El desacuerdo, según distintos reportes, se originó cuando la FIGC decidió no avanzar en la incorporación de Pirlo debido a su presunta vinculación con una casa de apuestas rusa, un antecedente que la federación habría considerado incompatible con el cargo de seleccionador. Maldini, quien había impulsado la candidatura del exmediocampista como pieza central de su proyecto, no habría compartido esa determinación, lo que derivó en la ruptura entre el área deportiva y la cúpula dirigencial.
La brevedad del paso de Maldini y Leonardo por sus respectivos cargos —apenas dos semanas— resulta inusual incluso para los estándares de inestabilidad que ha exhibido la selección italiana en los últimos años. Ambos habían sido presentados como las figuras llamadas a devolver estabilidad institucional a una selección que arrastra una crisis de identidad tras su ausencia en dos ediciones consecutivas de la Copa del Mundo, la de Rusia 2018 y la de Catar 2022, un hecho sin precedentes para una potencia con cuatro títulos mundiales.
Maldini, capitán histórico del AC Milan y de la Azzurra, y Leonardo, exfutbolista brasileño con una extensa trayectoria como directivo en clubes europeos, habían llegado con el mandato de reformular la estructura deportiva de la federación. Su salida deja en entredicho no solo la elección del próximo entrenador, sino el rumbo general del proyecto que ambos buscaban impulsar.
Mientras tanto, la FIGC ya analizaría otras opciones para ocupar el banquillo. Entre los nombres que figuran aparecen Antonio Conte y Roberto Mancini, ambos con experiencia previa al frente de la selección o de clubes de primer nivel en Italia. En paralelo, el de Giorgio Chiellini, otro histórico defensa de la Azzurra, comenzaría a sonar como posible reemplazo de Maldini en la dirección deportiva, aunque ninguna decisión se ha formalizado.
Un declive con antecedentes recientes
La situación reabre un debate recurrente sobre la gobernanza del fútbol italiano, un país que, pese a sus cuatro títulos mundiales, ha vivido en la última década episodios de inestabilidad institucional que han coincidido con sus peores resultados deportivos. El caso más notorio es el de Mancini, quien condujo a Italia al título de la Eurocopa de 2021 y renunció de forma abrupta en agosto de 2023 para dirigir a la selección de Arabia Saudita, dejando a la federación sin conductor técnico a mitad de un proceso clasificatorio. La falta de continuidad en los proyectos ha sido señalada de forma reiterada como uno de los factores detrás de ese declive.
El episodio guarda cierto paralelismo con otros procesos de reconstrucción en selecciones de tradición ganadora que, tras fracasos deportivos, han optado por incorporar a exjugadores emblemáticos en cargos directivos con la expectativa de que su prestigio se traduzca en estabilidad institucional, una fórmula que no siempre ha rendido los resultados esperados cuando los acuerdos internos no logran sostenerse en el tiempo.
La ausencia de una figura al frente del banquillo y la salida simultánea de la dirección deportiva dejan a la Azzurra sin una hoja de ruta clara de cara a sus próximos compromisos internacionales, en un proceso que ya arrastraba dudas desde hace meses.
La FIGC no ha emitido hasta el momento una postura oficial detallada sobre los motivos exactos de las renuncias, más allá de lo que trascendió sobre el desacuerdo respecto a Pirlo. Tampoco Maldini ni Leonardo han ofrecido declaraciones públicas extensas sobre su salida, lo que mantiene abiertas varias interrogantes sobre el trasfondo de la ruptura.
El proceso de selección del nuevo cuerpo técnico y de la nueva dirección deportiva quedará ahora en manos de la cúpula federativa, que deberá definir en las próximas semanas tanto al entrenador que asumirá el banquillo como a quien ocupará el cargo que Maldini dejó vacante. Hasta entonces, la selección de Italia continuará sin una estructura deportiva estable, en un escenario que los propios reportes describen con más dudas que certezas.

