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Péter Magyar estrena supermayoría en Hungría con 138 escaños y promete desbloquear los 17.000 millones de fondos europeos congelados por Bruselas

La participación rozó el 80% y el Tisza consolida dos tercios del Parlamento. La primera llamada oficial del nuevo líder, esta mañana, ha sido para Ursula von der Leyen. La segunda, para el embajador de Ucrania en Budapest.

Por Redacción de El Hemiciclo· Bruselas· · Actualizado:
7 min de lectura
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Hacía dieciséis años que en Budapest nadie amanecía con un gobierno distinto. Esta mañana, sí. La ciudad se ha despertado con un Parlamento en el que, por primera vez desde 2010, el partido que presidió cada una de las últimas tres décadas políticas no es el que decide el orden del día. Péter Magyar, un abogado de 45 años que hasta hace dos años era marido de una ministra del Fidesz, ha ganado las elecciones de Hungría con 138 escaños de los 199 del Parlamento y una supermayoría de dos tercios.

Los resultados definitivos, publicados esta madrugada, dibujan un escenario demoledor para Viktor Orbán. Con el 99,1% escrutado, el Tisza de Magyar obtiene el 53,6% de los votos y Fidesz se queda en el 37,8%, acompañado por 55 escaños. Es la peor derrota del partido de Orbán desde que llegó al poder en 2010, y el primer gobierno centrista con mayoría absoluta en la historia reciente del país magiar. La participación, un dato clave que los analistas llevaban meses citando como termómetro, ha rozado el 80%: dieciséis puntos más que en las elecciones de 2022.

La primera llamada oficial del nuevo líder, confirmada por dos fuentes diplomáticas del Consejo Europeo, ha sido a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. La conversación, de poco más de quince minutos, ha sido descrita por el gabinete comunitario como 'cálida, práctica y notablemente concreta'. En ella, Magyar ha solicitado formalmente que Bruselas reabra el expediente de los 17.000 millones de euros en fondos europeos que llevan congelados desde 2022 por el deterioro del Estado de derecho bajo Orbán. La respuesta de von der Leyen ha sido inmediata: el expediente del artículo 7 —el mecanismo de sanción política que el TUE prevé para países miembros que incumplen valores fundamentales— puede ser archivado 'en cuestión de semanas'.

La segunda llamada ha tenido un destinatario menos previsible pero igual de significativo. Magyar ha contactado personalmente con el embajador de Ucrania en Budapest para confirmarle que su Gobierno votará a favor de la admisión de Ucrania en la Unión Europea cuando el expediente regrese al Consejo. Aquel bloqueo sistemático, que durante años fue una de las marcas identitarias de Orbán y una fuente constante de fricción en Bruselas, está en vías de desaparecer.

El simbolismo llega incluso al gesto. Orbán ha reconocido su derrota a las 23:47 del lunes con un discurso breve, sobrio y sin referencias a posibles impugnaciones. Su entorno político lleva toda la noche en modo supervivencia: se discute si el propio Orbán mantendrá el liderazgo del Fidesz durante el tránsito a la oposición o si asumirá el papel, más discreto, de 'presidente honorario' mientras el partido busca un relevo generacional. Ninguna de las dos opciones, en todo caso, evita el efecto de onda expansiva en el resto del tablero europeo.

En España, por ejemplo, la reacción ha sido inmediata. Santiago Abascal —cuyo partido, Vox, mantenía con Orbán una alianza política estratégica en el entorno de los Patriotas por Europa— evitó ayer hacer comentarios y hoy ha publicado un mensaje escueto en X en el que reivindica 'la soberanía de los pueblos'. En privado, sin embargo, el entorno del líder de Vox reconoce que la caída de Orbán deja a la formación sin su principal referente europeo. Alberto Núñez Feijóo, el líder del Partido Popular, aprovechó ayer el giro histórico para afirmar que 'acabará también el Orbán del sur' en alusión a Pedro Sánchez, una frase que esta mañana dominaba los titulares de la prensa española.

¿Qué se pone en marcha a partir de hoy? Al menos cuatro procesos simultáneos. Primero, la formación del nuevo gobierno: Magyar ha anunciado que presentará su gabinete la próxima semana y que su programa económico incluirá una bajada inmediata del IVA sobre productos básicos y una reforma integral del sistema judicial para restaurar 'el equilibrio de poderes'. Segundo, el descongelamiento de los fondos europeos, que comenzará con la transferencia de un primer tramo de 3.000 millones a finales de abril si los indicadores del Estado de derecho se cumplen en un plazo de treinta días. Tercero, la reforma del Tribunal Constitucional húngaro, profundamente ideologizado durante los años de Fidesz. Cuarto, la reintegración plena del país en las decisiones operativas del Consejo de Asuntos Exteriores, donde Hungría había ejercido durante los últimos años como la principal voz disidente en los expedientes sobre Ucrania e inmigración.

No todo, sin embargo, va a ser sencillo. Magyar hereda un país polarizado, con instituciones capturadas por el Fidesz durante dieciséis años y con una economía que sufre una inflación persistente, un forinto debilitado y una deuda pública al 78% del PIB.

Los mercados, por su parte, ya han reaccionado. El forinto abrió esta mañana con una revalorización del 2,1% frente al euro, su mayor subida en un solo día en cuatro años. Los bonos a diez años del Tesoro húngaro redujeron su prima de riesgo en cuarenta puntos básicos. La Bolsa de Budapest registra, a media mañana, un repunte del 3,4% liderado por los valores ligados a los fondos europeos. Es una foto financiera que confirma la lectura política: Europa se ha reencontrado con una Hungría diferente y está dispuesta a descongelar, uno por uno, los pliegos que durante años se fueron acumulando en los despachos del Berlaymont.

Queda un último dato que conviene anotar antes de que el ciclo informativo pase de página. Magyar es abogado, exmarido de una ministra del Fidesz y, hasta 2024, un perfecto desconocido fuera de los círculos judiciales de Budapest. Su ascenso meteórico, en apenas dos años, es en gran medida el resultado del hartazgo acumulado en una ciudadanía que durante mucho tiempo pareció condenada a un único horizonte político. La historia reciente ya nos ha enseñado que las supermayorías no siempre son buenas noticias —Orbán también tuvo la suya en 2010— y que el verdadero examen del Tisza empezará dentro de cuatro años. Pero el dato de hoy es irreversible: el Parlamento de Budapest ya no se parece al de ayer, y el Parlamento Europeo, por extensión, tampoco.

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