La receta dominante para una jubilación satisfactoria ha girado durante décadas en torno a la ocupación: hacer ejercicio, aprender cosas nuevas, viajar, cuidar de los nietos o sumarse a actividades. Son recomendaciones extendidas que descansan en la premisa de que la ausencia de rutina tras el cese laboral genera vacío o aburrimiento. Tener objetivos puede ser, en efecto, una fuente de significado y bienestar en la vejez.
Las investigaciones sobre envejecimiento han ampliado ese enfoque hacia otras dimensiones: las relaciones con los demás, la autonomía, el crecimiento personal, la aceptación de uno mismo y el propósito vital. Tener una misión no sería incompatible con una vejez feliz, según ese cuerpo de estudios, pero el bienestar no debería depender exclusivamente de seguir siendo productivo o de tener algo que demostrar.
Esa capacidad consiste en reconocer tanto las cualidades como las limitaciones propias sin convertir cada error, cada cambio físico o cada pérdida de facultades en motivo de autocrítica permanente. No implica renunciar a mejorar ni abandonar objetivos, sino dejar de exigirse que cada jornada demuestre que uno sigue siendo útil, productivo o necesario.
El planteamiento cobra sentido tras años en los que la identidad personal ha podido depender del trabajo, el sueldo, el cargo, las responsabilidades familiares o el reconocimiento de los demás. La jubilación, más que una simple ruptura, se plantea como una oportunidad para construir una relación distinta con uno mismo, menos condicionada por el rendimiento.
Vinculado a la autoaceptación aparece otro concepto estudiado por la psicología: la autocompasión, entendida como la disposición a tratarse con amabilidad ante las dificultades, los errores y las limitaciones, en lugar de responder con una crítica constante. Una investigación realizada con 121 adultos de una edad media de 76 años encontró que mayores niveles de autocompasión se relacionaban con respuestas más positivas ante experiencias asociadas al envejecimiento.
Los autores de ese trabajo observaron que las personas con más autocompasión tendían a interpretar esas experiencias de una manera más favorable. Otros estudios con adultos mayores han hallado, además, una asociación entre autocompasión y bienestar subjetivo, particularmente entre quienes afrontan un peor estado de salud física.
La conclusión que se desprende de estos trabajos no es que las personas mayores deban renunciar a tener objetivos, sino que su bienestar no dependa de cumplirlos todos. El matiz gana relevancia a medida que la salud mental en la vejez se instala en la conversación pública, junto a otros debates sobre bienestar y comunidad como el que abordan los datos sobre libertad religiosa y convivencia.

