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La UE endurece los aranceles al acero para frenar el desvío de exportaciones chinas

Bruselas refuerza las medidas de salvaguardia del sector siderúrgico en un momento de presión comercial global sin precedentes desde los años ochenta.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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La Comisión Europea ha intensificado durante 2024 y 2025 los mecanismos arancelarios de salvaguardia sobre las importaciones de acero, en respuesta al aumento de flujos procedentes de terceros países —en particular China— que buscan acceder al mercado único tras el endurecimiento de las barreras estadounidenses.

El mecanismo de salvaguardia y su lógica jurídica

Las medidas de salvaguardia sobre el acero no son una novedad de última hora: la UE las implantó por primera vez en 2018, en respuesta directa a los aranceles del 25% que la administración Trump impuso ese año sobre el acero importado por Estados Unidos al amparo de la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, un instrumento pensado para proteger industrias consideradas estratégicas para la seguridad nacional. Cuando Washington cerró su mercado, los volúmenes que China, Turquía, Corea del Sur y otros grandes exportadores dirigían a Estados Unidos necesitaban un destino alternativo. Europa era el más próximo y accesible. Bruselas respondió activando el Reglamento (UE) 2015/478 sobre medidas de salvaguardia comunes, que permite establecer contingentes arancelarios —cuotas con arancel cero dentro del umbral y gravamen del 25% sobre el excedente— cuando se acredita un daño grave o una amenaza de daño grave a la producción comunitaria.

La arquitectura del sistema vigente divide las importaciones en 26 categorías de productos siderúrgicos. Cada categoría tiene asignado un contingente trimestral calculado sobre la media de importaciones de un período de referencia. El volumen que supera ese techo tributa al tipo adicional del 25%, acumulable sobre los aranceles ordinarios del arancel aduanero común de la UE. La Comisión revisa periódicamente los contingentes —el último ajuste significativo se completó en 2024— con el objetivo declarado de no penalizar a los consumidores industriales europeos que dependen de aceros especiales no fabricados en la UE, pero sí de contener el desvío de comercio que alivia la presión competitiva sobre los productores comunitarios.

El mapa del acero europeo: quién produce, quién importa

La industria siderúrgica europea está concentrada geográficamente. Alemania, Italia, Francia, España, Polonia y Países Bajos aglutinan la mayor parte de la capacidad instalada. ArcelorMittal —con sede registral en Luxemburgo pero activos relevantes en España, Bélgica, Francia y Polonia— y Thyssenkrupp en Alemania son los dos grandes operadores integrados, aunque ambos llevan años en procesos de reestructuración. Según Eurofer, la producción de acero bruto de la UE-27 se situó en torno a 126 millones de toneladas en 2023, lo que supone un descenso respecto a los 158 millones registrados en 2021 —el mejor año postpandemia— y refleja la presión combinada de los altos costes energéticos derivados de la crisis del gas de 2022 y la caída de la demanda de la construcción y la automoción.

China, por su parte, produce en torno al 54% del acero mundial, según datos de la Asociación Mundial del Acero (World Steel Association) correspondientes a 2023. Su capacidad excedentaria —estimada por la OCDE en varios cientos de millones de toneladas anuales por encima de la demanda interna— es estructural y no coyuntural: es el resultado de décadas de política industrial dirigida por el Estado, con préstamos subvencionados a empresas públicas y privadas del sector. Este exceso de oferta se canaliza hacia los mercados de exportación con precios que la industria europea considera incompatibles con una competencia leal, una acusación que Pekín rechaza sistemáticamente en los foros de la Organización Mundial del Comercio.

El papel de Trump y el efecto dominó arancelario

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 ha vuelto a sacudir el tablero. La administración republicana ha confirmado la vigencia de los aranceles del 25% sobre el acero y el aluminio importados, y ha amenazado con extenderlos a nuevas categorías de productos manufacturados con contenido metálico. El efecto inmediato sobre los flujos comerciales globales es predecible: los exportadores asiáticos que tenían como destino principal el mercado norteamericano buscan redirigir volúmenes hacia Europa, el otro gran centro de demanda industrial del mundo desarrollado. Bruselas, consciente de este riesgo, ha acelerado los trabajos técnicos para elevar los contingentes arancelarios en las categorías más expuestas al desvío.

Este escenario tiene un precedente histórico preciso. En 2002, George W. Bush impuso aranceles de entre el 8% y el 30% sobre el acero importado. La respuesta europea fue idéntica: desvío de flujos, saturación de determinados segmentos del mercado comunitario y presión sobre los productores locales. La UE amenazó entonces con represalias sobre productos emblemáticos de Estados electoralmente sensibles —naranjas de Florida, motocicletas Harley-Davidson de Wisconsin— y Bush retiró los aranceles en diciembre de 2003 antes de que la OMC autorizara formalmente las contramedidas europeas. El episodio dejó una lección clara sobre la eficacia de la amenaza de represalia arancelaria bien dirigida, aunque el contexto geopolítico de 2025 —con la guerra en Ucrania de fondo y las tensiones en el Indo-Pacífico— hace que la coordinación transatlántica sea políticamente más complicada que hace dos décadas.

La posición de la industria, los consumidores y los países exportadores

Eurofer ha respaldado públicamente el endurecimiento de las salvaguardias y ha reclamado que se adelante la revisión del mecanismo prevista para finales de 2025, argumentando que los contingentes actuales no son suficientes para contener el flujo entrante. La patronal subraya que el coste energético medio de producir una tonelada de acero en Europa sigue siendo estructuralmente superior al de China o India, lo que hace imposible competir en precio sin algún tipo de escudo arancelario.

La posición de los consumidores industriales de acero —fabricantes de automóviles, constructores navales, empresas de maquinaria pesada e infraestructuras— es más matizada. Orgalim, la asociación europea de la industria tecnológica y de ingeniería, ha advertido en distintos foros de que los contingentes elevan el precio del acero para los transformadores europeos, erosionando su competitividad frente a rivales asiáticos que sí tienen acceso al acero barato. Esta tensión entre productores y consumidores de acero dentro del mismo mercado único es endémica en el debate sobre política comercial europea y no tiene solución técnica limpia.

Turquía, uno de los mayores exportadores de acero hacia la UE y candidata formal a la adhesión desde 1999 —aunque el proceso está congelado de facto—, ha protestado formalmente ante la Comisión por el trato recibido en los contingentes de salvaguardia. Ankara considera que, como país en proceso de unión aduanera con la UE para los bienes industriales, debería recibir un trato diferenciado respecto a exportadores sin vínculos preferenciales. La Comisión ha rechazado este argumento alegando que la unión aduanera UE-Turquía no cubre automáticamente las medidas de salvaguardia, una interpretación que Ankara disputa.

Acero, autonomía estratégica y el debate sobre la política industrial europea

El debate sobre los aranceles al acero no puede desvincularse de la discusión más amplia sobre la autonomía estratégica de la UE, concepto que el alto representante de Política Exterior Josep Borrell popularizó en el período 2019-2024 y que la nueva Comisión Von der Leyen II ha convertido en eje de su discurso económico. El acero es un insumo crítico para la defensa —vehículos blindados, buques, infraestructuras militares—, para la transición energética —aerogeneradores, redes eléctricas, estructuras de plantas solares— y para la construcción de infraestructuras civiles. Depender de importaciones no controladas para estos sectores se percibe en Bruselas como una vulnerabilidad estratégica equivalente, en escala menor, a la dependencia del gas ruso que la invasión de Ucrania puso en evidencia en 2022.

El informe Draghi sobre competitividad europea, publicado en septiembre de 2024, dedicó un apartado específico a las industrias intensivas en energía —entre ellas la siderurgia— y recomendó combinar la protección arancelaria transitoria con inversiones masivas en descarbonización del sector, señalando que el acero verde —producido con hidrógeno renovable en lugar de carbón de coque— es condición necesaria para que Europa mantenga una industria siderúrgica viable en 2050. El coste de la transición tecnológica es, según el propio informe, del orden de cientos de miles de millones de euros en el conjunto del sector industrial pesado europeo, aunque las cifras desagregadas para el acero específicamente no han sido publicadas por la Comisión.

Hitos próximos y lo que está en juego

El calendario regulatorio inmediato tiene varios hitos relevantes. La Comisión debe pronunciarse antes de finales de 2025 sobre la prórroga o modificación del mecanismo de salvaguardia, cuya base legal actual expira en ese plazo. Una decisión de no prorrogarlo dejaría al sector sin protección en un momento de máxima presión importadora; una prórroga sin cambios sería considerada insuficiente por Eurofer. La tercera vía —una reforma que eleve los contingentes en las categorías más expuestas y refuerce los mecanismos de control del origen de las mercancías, para evitar el etiquetado fraudulento de acero chino como producido en terceros países con acceso preferencial— es la que más apoyo técnico acumula dentro de los servicios de la Dirección General de Comercio.

En paralelo, la OMC tiene pendiente de resolución definitiva varios litigios cruzados relacionados con el acero. China mantiene abiertas reclamaciones contra las salvaguardias europeas y las estadounidenses. La capacidad de la organización para arbitrar estos conflictos está limitada por el bloqueo estadounidense al nombramiento de nuevos miembros del Órgano de Apelación —el tribunal de última instancia del sistema multilateral de comercio—, un bloqueo que comenzó bajo Obama, se aceleró con Trump y no se resolvió con Biden. La UE ha intentado paliar esta disfunción mediante el Acuerdo Multipartidario sobre Arbitraje de Apelación (MPIA), un mecanismo provisional suscrito con una treintena de miembros de la OMC que excluye a Estados Unidos y China. El resultado práctico es que las grandes disputas comerciales del acero se dirimen cada vez más en la mesa de negociación bilateral que en los tribunales multilaterales, lo que refuerza el peso relativo de los actores con mayor poder de mercado y mayor capacidad de represalia.

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