El catálogo reunido por el equipo científico incluye nueve medusas, siete sifonóforos —colonias de organismos emparentadas con la carabela portuguesa—, siete ctenóforos o medusas peine, cuatro larváceos, dos rizarios gigantes, un anfípodo y un gusano marino, hasta completar las 31 especies identificadas. Todos los ejemplares proceden de la zona intermedia del océano, la capa situada por debajo del alcance efectivo de la luz solar, donde la fotosíntesis deja de ser posible y la vida se adapta a la oscuridad, la baja temperatura y la alta presión.
Karen Osborn, científica jefa de la expedición e investigadora del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian, subrayó el carácter apenas explorado de ese ambiente. «El hábitat más grande de la Tierra, la zona intermedia del océano, está lleno de animales increíbles que apenas comenzamos a comprender», señaló. Según el propio Instituto Oceánico Schmidt, esa franja constituye el mayor espacio habitable del planeta y, al mismo tiempo, uno de los menos estudiados, además de cumplir un papel central en el ciclo del carbono oceánico, que afecta a todo el planeta.
Los organismos identificados destacan por particularidades biológicas poco conocidas fuera del ámbito especializado. Los larváceos, de aspecto similar a un renacuajo, mantienen un parentesco evolutivo más cercano con los seres humanos que la mayoría de los invertebrados marinos. Los rizarios gigantes, por su parte, son organismos unicelulares de un tamaño excepcional, lo bastante grandes como para resultar visibles a simple vista, una rareza dentro del reino de los protistas.
Instrumentos para estudiar la fragilidad
La mayoría de estos animales de cuerpo gelatinoso no sobrevive a los métodos convencionales de captura, que suelen dañar o destruir su estructura antes de que puedan ser analizados en laboratorio. Para resolver esa limitación, el equipo del Falkor (too) recurrió a un instrumental diseñado para el estudio no invasivo de fauna frágil: láseres de imagen tridimensional, un microscopio de código abierto capaz de captar detalle celular y equipos de secuenciación de ADN instalados directamente a bordo del buque, lo que permite analizar el material genético sin necesidad de trasladar los ejemplares a tierra.
El instrumental incluyó también una cámara de sombras, que registra la silueta de organismos translúcidos, y una cinta de correr hidrodinámica que permite observar el desplazamiento de los microorganismos en condiciones controladas. Según la revista Discover, la expedición contó además con una cámara de realidad virtual capaz de recrear la presión, la temperatura y las condiciones de luz propias de las profundidades marinas. Buena parte de ese instrumental procede del laboratorio de bioinspiración del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterrey (MBARI), dirigido por la ingeniera Kakani Katija.
La combinación de imágenes de alta resolución con secuenciación genética a bordo permitió a los investigadores describir cada nueva especie sin necesidad de sacrificar o dañar los escasos ejemplares recogidos durante la campaña, un método que reduce el impacto sobre poblaciones que podrían ser extremadamente escasas y de las que se dispone de muy poca información previa.
De la campaña del Challenger a la exploración actual
El hallazgo se inserta en una tradición de expediciones oceanográficas que, desde el siglo XIX, han ido ampliando el catálogo de biodiversidad marina a medida que mejora la tecnología de inmersión. La campaña del buque británico HMS Challenger, entre 1872 y 1876, sentó las bases de la oceanografía moderna al describir miles de especies desconocidas hasta entonces; siglo y medio después, la exploración de la zona intermedia sigue arrojando resultados en cuencas apenas estudiadas como el Atlántico Sur tropical.
Manu Prakash, investigador de la Universidad de Stanford, destacó el alcance del trabajo para la biología marina. «Esto abre una nueva vía para investigar la fisiología de las profundidades marinas y conectar las estructuras celulares con la función del organismo», afirmó. El material recogido servirá para reconstruir la fisiología de unos animales casi desconocidos y para entender cómo sobreviven en un entorno sin luz y a gran presión.
La confirmación formal de cada especie como taxón nuevo requiere, conforme a las normas internacionales de nomenclatura zoológica, la publicación de una descripción detallada en una revista científica revisada por pares, un proceso que puede prolongarse meses o incluso años desde el hallazgo en campo hasta su reconocimiento oficial en los catálogos de biodiversidad. Hasta entonces, las descripciones quedan sujetas a revisión y ampliación por parte de otros equipos.
El interés por la zona intermedia del océano ha crecido ante la evidencia de que buena parte de la absorción de carbono atmosférico por los océanos depende de procesos biológicos que tienen lugar precisamente en esa franja, donde organismos gelatinosos como los identificados en esta expedición participan en el transporte de materia orgánica hacia las profundidades, un mecanismo conocido entre la comunidad científica como bomba biológica de carbono.
El Instituto Oceánico Schmidt, fundado por los filántropos Eric y Wendy Schmidt, financia expediciones oceanográficas internacionales y pone a disposición de investigadores de distintos países el uso del buque Falkor (too) mediante convocatorias competitivas, un modelo de colaboración que ha permitido multiplicar el número de campañas dedicadas a la exploración de aguas profundas en distintas cuencas oceánicas.

