Sigamos concediendo, que el método lo exige. La Cancillería dice que coordina con la Presidencia de la República para que «cada ofrecimiento de cooperación llegue a donde realmente se necesita». Perfecto. Nadie quiere que la solidaridad de media región se pierda en un depósito o se duplique en un corregimiento mientras falta en el de al lado. Coordinar es, en efecto, lo contrario de improvisar, y en una emergencia la improvisación mata. Démoselo también: coordinan bien.
Añadamos la premisa siguiente, que viene redactada con el mismo cuidado. La asistencia internacional, explica el organismo, «se canaliza para que responda a necesidades verificadas». La palabra es hermosa: verificadas. No ayuda a ojo, no ayuda por titular, no ayuda por foto: ayuda medida, comprobada, ajustada al tamaño real del daño. Un Estado que verifica antes de aceptar es un Estado serio. Concedido otra vez, sin reservas.
Y demos un paso más, el que completa la arquitectura del comunicado. Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Guatemala, Perú y El Salvador expresaron su disposición a colaborar; el secretario de Estado Marco Rubio anunció que, a solicitud del Gobierno panameño, su Departamento de Estado movilizaba recursos y personal. El Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe puso sobre la mesa una donación de $250,000 y una línea de crédito de emergencia de hasta $50 millones. Seis países y un organismo multilateral del que Panamá es miembro acuden cuando la tierra tiembla. Celébrelo usted: pocas veces la vecindad regional se muestra tan concreta.
Tenemos entonces el cuadro completo que ellos nos pintaron, y es impecable. Prioridades claras, coordinación con la Presidencia, ayuda que solo se acepta si responde a necesidades verificadas, y una fila de gobiernos esperando turno para ayudar. Un Estado que sabe lo que quiere, sabe quién se lo ofrece y sabe cómo filtrarlo. No hay en este relato una sola grieta. Y precisamente porque no hay ninguna, conviene que la busquemos, porque los relatos sin grietas son los que piden ser mirados de cerca.
El país tiene memoria de esto, y la memoria es tozuda. Tras el deslizamiento de Cerro Patacón y las inundaciones de 2010, que dejaron decenas de muertos y obligaron a declarar el estado de emergencia, Panamá también recibió asistencia de organismos internacionales y de gobiernos vecinos. La solidaridad regional, como ve usted, no se estrenó el viernes. Lo que nunca se estrena, lamentablemente, es la pregunta de después: ¿adónde fue a parar, cuánto llegó, quién lo verificó? Ricardo Miró le cantó a esta tierra con una ternura que no cabe en ningún comunicado; pero la ternura no lleva registro contable, y la ayuda sí lo necesita.
Ahora regresemos a la palabra que ellos mismos eligieron y sigámosla hasta el final, con todo el rigor que merece. Si la asistencia se canaliza para responder a «necesidades verificadas», entonces alguien está verificando. Verificar supone un inventario del daño, un criterio de reparto, un responsable con nombre y un papel firmado. El propio comunicado, sin embargo, no detalla los mecanismos de entrega ni el tipo de ayuda que se aceptará de cada país. De modo que tenemos la rareza perfecta: un Estado que promete entregar solo lo verificado, pero no dice quién verifica, ni cómo, ni dónde se anota. La verificación sin mecanismo publicado no es verificación: es una palabra bonita colocada donde debería ir un procedimiento.
Y aquí revienta solo, sin que haga falta empujarlo. Hay un organismo en este país cuya firma convierte en real cualquier movimiento de dineros estatales: el refrendo del contralor. Una donación de $250,000 es dinero; una línea de crédito de hasta $50 millones es dinero con intereses y plazos; los recursos y el personal que moviliza el Departamento de Estado tienen un costo y un destino. Siga usted la lógica oficial hasta el borde: si todo se coordina con la Presidencia y todo responde a lo verificado, entonces todo deberá pasar, tarde o temprano, por una firma, por un expediente y por una rendición de cuentas que hoy no aparece en ninguna parte del documento. La coordinación que no nombra a quien firma no es un atajo administrativo en medio de la emergencia: es la emergencia convertida en permiso para no nombrar a nadie. El Cuerpo de Bomberos, que de urgencias entiende, al menos fue específico: pidió revisar los sistemas de gas de los edificios capitalinos. Pidió inspeccionar algo concreto. La Cancillería, en cambio, prometió informar sobre el avance de la coordinación, que es prometer informar de que se está informando.
No le pedimos a nadie que detenga la ayuda ni que desconfíe de la vecindad que acude cuando tiembla la tierra; esa solidaridad es real y es buena. Le pedimos lo que el propio comunicado prometió y no cumplió: el nombre del procedimiento. Cuando los $50 millones del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe y los $250,000 de donación entren al circuito del Estado, cuando lleguen los recursos movilizados por Marco Rubio a solicitud del Gobierno panameño, habrá un expediente, habrá un destino por corregimiento y habrá, al final, una firma que lo refrende. La pregunta, entonces, no es retórica y tiene respuesta: ¿quién pondrá su nombre en el refrendo de cada balboa que entre por esta emergencia, y cuándo podrá usted leerlo?