El ejercicio se apoyó en dos escenarios distintos. En El Arenosillo (Huelva), los efectivos emplearon blancos aéreos de los modelos Scrab III, II y Moai, vehículos no tripulados que reproducen la velocidad y el perfil de un sistema militar real. Simultáneamente, España mantiene desplegada en Rumanía una misión internacional en la base aérea Mihail Kogalniceanu, en Constanza, junto al mar Negro, con aviones F-18, un A400M y alrededor de 200 pilotos, en un enclave que vigila el flanco oriental de la OTAN frente a la guerra en Ucrania.
El Atlante 26 tuvo como sede principal la Base Aérea de Morón, desde donde se coordinaron las actividades de tiro real desarrolladas en las áreas del golfo de Cádiz. Los blancos aéreos y marítimos utilizados eran semiautónomos y estaban controlados desde el Centro de Experimentación del Arenosillo (CEDEA), dependiente del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). En el dispositivo participaron medios y personal de las alas 11, 12, 14, 15, 46 y 48, así como el Escuadrón de Zapadores Paracaidistas (EZAPAC), junto con los elementos de mando y control necesarios.
Tres fases de tiro real en Morón
El ejercicio se organizó en tres fases sucesivas: despliegue e integración, ejecución y repliegue. El 13 de septiembre se llevó a cabo la integración del personal en Morón, con las correspondientes conferencias operativas y de seguridad. Entre el 14 y el 18 de septiembre se desarrolló la fase de ejecución, que combinó tiro de cañón aire-aire sobre blanco remolcado por dron, lanzamiento de misiles aire-aire, ataques con misiles aire-superficie contra objetivos navales y misiones específicas de contra-sistemas aéreos no tripulados, conocidas por sus siglas en inglés como C-UAS.
El repliegue escalonado de unidades y medios se ejecutó el 18 de septiembre conforme al plan de movimientos previsto. La dirección de la actividad se llevó desde la base de Morón y desde el CEDEA, que coordinó a las unidades participantes, al AOC, al Centro de Control de El Arenosillo y al resto de organismos implicados en las maniobras.
En paralelo a estos ejercicios, el Ejército del Aire y del Espacio continúa desarrollando la iniciativa NEMO, propuesta por el general Isaac Crespo, jefe del Mando del Espacio (MESPA). El proyecto busca dotar a España del primer satélite policía español, un dispositivo con capacidad para, según la propuesta, «maniobrar y posicionarse en las proximidades del área de operación de activos de interés nacional». La iniciativa se inscribe en la tendencia de las potencias medias europeas a dotarse de capacidades de vigilancia espacial propia.
Alerta por los drones Gerbera
El trasfondo de estos ejercicios se vincula con informaciones publicadas por El Mundo, según las cuales Estados Unidos habría advertido a varios países del sur de Europa sobre una posible operación rusa con drones lanzados desde embarcaciones. De acuerdo con esas informaciones, Moscú podría emplear el modelo Gerbera, un dron de fabricación rusa de unos dos metros y 18 kilos de peso, con autonomía de hasta 600 kilómetros y una velocidad aproximada de 160 kilómetros por hora.
El Kremlin ya habría realizado pruebas de lanzamiento de drones desde plataformas marítimas. En febrero, una unidad naval sueca detectó un aparato despegando de un buque ruso de inteligencia en el estrecho de Öresund, uno de los pasos marítimos más sensibles del norte de Europa por su proximidad a Dinamarca y Suecia. A ese episodio se suma la detección de drones armados en el aeropuerto alemán de Leipzig, una incursión que Berlín atribuye a los servicios de inteligencia rusos.
Doble frente sur y oriental
La combinación de estos elementos —ejercicios con armamento real en el sur de España, despliegue permanente en el mar Negro y advertencias sobre drones Gerbera— sitúa a España en un doble frente de vigilancia: el mediterráneo, con las tensiones migratorias en Ceuta de fondo, y el oriental, donde la guerra en Ucrania mantiene activada la presencia aliada en Rumanía. La OTAN ha reforzado su flanco oriental de forma continuada desde la invasión rusa de febrero de 2022, con rotaciones de cazas y sistemas antiaéreos en países bálticos, Polonia y Rumanía.
La adquisición y modernización de sistemas antidrones se ha convertido en una prioridad compartida por buena parte de los ejércitos europeos tras la constatación, en el conflicto ucraniano, de que aparatos no tripulados baratos y de corto alcance pueden causar daños desproporcionados a su coste frente a sistemas de defensa convencionales mucho más caros. La proliferación de estos dispositivos ha reconfigurado la doctrina de defensa aérea del continente en apenas cuatro años.
La dimensión aérea y espacial de esta preparación convive con otros frentes que marcan la actualidad internacional, como la reciente decisión de la Justicia tailandesa de desestimar los recursos de Daniel Sancho, o el giro energético de Italia tras casi cuatro décadas de parón nuclear, aprobado por el Senado italiano.
El ejercicio Atlante 26, concluido el 18 de septiembre con el repliegue escalonado de las unidades participantes, queda como el hito más reciente de esta fase de preparación del Ejército del Aire y del Espacio ante escenarios de combate que combinan armamento convencional y sistemas no tripulados.


