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Una psicoterapeuta plantea que el apego se transforma toda la vida

Un artículo divulgativo sostiene que la adolescencia pone a prueba el vínculo entre padres e hijos sin que ello suponga una ruptura afectiva

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un artículo de opinión firmado por una psicoterapeuta y difundido esta semana en Panamá sostiene que el apego —el vínculo afectivo que se forma entre un menor y sus cuidadores durante la primera infancia— no permanece estático, sino que se pone a prueba en cada etapa del desarrollo y, de manera particular, durante la adolescencia. La autora argumenta que ese vínculo está «vivo» y se ve influido por las experiencias que se acumulan a lo largo de la vida.

La teoría del apego sostiene que la relación que un niño establece con sus figuras de cuidado constituye la base sobre la que se construyen, en la adultez, la capacidad de vincularse con otros, de regular las emociones y de interpretar el entorno. La autora recuerda que este vínculo se ha considerado «uno de los pilares del desarrollo socioemocional y la salud mental en la adultez», motivo por el cual, señala, se cuida y se trabaja con especial atención en los primeros años.

El planteamiento central del texto es que resulta erróneo asumir que, una vez formado el vínculo en la primera infancia, este quede fijado de manera permanente. La psicoterapeuta describe el apego como un proceso dinámico que se reactiva y se revisa en cada crisis vital, y presenta la adolescencia como uno de los períodos de mayor tensión para esa relación, precisamente porque el reto de esa etapa consiste en construir una identidad diferenciada de la de los padres.

Esa diferenciación, advierte, suele malinterpretarse como rechazo, tanto por parte de los padres como del propio adolescente. La autora formula la pregunta que, a su juicio, queda oculta en el joven: «Si descubro que somos distintos, ¿seguirás estando ahí para mí?». Y describe el mensaje que un padre con vínculo seguro debería transmitir: «Puedes ser distinto a mí y nuestra conexión sigue siendo igual de fuerte».

El adolescente, según el texto, necesita una base afectiva segura similar a la que requería en la infancia, pero con una diferencia sustancial: ya no se trata únicamente de explorar el mundo externo, sino de explorar el mundo interno, la propia identidad, los propios valores y las primeras relaciones sociales y amorosas. Contar con una figura segura que le permita diferenciarse, sostiene la autora, favorece ese proceso de búsqueda.

La psicoterapeuta reconoce que la etapa puede resultar «muy movilizadora» para los padres. En su búsqueda interna, apunta, el adolescente puede desestimar los intentos de compañía e incluso las herramientas que se le habían ofrecido antes, de modo que la relación deja de sentirse como refugio y validación y puede vivirse como rechazo. A los padres, describe, les toca un rol de observadores mientras sus hijos ponen en práctica ese mapa interno en nuevas amistades y en sus primeras relaciones amorosas.

Algunas de esas experiencias, continúa el texto, confirman el mapa afectivo previo, mientras que otras pueden sentirse dolorosas o fallidas al encontrarse con rechazo social, acoso escolar, conflictos entre amigos, primeras decepciones amorosas o episodios de desregulación emocional. La autora subraya que ese tránsito forma parte del desarrollo y no equivale, por sí mismo, a una ruptura del vínculo.

Uno de los planteamientos más nítidos del artículo compara el vínculo de apego temprano con una vacuna: «Tenerla protege, pero no previene la enfermedad». Es decir, haber construido un modelo interno seguro no inmuniza al adolescente contra el dolor o el conflicto relacional, pero sí le ofrece, según la autora, recursos emocionales para atravesar situaciones difíciles y recuperarse de ellas.

El texto concluye que el objetivo de criar con apego seguro «nunca fue construir una relación que no atravesara crisis, sino una relación suficientemente segura como para poder atravesarlas, transformarse y encontrarse nuevamente del otro lado». La autora, identificada al pie del artículo únicamente como psicoterapeuta, plantea así el vínculo no como un estado inmutable, sino como una relación que se renueva a través del conflicto.

El planteamiento se inscribe en un campo, el de la psicología del desarrollo, cuyos fundamentos sobre el vínculo temprano llevan décadas incorporados a la formación de profesionales y a los programas de atención a la primera infancia. En Panamá, la atención a la niñez y la adolescencia se distribuye entre distintas instancias del Órgano Ejecutivo, entre ellas el Ministerio de Salud, el Ministerio de Desarrollo Social y el Ministerio de Educación, que actúan en los ámbitos sanitario, social y escolar.

El artículo no aporta cifras ni datos estadísticos, y su alcance es divulgativo: no describe un programa ni una iniciativa institucional, sino una reflexión clínica dirigida a padres y cuidadores. Por su naturaleza, se trata de un texto de opinión que no compromete a organismo público alguno ni anticipa medidas concretas.

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