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EE UU e Irán intercambian ataques navales en el estrecho de Ormuz

Washington asegura haber destruido cinco petroleros iraníes tras dos ataques de la Guardia Revolucionaria contra un buque estadounidense

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Estados Unidos e Irán protagonizaron este martes uno de los mayores intercambios de fuego de los últimos meses en el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. El Comando Central estadounidense (CENTCOM) informó de la destrucción de cinco petroleros vinculados a Teherán, en represalia por dos ataques atribuidos a la Guardia Revolucionaria Islámica contra un buque de guerra de EE UU en los días previos.

El vicepresidente J.D. Vance se ha resistido públicamente a calificar de guerra las hostilidades entre Washington y Teherán, pese a que la escalada de las últimas jornadas apunta en esa dirección. La secuencia arrancó el pasado 30 de agosto con el primer ataque estadounidense contra suelo iraní desde julio, que causó varios muertos y heridos, y ha desembocado en el enfrentamiento naval más intenso registrado hasta la fecha en el estrecho de Ormuz.

El Comando Central, responsable de las operaciones militares de EE UU en Oriente Próximo, confirmó la destrucción de cinco petroleros que Washington vincula a la red de exportación de crudo iraní, una infraestructura clave para la economía de Teherán en un contexto de sanciones internacionales prolongadas. La acción se presentó como respuesta directa a dos ataques de la Guardia Revolucionaria Islámica contra un barco de guerra estadounidense, perpetrados en los dos días anteriores en aguas del golfo Pérsico.

Irán, por su parte, replicó con ataques contra buques y destructores estadounidenses en el propio estrecho de Ormuz, además de dirigir fuego contra bases de EE UU en territorio jordano. Jordania, aliado histórico de Washington en la región y anfitrión de instalaciones militares estadounidenses desde hace décadas, queda así arrastrada al perímetro directo del conflicto, ampliando el tablero más allá del golfo Pérsico.

El estrecho, arteria energética mundial

El estrecho de Ormuz, con apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho, es el paso obligado para en torno a una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo, según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía. Cualquier interrupción sostenida de su tráfico tiene capacidad de disparar los precios del crudo a nivel global, con efectos inmediatos sobre la inflación energética en Europa y Asia, dos regiones altamente dependientes de las importaciones que transitan por ese corredor.

La tensión entre Washington y Teherán por el control de facto de esta ruta no es nueva. Irán ha amenazado en repetidas ocasiones desde la Revolución Islámica de 1979 con cerrar el estrecho como represalia ante sanciones o ataques occidentales, aunque nunca ha llegado a bloquearlo de forma efectiva, consciente de que también depende de esa vía para exportar su propio crudo. La actual oleada de ataques recíprocos representa la aproximación más directa a ese escenario de bloqueo en años.

El pulso actual se inscribe en una cadena de hostilidades que se remonta al menos al ataque estadounidense de finales de agosto, el primero contra suelo iraní desde julio, que ya dejó víctimas mortales y heridos. Desde entonces, ambos países han mantenido una escalada progresiva de golpes limitados, evitando hasta ahora una declaración formal de guerra pero acumulando episodios que erosionan cualquier margen de distensión diplomática.

La relación entre Teherán y Washington arrastra además el peso de más de cuatro décadas de ruptura diplomática, iniciada con la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense de 1979 y agravada por episodios posteriores como el derribo de un avión civil iraní por el buque estadounidense USS Vincennes en 1988 o el asesinato del general Qasem Soleimani en 2020 por orden de Donald Trump. Cada uno de esos hitos ha dejado una marca que condiciona la lectura que ambas partes hacen de cualquier nuevo incidente militar.

Ni la Casa Blanca ni el Departamento de Estado han ofrecido una valoración pública detallada más allá de la reticencia expresada por Vance a usar el término guerra. Tampoco consta una respuesta oficial completa de Teherán que vaya más allá de la confirmación de los ataques a bases y buques estadounidenses. La opacidad informativa de ambos gobiernos dificulta contrastar cifras de víctimas y daños materiales con fuentes independientes.

Organismos como Naciones Unidas, que ha mediado en anteriores episodios de tensión en el golfo Pérsico, no han hecho público hasta el momento un pronunciamiento específico sobre esta última escalada. La ausencia de un canal de mediación activo y visible entre Washington y Teherán complica cualquier previsión de desescalada a corto plazo, en un contexto en el que ambos bandos responden golpe por golpe.

Los precios del petróleo suelen reaccionar con rapidez a cualquier incidente en Ormuz, y una prolongación del intercambio de ataques podría trasladarse a los costes de la energía en Europa, todavía en proceso de recomposición de sus fuentes de suministro tras la reducción de las importaciones de gas ruso desde 2022. Países del golfo como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos u Omán, que comparten la ruta marítima con Irán y mantienen relaciones complejas tanto con Teherán como con Washington, observan la escalada con particular atención por su exposición directa a un eventual cierre parcial del estrecho o a represalias colaterales contra sus propias infraestructuras petroleras.

A partir de ahora, los elementos a seguir incluyen la evolución de la actividad militar en el golfo Pérsico y Ormuz en los próximos días, la reacción de los mercados de crudo y la eventual intervención de organismos multilaterales o de terceros países con capacidad de mediación, como ha ocurrido en crisis anteriores entre ambas potencias. También será determinante comprobar si la Casa Blanca mantiene su cautela terminológica o si la magnitud de los daños obliga a un reconocimiento explícito del estado de guerra.

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