El cambio no llegó de golpe. Según cuentan, ya conocían el mundo de las caravanas antes de dar el paso definitivo, y en cuanto se liberaron de las obligaciones que los mantenían en Mallorca decidieron desconectar por completo. «Estábamos dentro del mundo de la caravana y cuando tuvimos la posibilidad de desconectarnos de todo, nos desconectamos y nos fuimos con el auto ya dispuestos a viajar», recuerda Maribel.
La decisión no respondió solo a razones económicas. Durante décadas dedicaron buena parte de su tiempo a cuidar de padres e hijos, y sentían que había llegado su turno. «Hemos dado al 100% durante toda nuestra vida, tanto a nuestros padres como a nuestros hijos y ahora pues es nuestro momento», explican. Su itinerario evita las grandes ciudades: buscan pueblos pequeños, silenciosos y cercanos al campo.
«Vivimos de dos pensiones normales y corrientes. Con 2.000 euros puedes vivir perfectamente», aseguran Maribel y Vicente.
El presupuesto se reparte entre necesidades básicas y el gasto que más condiciona sus rutas: el combustible. Habitualmente destinan entre 500 y 600 euros al gasoil, aunque se han impuesto un límite de kilómetros para que los viajes no descontrolen las cuentas. Cocinan, desayunan y cenan en la propia autocaravana, con un sistema de compra y almacenamiento de alimentos y agua que reproduce a menor escala la logística de un hogar.
La diferencia respecto a su vida anterior es considerable: según otras declaraciones de la pareja, han dejado de pagar alrededor de 1.200 euros mensuales entre vivienda, suministros y otros costes asociados a una casa fija. Ese ahorro, sumado a la reducción de necesidades que impone el espacio limitado, sostiene su forma de vida con dos pensiones que califican de corrientes.
La pareja no ignora que una autocaravana también genera imprevistos. Una avería mecánica puede suponer un desembolso considerable, así que procuran no consumir íntegramente los 2.000 euros mensuales. «Aunque podamos vivir con 2.000 euros no significa que te los gastes», explican, en referencia a la reserva que mantienen para cubrir reparaciones no previstas.
Para reducir su dependencia de infraestructuras externas cuentan con placas solares, baterías e inversores que les proporcionan electricidad sin conectarse continuamente a la red. También llevan herramientas para pequeñas tareas de mantenimiento, lo que les da autonomía cuando permanecen varios días en un mismo lugar. Con el tiempo, dicen haber aprendido a prescindir de muchas cosas. «Aprendes a vivir mejor con menos. Sí, con bastante menos», reconocen.
La renuncia más difícil, admiten, no es material sino afectiva: la distancia con sus dos hijos y sus nietas. Las videollamadas ayudan a mantener el contacto, pero no sustituyen la cercanía física, algo que consideran que cualquier persona debería valorar antes de plantearse un cambio similar. Después de cinco años sobre ruedas, aseguran que no contemplan volver a un piso ni recuperar la vida que dejaron en Mallorca.

