Aceptemos también la segunda premisa, que es más fina. Ese 95% no es de una promoción suelta, sino del periodo 2014-2026: doce años de constancia. Un dato así no se improvisa. Y aceptemos la tercera, la más lucida de todas: que el 25% de esta promoción alcanzó puntajes de referencia internacional. Un cuarto de los graduados midiéndose con el mundo. Si a usted le operan, querrá que sea uno de esos. Hasta aquí, ni una objeción. Todo lo dicho en la ceremonia es cierto, y lo cierto no se discute: se celebra.
Sigamos, entonces, la lógica oficial paso a paso, que es lo justo con quien tiene razón. Si la facultad es el referente nacional, lo es respecto de algo. Referente significa punto de comparación: el que va delante de otros. Concedamos que va delante. Es imposible ir delante sin que exista un detrás. La palabra misma lo exige.
Aceptemos la cuarta premisa, que la propia decana introdujo sin quererlo: que en Panamá también forman médicos las universidades privadas. Lo dijo la fuente, no nosotros. Existe, pues, una fila. Hay una cabeza y hay un cuerpo. La UP se coloca en la cabeza. Perfecto. Solo falta un detalle menor, casi de trámite, para cerrar el elogio con broche: los números de los demás. Porque un referente sin referencia es como un campeón que sube al ring sin rival, levanta los brazos y baja. En un país donde el boxeo dio campeones de verdad, usted sabe distinguir un título ganado de un título proclamado.
Y aquí, aceptando siempre la premisa oficial, aparece la única incomodidad. La decana no detalló cifras comparativas con otras facultades del país ni con las privadas. Tampoco se precisó a qué estándar internacional aludía el 25%, ni cuántos estudiantes exactos lo alcanzaron. De modo que tenemos al primero de la fila proclamándose primero, sin decir quiénes forman la fila ni dónde está la meta. Es un referente que se autodesigna. Le pedimos, con todo respeto, que complete la faena: ¿frente a quién es usted el mejor, decana?
Escribió Ricardo Miró que patria es el recuerdo de pedazos de vida envueltos en amor. También la buena estadística es un recuerdo envuelto en método: sin el segundo, el primero es solo nostalgia. Y la nostalgia, en una vista presupuestaria o en un examen de certificación, no habilita a nadie para ejercer.
Sigamos el razonamiento hasta donde él solo quiere llegar, porque revienta sin ayuda. Si el 95% se declara excelencia sin decir la media contra la que se mide, entonces cualquier cifra es excelencia con tal de no publicar la del vecino. Si el 25% es prueba de calidad internacional sin nombrar el estándar, entonces basta invocar lo internacional para que suene a mérito. Llevado hasta el final con el rigor que la ocasión merece, la conclusión que nadie firmaría es esta: en Panamá se puede ser el mejor sin que exista constancia pública de que haya un peor. El primer puesto se otorga por aclamación en la propia ceremonia donde se reparten los diplomas.
Y mientras se reparte esa medalla sin adversario, la fuente recuerda lo que sí tiene número y no aparece en el discurso: la migración de profesionales hacia el exterior, la concentración de especialistas en la ciudad capital y el hueco persistente en Darién, en Bocas del Toro, en la comarca Ngäbe-Buglé. De esos 69 flamantes médicos, ninguno ejerce todavía: les esperan dos años de internado rotatorio antes de la idoneidad. La pregunta interesante no es cuántos aprobaron el examen. Es cuántos, dentro de dos años, estarán pasando consulta en la comarca y no haciendo maletas. La ceremonia midió el 95% que sabe. No midió el porcentaje que se queda. Y ese, que es el dato que un país que revirtió su Canal en 1999 debería exigir como propio, no lo dio nadie.
El viceministro Zambrano Chang les pidió ética, honestidad y empatía. La vicerrectora Rodríguez les pidió incorporar la inteligencia artificial sin perder el vínculo humano. Peticiones impecables, todas dirigidas a los recién llegados, a los que aún no mandan nada. A los muchachos se les exige vocación de servicio en el discurso; a la institución que se proclama referente no se le exige el dato que convierte la proclama en prueba. Así que quedémonos con la única cifra que la ceremonia no quiso comparar y que decidirá si la primera puesto de honor, Daniella Leblanc Moreno, y sus 68 compañeros fueron formados para el país que los necesita o para el que se los lleva: de esos 69, ¿cuántos estarán ejerciendo en el interior cuando obtengan la idoneidad, y quién en la Facultad, en el Ministerio de Salud o en la Caja de Seguro Social se compromete hoy a contar ese número y publicarlo?