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El debate sobre si el mundo vive ya una tercera guerra mundial gana terreno

La simultaneidad de conflictos en Ucrania, Medio Oriente y el estrecho de Taiwán reaviva una pregunta que analistas plantean apelando a la memoria histórica

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Una tesis que circula en foros de análisis internacional plantea una pregunta incómoda: ¿en qué momento la humanidad reconoce que atraviesa una guerra mundial mientras esta ocurre?

La observación de partida es verificable: ni la Primera ni la Segunda Guerra Mundial fueron bautizadas con ese nombre mientras se desarrollaban. Entre 1914 y 1918, los contemporáneos hablaban de «la Gran Guerra» o, simplemente, de «la guerra»; el término «Primera» solo tuvo sentido cuando existió una segunda. El conflicto que estalló en 1939 fue referido inicialmente como «la guerra en Europa» o «la guerra contra el Eje», y la denominación «Segunda Guerra Mundial» se consolidó en el lenguaje común una vez terminado, cuando su alcance planetario resultaba innegable en retrospectiva. De esa constatación, quienes impulsan el debate extraen una advertencia: las guerras de escala global rara vez se reconocen como tales mientras suceden.

Esa premisa alimenta la pregunta de si el mundo transita, sin reconocerlo formalmente, un tercer conflicto de dimensión global. Los promotores de esta lectura enumeran una serie de frentes que, sostienen, rara vez se analizan como un sistema interconectado: la invasión rusa de Ucrania; la confrontación directa e indirecta entre Israel, Estados Unidos e Irán junto a sus grupos aliados en Medio Oriente; incidentes navales en el sur de Asia; y la presión militar china sobre Taiwán, que Beijing reclama como parte de su territorio bajo el principio de «una sola China». No es un solo frente, argumentan, sino un conjunto de conflictos regionales que cada vez se tocan más entre sí.

Frente a esa lectura, la corriente mayoritaria entre internacionalistas cuestiona que la simultaneidad de conflictos equivalga a un enfrentamiento único y coordinado. Sus argumentos habituales sostienen que Rusia y Ucrania combaten en un teatro delimitado, sin declaración formal de guerra entre bloques; que la confrontación con Irán se ha desarrollado mediante operaciones limitadas y ataques selectivos, sin invasión territorial directa entre las principales potencias; y que la tensión en Taiwán, persistente desde hace décadas, no ha derivado en enfrentamiento militar abierto entre China y Estados Unidos.

Del otro lado, quienes defienden la utilidad del debate —sin necesariamente suscribir la etiqueta— señalan que la interconexión entre alianzas, el uso de fuerzas interpuestas y la escalada tecnológica militar, con drones, ciberataques y guerra híbrida, diluyen las fronteras clásicas entre lo regional y lo global. Ese fenómeno, plantean, dificulta que los propios protagonistas reconozcan en tiempo real la magnitud de lo que viven, tal como ocurrió con las dos guerras mundiales del siglo XX. La discusión, en todo caso, reconoce su propia limitación de origen: es un ejercicio interpretativo, no un análisis institucional respaldado por organismos de seguridad con metodología verificable.

El marco jurídico que separa una crisis regional de una guerra mundial

La noción de «guerra mundial» carece de una definición jurídica única y universalmente aceptada, lo que explica en parte la dificultad para zanjar el debate. Los historiadores suelen emplear criterios como el número de potencias involucradas, la escala de las bajas, la extensión geográfica de los combates y el grado de movilización económica y social de los países participantes, variables que en los conflictos actuales presentan magnitudes dispares según el frente analizado. La Carta de las Naciones Unidas y el funcionamiento del Consejo de Seguridad, con sus miembros permanentes dotados de derecho de veto, presuponen una arquitectura multilateral que, pese a sus limitaciones en los conflictos vigentes, sigue operando como marco formal para distinguir entre guerras interestatales, conflictos regionales y crisis de seguridad localizadas.

Organismos como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Organización de las Naciones Unidas mantienen la caracterización de los conflictos vigentes como crisis regionales o guerras interestatales específicas, sin adoptar la terminología de conflicto mundial. Esa distinción no es solo semántica: activa o no ciertos mecanismos jurídicos, como la cláusula de defensa colectiva del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que hasta ahora no ha sido invocada en ninguno de los frentes mencionados. Ninguna cancillería —tampoco el Departamento de Estado de Estados Unidos ni el Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá— ha emitido pronunciamientos que respalden o descarten formalmente la tesis.

Para Panamá, país cuya posición geoestratégica está definida por el Canal interoceánico y por una tradición de neutralidad activa en foros multilaterales, este tipo de debates no es meramente académico. El istmo ha sido, históricamente, sensible a las tensiones entre potencias: el Canal, administrado por la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) tras la reversión de 1999, constituye una ruta comercial de valor estratégico para Estados Unidos, China y las principales economías asiáticas, lo que convierte al país en observador directo de cualquier reconfiguración del comercio global derivada de conflictos armados.

La historia panameña ofrece precedentes de cómo los conflictos internacionales de gran escala repercuten en el istmo incluso sin participación directa en las hostilidades. Durante la Segunda Guerra Mundial, Panamá cedió bases militares a Estados Unidos bajo acuerdos de defensa continental, y el tránsito por el Canal se convirtió en un activo logístico de primer orden para el esfuerzo aliado. Esa experiencia dejó como legado una diplomacia orientada a la neutralidad y al multilateralismo, plasmada más tarde en los Tratados Torrijos-Carter de 1977 y en el estatuto de neutralidad permanente del Canal, reconocido internacionalmente.

La relevancia práctica del debate se traduce para Panamá en dos frentes de seguimiento: el impacto de las tensiones geopolíticas globales sobre el tránsito naviero por el Canal, del que depende una porción sustancial de los ingresos fiscales del Estado, y la posición del país ante eventuales sanciones internacionales o realineamientos comerciales que pudieran afectar a socios como Estados Unidos y China, ambos usuarios intensivos de la ruta interoceánica. Cualquier escalada bélica de alcance global alteraría las rutas comerciales y el volumen de carga que atraviesa el istmo, con efecto directo sobre los aportes que la ACP transfiere al Tesoro Nacional.

El seguimiento de esta discusión dependerá menos de un anuncio formal que de la evolución concreta de los frentes abiertos: el desenlace de la guerra en Ucrania, la trayectoria del enfrentamiento entre Israel, Estados Unidos e Irán, y la respuesta de Taiwán y sus aliados ante la presión china. Ninguno de esos procesos tiene, hasta la fecha, un desenlace cierto. Y cualquier caracterización histórica definitiva —como advierte la propia tesis que alimenta el debate— probablemente solo podrá formularse con la perspectiva que da el tiempo: cuando los historiadores lo escriban, más que cuando los gobiernos lo admitan.

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