El suceso ocurrió a media tarde, cuando el hemiciclo acababa de iniciar el debate sobre la proposición no de ley del Grupo Socialista para reconocer a las víctimas del Patronato de Protección a la Mujer y condenar el llamado 'bibliocausto', la quema sistemática de libros durante la Guerra Civil y la posguerra. La coincidencia con el 95 aniversario de la proclamación de la II República había cargado la jornada de simbolismo, pero también de munición retórica.
El diputado de Vox —cuyos gritos se oían por encima del hilo conductor de la intervención socialista— recibió una primera llamada al orden formal de la presidenta de la Cámara. Ignorada esa advertencia, la segunda llegó apenas un minuto después. La tercera, y definitiva, fue la que siguió a su gesto más inesperado: encaramarse de un salto a la mesa presidencial, desde la que se dirigió a la bancada del Gobierno con el brazo extendido y un cartel improvisado que nadie fue capaz de leer con nitidez.
En la sala, los diputados del Partido Popular se pusieron en pie y pidieron silencio con las manos abiertas. Los de Sumar intentaban gritar la intervención al estilo de un mitin. Los socialistas, mirando hacia arriba, aplaudían a su propia ponente para no ceder el foco. El Reglamento del Congreso de los Diputados es explícito en su artículo 103: tres llamadas al orden y el abandono inmediato del hemiciclo. No hubo margen.
La presidenta, tras un gesto muy contenido y sin levantar la voz, decretó la expulsión con una frase que el Diario de Sesiones recogerá seguramente tal cual: 'Señoría, el respeto a esta Cámara no es un adorno; es la condición para estar en ella. Abandone usted el hemiciclo'. La suspensión duró tres minutos. Los asesores del grupo expulsado tardaron quince en recoger los papeles.
Lo que vino después fue una guerra de comunicados. Vox denunció 'censura parlamentaria' y acusó a la Mesa de 'silenciar la verdad histórica'. El PP matizó: criticó el fondo del debate socialista, pero también el gesto del diputado, al que calificó de 'anécdota que tapa lo que estábamos discutiendo'. El PSOE lo aprovechó: 'Es lo que hay cuando no se tiene argumento, se salta a la mesa', deslizó una de sus portavoces en los corrillos del Salón de los Pasos Perdidos.
Si la presidenta decide elevarlo a la Mesa, el afectado podría incluso enfrentarse a una sanción económica equivalente al descuento de dietas durante un mes.
Hay, sin embargo, un detalle que pocos observadores han subrayado y que conviene anotar: el gesto ocurrió justo cuando la ponente socialista recordaba que, durante el franquismo, se quemaron más de medio millón de ejemplares en bibliotecas públicas catalogadas. Pocas imágenes habrán sintetizado mejor el clima político de estos meses: un diputado encaramado a una mesa institucional, en el mismo instante en que se hablaba de los libros que ardieron en plazas públicas.
Más allá del golpe de efecto, lo que hoy se ha evidenciado es que la legislatura llega a su segundo aniversario con un hemiciclo al borde del cortocircuito, con tres grupos que compiten por la puesta en escena más contundente y con una presidencia que, por primera vez en lo que va de año, ha tenido que recurrir al artículo más drástico de su Reglamento. A la salida, uno de los diputados más veteranos del Congreso lo resumía con una frase de taquicardia contenida: 'Hoy ha pasado algo que jamás pensé que vería'.
El pleno, finalmente, retomó su orden del día con la intervención del Grupo Junts per Catalunya sobre el velo integral y el delegación de competencias en seguridad, pero el debate ya había quedado tatuado por la imagen del diputado sobre la mesa presidencial. En el Congreso no se estaba hablando del bibliocausto: se estaba hablando del espectáculo. Y a veces, como saben los historiadores, eso también es una manera —la peor— de enterrar la memoria.

