A escasos veinte días del inicio del Mundial, la capital panameña exhibe una omnipresencia publicitaria en torno a la cita: vallas en calles y autopistas, envoltorios de productos, programación televisiva y radial, la canción de la selección —conocida popularmente como la Marea Roja— en repetición constante y el trasiego de figuritas del álbum Panini, cuyos derechos exclusivos sobre competiciones de la FIFA datan de más de cinco décadas. A esa maquinaria comercial se suma el movimiento de las apuestas deportivas, otro engranaje del ciclo mundialista.
La cinta costera de la ciudad de Panamá —paseo municipal inaugurado en 2009 sobre terreno ganado al mar, con siete kilómetros de senderos, bancas, canchas polifuncionales y jardines paisajísticos en paralelo a la costa— exhibe este año una réplica a gran escala del trofeo de la Copa del Mundo instalada en uno de sus islotes ajardinados, en sintonía con el ambiente festivo previo al torneo.
A pocas cuadras de ese escenario turístico, la fiesta mundialista tiene otro rostro. En El Chorrillo y San Felipe —barrios históricos del distrito Panamá— el fútbol que se juega no depende de patrocinios ni de transmisiones: es el que organiza, desde hace más de dos décadas, el Centro de Atención Integral de Barraza, en el corregimiento de Barraza. El centro, parte de la Fundación Nueva Generación, gestiona el Mundial del Barrio como uno más de sus servicios comunales.
El proyecto se inscribe en una tradición que se remonta a 1991, cuando jóvenes de San Felipe respondieron a un entorno de creciente violencia y criminalidad juvenil organizando pequeñas ligas de fútbol infantil en la cancha Plaza Amador, entonces áspera y árida. De aquella respuesta surgida de la urgencia nació el Movimiento Nueva Generación, que a partir de 2003 dio forma institucional al torneo comunitario que hoy pervive.
El estigma de la inseguridad que cargan ambos corregimientos no puede desligarse de un episodio determinante de la historia reciente del país: la denominada Operación Causa Justa, la invasión militar de Estados Unidos de diciembre de 1989, que incluyó el bombardeo y el asalto militar sobre El Chorrillo. Aquel ataque dejó destrucción material masiva y desplazamiento en la zona, y sigue siendo una referencia obligada al analizar las carencias estructurales del sector.
El contraste urbano entre ambas realidades es inmediato. El Casco Viejo, sometido a un proceso sostenido de restauración y revalorización inmobiliaria, cuenta con vigilancia policial constante y un tránsito de autos del año que refleja el poder adquisitivo de sus visitantes. A tres o cuatro cuadras, sin escalas intermedias, los edificios multifamiliares muestran signos de deterioro, con ropa tendida en balcones, acumulación de basura en las esquinas y baldíos reclamados por la maleza, un cuadro que organizaciones sociales asocian a los procesos de gentrificación que han ido desplazando a la población de menores ingresos.
La respuesta comunitaria que dio origen al Mundial del Barrio se enmarca en una tradición más amplia de organizaciones de base en barrios populares, que durante las últimas tres décadas han recurrido al deporte como herramienta de contención frente a la expansión de las pandillas juveniles. El fútbol convive en ese registro con el béisbol, considerado el deporte de mayor tradición nacional, y con el boxeo, disciplina de larga historia de campeones en el país.
El fútbol panameño vive, en paralelo, un momento histórico: la selección, apodada la Marea Roja o los Canaleros, disputará su segunda participación en una Copa del Mundo como única representante de la región centroamericana en esta edición. La primera fue en 2018, en Rusia, un hito que marcó un antes y un después en el fútbol nacional y que impulsó el interés institucional y comercial por el deporte.
Ese salto competitivo convive con una brecha de recursos que separa al fútbol de élite del fútbol de base que se practica en canchas como la de Plaza Amador. Mientras la Liga Panameña de Fútbol (LPF) y la selección absoluta reciben cobertura mediática y patrocinios crecientes, los programas comunitarios como el del Centro de Atención Integral de Barraza dependen en gran medida de gestión propia y de fundaciones sin fines de lucro, sin un mecanismo estatal consolidado de financiamiento para este tipo de iniciativas barriales.
El propio Mundial del Barrio, pese a su nombre, no guarda relación institucional alguna con la FIFA ni con el torneo que arrancará en tres semanas. Su continuidad desde 2003 se sostiene, según el relato de la fundación organizadora, en la participación de familias y jóvenes del sector, sin que consten estudios oficiales que cuantifiquen su impacto sobre los índices de violencia juvenil de la zona.
Para los próximos meses, coincidiendo con el desarrollo de la Copa del Mundo, la atención mediática y comercial en Panamá se concentrará en el desempeño de la selección absoluta. El reto para organizaciones como la Fundación Nueva Generación, según defienden sus gestores, será mantener visible en medio de esa marea publicitaria un fútbol comunitario que antecede y sobrevive a cualquier ciclo mundialista.