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Mañueco, propuesto candidato a la investidura en Castilla y León sin fecha ni pacto cerrado con Vox: el tercer acuerdo autonómico PP-Vox tensa la campaña del 17-M

El portavoz de Vox en las Cortes castellanoleonesas admite que es «difícil» cerrar un acuerdo de gobierno antes del domingo andaluz; el PP ofrece a Vox la vicepresidencia y dos consejerías, la misma fórmula de Extremadura y Aragón; Sánchez califica los pactos de «rendición de la democracia ante la ultraderecha»

Por Redacción de El Hemiciclo· Valladolid / Madrid·
12 min de lectura
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Alfonso Fernández Mañueco fue propuesto formalmente esta mañana como candidato a la investidura como presidente de la Junta de Castilla y León por la presidenta de las Cortes autonómicas, pero la ceremonia protocolaria ocultó una realidad que el propio candidato no pudo disimular: no hay fecha para el debate de investidura, no hay pacto cerrado con Vox y no hay garantía de que la negociación se resuelva antes de que el mapa político español vuelva a convulsionarse el próximo domingo con las elecciones andaluzas del 17-M.

La propuesta de Mañueco fue el resultado automático del proceso constitucional que se activa cuando un partido obtiene la mayoría relativa en unas elecciones autonómicas sin alcanzar la mayoría absoluta. El PP obtuvo 35 escaños en las elecciones del 14 de abril frente a los 81 que componen las Cortes, y necesita al menos 41 para superar la investidura en primera votación o 35 más una abstención generalizada para prosperar en segunda. Los 13 escaños de Vox convierten a la formación de Abascal en el único socio aritméticamente viable, una posición de fuerza que el portavoz de Vox en las Cortes, Juan García-Gallardo, explota con una mezcla de impaciencia y cálculo al admitir que es «difícil» cerrar un acuerdo antes del 17-M.

La dificultad que García-Gallardo verbaliza tiene dos causas identificables. La primera es táctica: Vox quiere que el acuerdo en Castilla y León se cierre después de las elecciones andaluzas para poder utilizar el resultado del 17-M como palanca de negociación. Si Moreno pierde la mayoría absoluta y necesita a Vox en Andalucía, el precio que Abascal podrá exigir en Castilla y León será significativamente mayor. Si Moreno obtiene la absoluta y prescinde de Vox, la formación necesitará al menos el acuerdo castellanoleonés para demostrar su utilidad como fuerza de gobierno. En ambos escenarios, Vox gana tiempo esperando al domingo, lo que explica la resistencia a cerrar antes de conocer los resultados andaluces.

La segunda causa es sustantiva: las exigencias de Vox en Castilla y León van más allá de la fórmula de Extremadura y Aragón. Mientras que en aquellas comunidades Vox aceptó la vicepresidencia y dos consejerías a cambio de un programa de gobierno negociado artículo por artículo, en Castilla y León García-Gallardo exige además la presidencia de las Cortes autonómicas, el control de la agencia regional de medios de comunicación y la inclusión de una cláusula que permita a Vox vetar decisiones del presidente de la Junta que afecten a la política migratoria. Las tres exigencias adicionales son líneas rojas para el PP: la presidencia de las Cortes tiene un valor simbólico que Mañueco considera innegociable, el control de los medios públicos generaría un escándalo mediático nacional y la cláusula de veto migratorio sentaría un precedente constitucional que ningún jurista del PP está dispuesto a avalar.

El impacto de la negociación sobre la campaña del 17-M es directo y cuantificable. Cada hora que Mañueco pasa negociando con Vox es una hora que Sánchez puede utilizar para recordar a los andaluces que un voto al PP es, en la práctica, un voto por un gobierno compartido con la ultraderecha. El presidente del Gobierno aprovechó esta misma tarde la confirmación de la propuesta de investidura para publicar un mensaje en sus redes sociales en el que calificó los pactos PP-Vox de «rendición de la democracia ante quienes quieren dinamitar la convivencia». La frase, calculada para movilizar al electorado socialista y progresista que las encuestas detectan como desmovilizado en Andalucía, fue amplificada por toda la maquinaria mediática del PSOE en las horas posteriores.

La respuesta de Feijóo fue reveladora de la incomodidad que los pactos con Vox generan en la dirección nacional del PP. En lugar de defender abiertamente la negociación, el presidente del PP se limitó a declarar que «cada comunidad autónoma tiene su realidad y sus necesidades» y que «el PP siempre buscará la estabilidad institucional por encima de los intereses partidistas». La formulación, deliberadamente ambigua, permite a Feijóo distanciarse del contenido concreto de la negociación sin rechazar la coalición como fórmula general. Pero la ambigüedad tiene un coste: los votantes de centro que podrían decidir la absoluta en Andalucía perciben en la indefinición de Feijóo una confirmación de que el PP pactará con Vox siempre que lo necesite, exactamente la narrativa que el PSOE intenta instalar.

El precedente de Extremadura ofrece lecciones que ambos partidos están estudiando con atención. La coalición PP-Vox en Mérida, liderada por María Guardiola, lleva seis meses de funcionamiento con resultados mixtos: la gestión cotidiana ha sido razonablemente estable, pero las fricciones en temas de memoria histórica, inmigración y violencia de género han generado una cobertura mediática negativa que ha erosionado la imagen del PP entre el electorado femenino y urbano. En Aragón, la coalición de Jorge Azcón con Vox ha sido aún más problemática: el consejero de Medio Ambiente de Vox ha paralizado 47 normativas medioambientales heredadas del gobierno anterior, generando un conflicto con la Comisión Europea que amenaza con sanciones al Estado español.

La lección de fondo que Castilla y León aporta al debate político español trasciende los detalles de la negociación. Lo que está en juego no es solo quién gobierna en Valladolid sino si el modelo de coalición PP-Vox se normaliza como la fórmula estándar del centro-derecha español en las comunidades donde el PP no alcanza la mayoría absoluta. Si Mañueco cierra un acuerdo con Vox antes del 17-M y Moreno pierde la absoluta en Andalucía, España tendrá cuatro gobiernos autonómicos de coalición PP-Vox en menos de un año, una cifra que convierte lo excepcional en sistémico y que redefine el mapa político del país de una manera que ninguno de los dos partidos había previsto cuando Abascal decidió romper con el PP en el verano de 2023.

Para Moncloa, la multiplicación de los pactos PP-Vox es una oportunidad electoral que Sánchez explotará hasta sus últimas consecuencias. Cada coalición autonómica proporciona material para la narrativa de que Feijóo es prisionero de la extrema derecha, un argumento que las encuestas indican que tiene más tracción entre el electorado joven y urbano que cualquier otro tema de la agenda política. Pero la oportunidad tiene un riesgo: si los gobiernos de coalición PP-Vox demuestran capacidad de gestión y estabilidad, el argumento se debilita y el modelo se normaliza. La carrera entre la narrativa y la realidad definirá la política española de los próximos meses, y Castilla y León es el laboratorio donde el experimento se ejecuta con mayor nitidez.

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