|
PortadaParlamentoDeportesOpinión
IBEX 35
Última hora
  1. Una nueva denuncia por agresión sexual señala al alcalde de Algeciras, que no dimite
  2. El vicealcalde de Alicante niega conocer el caso VPP: «Ni tengo constancia»
  3. Las lluvias de otoño arrastran ceniza y lodo del incendio de Burgohondo a los embalses

Cruzar los brazos al hablar no siempre indica enfado, según los expertos en psicología

El psicólogo Hanan Parvez lo vincula a la incomodidad y la inseguridad; un estudio de la Universidad de Rochester de 2008 lo asocia a mayor perseverancia.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
Comentarios

Cruzarse de brazos durante una conversación, un gesto que suele leerse de forma automática como rechazo o desacuerdo, responde con frecuencia a motivos muy distintos, según los especialistas en comunicación no verbal. La misma postura puede reflejar una búsqueda de concentración, comodidad física o protección ante el estrés, y el contexto en que se produce resulta decisivo para interpretarla correctamente.

El ejemplo más recurrente entre quienes estudian el lenguaje corporal es el de una reunión de trabajo: alguien expone una idea mientras un asistente escucha con los brazos cruzados. Esa postura, señalan los especialistas, no implica necesariamente rechazo hacia lo que se oye. En muchos casos responde a una búsqueda de seguridad personal o a un esfuerzo por mantener la atención en conversaciones largas o temas complejos.

Los expertos en comunicación no verbal agrupan las causas más habituales en cuatro bloques. El primero es la protección: los brazos actúan como una barrera física frente al estrés, el miedo, la ansiedad o la frustración. El segundo es la concentración, ya que la postura ayudaría a procesar información compleja sin perder el hilo. El tercero es la comodidad, al tratarse de una posición relajada, casi refleja, para descansar los músculos. El cuarto responde a factores físicos como el frío o el cansancio, ajenos a cualquier estado emocional.

Hanan Parvez, máster en Psicología, sostiene en un artículo publicado en la web PsychMechanics que el gesto está estrechamente ligado a una actitud defensiva, vinculada a la incomodidad, la inquietud, la timidez o la inseguridad. Según su explicación, cuando una persona no se siente a gusto con los temas tratados en una conversación, tiende a colocar los brazos sobre el pecho a modo de barrera protectora frente al interlocutor.

Otros especialistas relacionan la postura con niveles elevados de temor o ansiedad, como una respuesta natural ante la angustia. Algunos la describen, además, como un mecanismo de autocontrol en momentos de frustración o de ira contenida, un matiz que impide descartar por completo su vínculo ocasional con el enfado, aunque no como explicación única ni predominante del gesto.

El experimento de la Universidad de Rochester

Más allá de la interpretación del lenguaje corporal, un trabajo experimental apunta a un vínculo entre esta postura y la perseverancia ante tareas difíciles. Los investigadores Ron Friedman y Andrew Elliot, de la Universidad de Rochester (Estados Unidos), publicaron en 2008 en la revista European Journal of Social Psychology dos experimentos sobre el efecto de cruzar los brazos durante la resolución de problemas.

En el primero, a un grupo de estudiantes se le planteó un anagrama sin solución posible: la mitad debía intentarlo con las manos sobre los muslos y la otra mitad con los brazos cruzados. Los primeros aguantaron de media unos 30 segundos antes de rendirse, mientras que los segundos siguieron intentándolo casi 55 segundos, cerca del doble de tiempo, según recoge el estudio.

En el segundo experimento, cruzar los brazos se asoció a un mejor rendimiento con anagramas que sí tenían solución, un efecto que los autores atribuyeron a una mayor persistencia frente a la dificultad. No se detectaron diferencias de comodidad física, de cumplimiento de las instrucciones ni de estado de ánimo entre los grupos, y los participantes no parecieron ser conscientes de que su postura estuviera influyendo en su comportamiento.

Friedman y Elliot subrayan que esa falta de conciencia sobre el efecto de la propia postura constituye uno de los hallazgos más relevantes del trabajo, ya que sugiere que ciertos comportamientos corporales condicionan el desempeño cognitivo sin que la persona lo perciba ni pueda controlarlo de forma voluntaria.

El peso decisivo del contexto

La conclusión que comparten estas fuentes es que un único gesto no basta para determinar qué siente una persona en un momento dado. La situación concreta en la que se produce —una negociación tensa, una charla informal, una sala fría o una tarea que exige concentración— resulta determinante para interpretarlo con precisión, más allá de la lectura instantánea que suele hacerse de los brazos cruzados como sinónimo de rechazo.

Este tipo de hallazgos se inscribe en una tradición de estudios que, desde los años setenta, ha tratado de sistematizar la interpretación del lenguaje corporal más allá de la intuición popular. El antropólogo Ray Birdwhistell, que acuñó el término kinésica, y el psicólogo Paul Ekman, con sus trabajos sobre expresiones faciales, fijaron desde entonces la advertencia recurrente de la disciplina: ningún gesto aislado tiene un significado unívoco.

La distancia entre la percepción inmediata de un gesto y su explicación real conecta con otros terrenos donde la comunicación, verbal o no, se convierte en materia de disputa pública, como ocurre cuando figuras e instituciones invocan la interpretación de sus propias palabras o silencios para defender una posición, algo visible en la controversia que enfrenta a Netanyahu con el presidente de Emiratos Árabes sobre lo que realmente se comunicó antes del 7 de octubre.

Los especialistas coinciden, en definitiva, en que la lectura de los brazos cruzados como enfado se queda corta y que el mismo gesto puede indicar concentración, defensa o simple comodidad. El estudio de Rochester, que atribuyó a esa postura un aumento de la perseverancia de unos 30 a 55 segundos ante un problema irresoluble, ilustra hasta qué punto un movimiento corporal cotidiano puede influir en la conducta sin que quien lo hace sea consciente de ello.

¿Qué te ha parecido esta pieza?

Siguiente en Ciencia y Salud →Un cemento inspirado en la piel de elefante mantiene la fachada hasta 20 grados más fría
¿Tienes información para ampliar esta noticia? Escríbenos por el canal para informantes — protegemos a las fuentes.¿Error en este artículo? → Infórmanos

Comentarios

Comentas como Anónimo — seudónimo generado localmente, sin cuenta
0/1000

Cargando la conversación…

Los comentarios son anónimos. El Hemiciclo no registra IPs ni vincula comentarios a cuentas de usuario. Tu seudónimo y tus comentarios se guardan solo en este dispositivo. Conexión cifrada (HTTPS).

Sigue leyendo en El Hemiciclo