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Un general iraní recorre la costa frente a Ormuz, ruta de un quinto del crudo mundial

El paso de un uniforme por el golfo Pérsico recuerda que ese corredor marino, sin cerrarse jamás, basta para agitar los mercados y el precio del galón en El Salvador

Por Redacción de El Hemiciclo· San Salvador·
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El general de brigada Mohammad Karami, comandante de la Fuerza Terrestre del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), recorrió esta semana las unidades desplegadas en la costa iraní del golfo Pérsico, con la mirada puesta en el estrecho de Ormuz, según recogió la agencia iraní Tasnim.

Conviene situar el mapa antes que nada. El estrecho de Ormuz conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y, de ahí, con el resto del planeta que consume energía. Por sus aguas transita cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo, según estimaciones citadas de forma recurrente por los organismos energéticos internacionales. Que un comandante revise las posiciones que miran hacia ese corredor no es, en sí, una declaración de guerra. Pero tampoco es un paseo dominical.

Quien haya seguido la geopolítica del golfo durante las últimas cuatro décadas sabe que Ormuz funciona como una válvula de presión. Cada vez que Teherán quiere que Washington, Riad o Bruselas le presten atención sin disparar un proyectil, basta con que alguien uniformado se acerque a la costa y mire hacia el horizonte. Es diplomacia de gesto, no de comunicado, y funciona porque el mercado petrolero es un animal nervioso: le basta un rumor para temblar.

La paradoja es que el estrecho no lo controla Irán ni lo controla nadie del todo. Es agua internacional, surcada por rutas de navegación compartidas, vigilada por armadas de medio planeta y transitada por petroleros con banderas de países que jamás han tenido un pozo propio. Y, sin embargo, basta con que un general se pare en la orilla para que en Wall Street, en Fráncfort o en San Salvador —donde cada alza del barril se traduce tarde o temprano en el precio del galón en cualquier gasolinera de la carretera Panamericana— alguien revise las pantallas de cotización.

La cautela que exige el oficio obliga a subrayar el origen de la información: procede de fuentes iraníes, con interés simultáneo en proyectar firmeza y en no proyectar debilidad, dos objetivos que a veces se confunden en un mismo gesto castrense. No constan señales de movilización adicional ni comunicados de otras cancillerías elevando el tono. Lo que sí hay es un patrón conocido: Teherán visita sus costas del sur con cierta regularidad, especialmente cuando quiere recordar a Occidente que la llave de Ormuz sigue en su bolsillo, aunque la cerradura sea, en rigor, de todos.

De Ormuz a la bomba de gasolina salvadoreña

Para un país sin costa en ningún golfo estratégico y sin capacidad de proyección militar más allá de sus fronteras, esta clase de episodios podría parecer materia de cancillerías lejanas. Pero el Banco Central de Reserva lo sabe mejor que nadie: El Salvador depende por completo de hidrocarburos importados, de modo que su factura energética se mueve al ritmo de lo que ocurra a miles de kilómetros de distancia. Cuando el barril sube por un sobresalto en Ormuz, la factura llega tarde o temprano en forma de presión sobre el precio del transporte y sobre la canasta básica.

El precedente no obliga a buscar demasiado lejos. El repunte de los precios internacionales del crudo tras la invasión rusa de Ucrania en 2022 recordó a cualquier gobierno de este país que la política exterior de terceros Estados, aunque no figure en ninguna agenda bilateral salvadoreña, termina impactando el bolsillo del pasajero que aborda un microbús en San Miguel o del agricultor que necesita diésel para su tractor en Usulután. Ormuz es, indirectamente, también un asunto doméstico.

Quien quiera ver en la visita de Karami una escalada inminente hará bien en moderar el pulso. Irán lleva más de cuatro décadas —desde la revolución de 1979 y, sobre todo, desde la guerra con Irak en los años ochenta— usando el estrecho como instrumento de disuasión sin llegar jamás a cerrarlo del todo, porque cerrarlo significaría asfixiar también sus propias exportaciones petroleras. La amenaza de Ormuz vale más como amenaza que como acto consumado: es la clase de arma que pierde su valor en el instante en que se dispara.

Lo que deja esta visita, más allá de su lectura militar, es una lección de manual sobre la política del poder, válida en Teherán o en el Salón Azul. Los gestos simbólicos —un recorrido de campo, un uniforme frente a la costa, un paseo sin declaraciones estridentes— pueden pesar tanto como una resolución formal cuando el actor que los protagoniza tiene, o aparenta tener, capacidad real de alterar el tablero. Medir el poder es, siempre, calcular la distancia entre lo que se dice y lo que efectivamente se puede hacer.

No hay, en el horizonte inmediato, indicios de que el recorrido del comandante vaya a traducirse en algo más que otra fotografía institucional en los archivos de la Guardia Revolucionaria Islámica. Pero el mercado petrolero seguirá con un ojo puesto en Ormuz mientras el otro vigila cualquier otra crisis simultánea del planeta. Y El Salvador, ajeno a la geografía del golfo Pérsico pero nunca a sus consecuencias, seguirá pagando en la bomba de gasolina el precio de una tensión que no eligió y no puede resolver, solo padecer con la resignación de quien ya sabe que el mundo tiene la costumbre de pasar su factura por donde uno menos lo espera.

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