El fallo responde a varias cuestiones prejudiciales elevadas por tribunales españoles en los últimos dos años. Todas ellas planteaban, en esencia, la misma pregunta: ¿cumple España con la Directiva 1999/70/CE del Consejo, que obliga a los Estados miembros a impedir el uso abusivo de contratos de duración determinada en las administraciones públicas? La respuesta del TJUE es cristalina y triple: no existe una sanción eficaz, no existe una medida preventiva real y no existe un mecanismo automático para transformar el abuso en estabilidad laboral.
El impacto del dictamen no se mide solo en lo jurídico. En España, aproximadamente 790.000 empleados del sector público se encuentran en alguna forma de temporalidad, según datos consolidados del propio Ministerio de Función Pública. De ellos, alrededor de 300.000 llevan más de tres años encadenando contratos con la misma administración. Si la sentencia se interpreta en sentido amplio, la factura potencial —entre indemnizaciones, atrasos y regularizaciones— podría superar los 6.000 millones de euros, según cálculos preliminares del Consejo Económico y Social.
La primera lectura de la sentencia, sin embargo, ha sido distinta en Moncloa. Es decir, que el TJUE constata la deficiencia pero no impone una solución única. En la práctica, el Gobierno asegura que descarta 'una gran conversión de interinos en fijos' y que la vía será otra: un nuevo paquete de medidas sancionadoras, una mejora del sistema de oposiciones y una ampliación de las indemnizaciones previstas en la Ley de Reducción de la Temporalidad en el Empleo Público.
Los sindicatos no lo ven igual. CSIF, UGT y CCOO han emitido un comunicado conjunto menos de dos horas después del fallo en el que reclaman al Ejecutivo 'leer la sentencia completa antes de hacer interpretaciones cómodas'. Su argumento es directo: la directiva europea prohíbe el abuso, no solo su repetición. Y si el marco español no impide ese abuso de raíz —porque las administraciones siguen usando interinidades para cubrir necesidades estructurales—, cualquier medida que no pase por fijar plantillas será, en opinión de las centrales, insuficiente.
Hay un detalle técnico del fallo que conviene subrayar porque marcará la litigiosidad de los próximos meses. El TJUE recuerda a los jueces nacionales que, en ausencia de medidas estatales eficaces, les corresponde a ellos buscar en el ordenamiento jurídico interno una solución compatible con la directiva. Traducido: los juzgados de lo social podrán, desde mañana mismo, acordar indemnizaciones cuantiosas —o incluso reconocimientos de relación laboral indefinida— cuando consideren acreditado el abuso. Y cada sentencia favorable a un trabajador sentará precedente.
En el PP y en Vox, la reacción ha sido mixta: por un lado, aplauden que 'Bruselas ponga a Sánchez ante el espejo de su inacción'; por otro, temen que una conversión masiva dispare el gasto estructural de comunidades autónomas y ayuntamientos. En Sumar, en cambio, el tono ha sido el contrario: piden al Gobierno que 'cumpla la sentencia en toda su extensión' y aceleren los llamados planes de estabilización pendientes.
Hay una última variable, de orden político. Varias comunidades autónomas —Madrid, Galicia, Andalucía y la Comunitat Valenciana, todas ellas gobernadas por el PP— han anunciado que estudiarán la sentencia para decidir si impulsan sus propios planes de regularización, con el argumento de que 'no pueden pagar los platos rotos del Estado central'. Un ajedrez institucional, por tanto, que se suma al ya complicado mapa político del año.
En resumen: Bruselas no ha resuelto el problema, lo ha nombrado. Y al nombrarlo, ha obligado a España a dejar de mirar para otro lado. El Gobierno sostiene que actuará con medidas 'concretas y proporcionadas' en las próximas semanas. Los sindicatos avisan de que no van a esperar. Y los jueces, mientras tanto, ya tienen sobre la mesa una doctrina europea contra la que medirse. Habrá, por tanto, muchos más titulares sobre este asunto antes de que acabe el semestre.


