La reflexión, vinculada a su columna «Patente de corso», no ataca la felicidad en sí, sino la obligación de perseguirla como si fuera un deber moral. Pérez-Reverte ironiza sobre el lema de autoayuda «si no eres feliz es porque no quieres», una idea que, a su juicio, traslada toda la responsabilidad al individuo y desconoce que la enfermedad, la pérdida o la mala suerte forman parte inevitable de la existencia. Convertir la felicidad en un mandato, sostiene, puede generar frustración, presión y hasta culpa.
La frase completa continúa con una segunda afirmación no menos rotunda: «Un hombre inteligente es un hombre atormentado». Esa idea conecta con el fenómeno psicológico conocido como rumiación, un patrón de pensamiento repetitivo centrado en las propias emociones y sus consecuencias, que puede convertirse en una trampa mental de la que resulta difícil salir.
La evidencia sobre coeficiente y felicidad
La relación entre inteligencia y felicidad, sin embargo, es más matizada de lo que sugiere la cita. Una investigación publicada en la revista Psychological Medicine, que analizó datos de 6.870 adultos en Inglaterra, encontró una asociación significativa entre el coeficiente intelectual y los niveles de felicidad: los participantes con un coeficiente más bajo mostraban, en general, menor bienestar subjetivo que aquellos con puntuaciones más elevadas.
Otro estudio, realizado por investigadores de la Universidad de Extremadura sobre una muestra de 646 adolescentes, apuntó en una dirección similar desde otro ángulo: a medida que crecía la capacidad para comprender y regular las propias emociones, también aumentaba la felicidad percibida. La psicología sugiere así que no es el pensamiento analítico lo que atormenta, sino la incapacidad de la mente para soltar aquello que no logra resolver.
Pérez-Reverte ha explicado en otras ocasiones el origen de esa mirada escéptica. En una entrevista con Infobae, el escritor detalló cómo entiende la vida tras haber cumplido 65 años, en unas declaraciones que sitúan la fe no en lo trascendente, sino en lo cotidiano.
«Tengo 65 años. Quieras que no, la vida te hace ver cosas que con 20, 30, 40 o incluso con 50 años no ves. La vida me ha despojado de muchas cosas y me ha dejado una forma escéptica de mirar. Necesito creer en cosas para vivir y, como no tengo fe, me invento las mías: mi fe son mis amigos, mis lealtades, mis libros, los perros, el mar, el respeto por el valor, la coherencia y la dignidad», comentó Arturo Pérez-Reverte, escritor, en esa entrevista.
Esa construcción de una ética personal frente a la ausencia de certezas absolutas atraviesa buena parte de su obra y sus intervenciones públicas, en las que la lectura ocupa un lugar central. El propio autor lo resume en otra de sus citas más difundidas: «Los libros son puertas que te llevan a la calle. Con ellos aprendes, te educas, viajas, sueñas, imaginas, vives otras vidas y multiplicas la tuya por mil», una idea que enlaza con otras reflexiones sobre la vida y el paso del tiempo que, como la de Gabriel García Márquez sobre la supervivencia, siguen circulando entre lectores años después de haber sido pronunciadas.

