairo Quintana.
La sombra del dopaje y la descalificación de 2022
La última etapa de su carrera estuvo marcada por episodios que empañaron su legado. Una serie documental de Netflix expuso tensiones internas en el Movistar por el liderazgo del equipo entre él y los españoles Mikel Landa y Alejandro Valverde, con errores estratégicos que le costaron victorias en 2019. Según esa producción, Quintana afrontaba además dificultades para comunicarse dentro del equipo.
El episodio más grave llegó en 2020, cuando la fiscalía francesa allanó el hotel de su equipo durante el Tour en el marco de una investigación por posible dopaje vinculada a su entorno. Dos años después, en 2022, la organización de esa carrera lo descalificó tras terminar sexto en la clasificación general por el uso de tramadol, un analgésico que entonces no figuraba entre las sustancias dopantes prohibidas. Pasó la temporada siguiente sin equipo y regresó a las carreteras en 2024 con el propio Movistar, aunque nunca recuperó su mejor nivel.
"Fue difícil poderse mantener en pie", confesó el ciclista boyacense tras su retorno al equipo español, en una etapa que contrastó con los años en que desafiaba a Froome bajo la lluvia. Su despedida coincide con un momento de transición para el ciclismo de la región: el relevo de Bernal, cuyo triunfo en 2019 abrió una nueva era, mantuvo a Colombia en la primera línea de las grandes rondas.
Quintana reivindicó siempre que su fuerza estuvo tanto en la cabeza como en las piernas. "Un corredor con una mentalidad fuerte, más fuerte que su físico, soy estratega de la vida, desde muy pequeño, y eso me ha servido para mi carrera deportiva", dijo en 2018 a la revista Bocas. Con ese perfil, el Cóndor de los Andes deja el ciclismo profesional tras su última carrera este sábado en el Tour de Emilia.
